Un corrector sustituye «moro» por «jovenlandés» y «gitano» por «etniano»
¿Qué pasa cuando alguien escribe un término étnico, pulsa publicar y en pantalla aparece una palabra distinta que nunca tecleó? Es lo que ocurre, según relatan quienes escriben en un espacio de discusión económica: un corrector automático reemplaza tres voces del castellano —las referidas a magrebíes, a gitanos y a personas negras— por otras tantas. La primera se convierte en
«jovenlandés», la segunda en «etniano» y la tercera queda directamente camuflada. El filtro no atiende al contexto, al autor ni a la intención del texto.
Qué palabras desaparecen y por cuáles se cambian
El reemplazo se dispara al publicar. Quien teclea el término referido a los habitantes originarios del norte de África ve cómo el sistema lo traduce por ese supuesto
«jovenlandés», descrito con sorna como un país nuevo que solo reconocería cierta prensa. El gentilicio referido a los gitanos sale transformado en «etniano», una palabra que nadie usa fuera de esa pantalla. Y el referido a las personas negras aparece distorsionado antes de que el texto llegue al lector.
El detalle que más incomoda es que el mecanismo no entiende de matices. Las variantes que genera por su cuenta muestran que actúa igual si el término va suelto, compuesto o dentro de una frase más larga. No hay aviso, no hay subrayado en rojo, no hay opción de deshacer: la palabra sencillamente ya no está donde la pusiste.
Del brazo de gitano al arroz negro: el filtro y el contexto
La prueba más citada de que el criterio es puramente mecánico es gastronómica. Un interviniente resume su cena ideal con productos que el sistema lee como ofensas:
arroz negro, un pincho moruno y de postre un brazo de gitano. Otro avisa de que va a comerse ese mismo brazo, y un tercero menciona la frase hecha «prometer el oro y el moro» como otra posible víctima del filtro.
El asunto llega al absurdo documental. Una transcripción de las Partidas de Alfonso X el Sabio aparece censurada en el punto exacto en el que el texto medieval legislaba sobre ciertas uniones. Lo que era una fuente histórica pasa por el mismo cedazo que un comentario de barra de bar.
Ceros, letras griegas y guiones: el manual para esquivarlo
Contra un filtro que se activa al publicar, la respuesta es la de siempre: ingeniería casera. Los mensajes muestran un repertorio de trucos que evitan la sustitución cambiando un solo carácter. Unos sustituyen la vocal por un cero; otros recurren a letras del alfabeto griego; los hay que escriben la palabra con un guion intercalado. Una de las frases recogidas lo resume: se puede
«substituir caracteres, escribirlo mal o utilizar variantes creativas», aunque el remedio caduca en cuanto el corrector aprende el truco.
El aviso es serio. Según se advierte en la propia conversación, el filtro también salta con determinadas construcciones con guion, de modo que el margen se estrecha a cada actualización. No es la censura de una palabra: es una carrera entre el corrector y quien lo burla.
¿A quién se atribuye el filtro?
Aquí no hay confirmación ninguna. La hipótesis con más recorrido es publicitaria: hay quien sostiene que los anunciantes exigen un lenguaje libre de términos que consideran no progresistas, y que sin plegarse a esa exigencia se pierden ingresos, lo que coloca el origen en el dinero y no en la ideología. Otra corriente lo lee como una cesión al clima político, con el Gobierno y su supuesta
neolengua en el punto de mira. Una tercera lo reduce a la decisión de quien administra el sitio.
Ninguna se puede demostrar con los datos disponibles. Lo llamativo es que el propio filtro se convierte en prueba de lo que denuncia: si el reemplazo existe, alguien lo ha programado, y ese alguien no da la cara.
Orwell, Berlanga y el idioma que se recorta solo
El marco de comparación que más se repite no es jurídico, sino literario. Unos aluden a la neolengua de 1984 y a la idea de que quien controla el vocabulario controla lo que se puede pensar. Otros traen a Berlanga y sus trampas para burlar la censura franquista, con una diferencia de fondo: entonces el censor tenía nombre y despacho.
Lo que inquieta no es una palabra concreta, sino el precedente. Hoy se tapan tres términos y mañana puede taparse cualquier otro sin que nadie firme la orden.
La censura invisible no necesita explicaciones
Al final, lo más eficaz del corrector es que no discute. No prohíbe el mensaje: se limita a editarlo en silencio, como si el idioma hubiera decidido por su cuenta. Y lo hace tan bien que muchos lectores ni se enteran de que la palabra original existió alguna vez. Qué cómodo resulta tener un censor que no cobra, no duerme y no concede entrevistas.