Bruselas: dos muertos y el atacante abatido en alerta 4
Un hombre armado abrió fuego la noche del lunes en el centro de Bruselas y causó al menos dos muertos. Las víctimas vestían camisetas de la selección de fútbol de Suecia y se dirigían al partido de clasificación para la Eurocopa entre Bélgica y Suecia. Según los primeros relatos, el autor de los disparos gritó «¡Alá es grande!» antes de huir en un scooter. Horas después, la policía belga abatió al presunto responsable, de nacionalidad tunecina, que se declaraba seguidor de Al Qaeda y Estado Islámico.
El ataque no fue una operación larga ni sofisticada, pero sí un quebradero de cabeza mayúsculo para la seguridad de la capital de la Unión Europea. El partido entre Bélgica y Suecia se suspendió con más de
30.000 asistentes confinados en el estadio, y la ciudad pasó al
nivel 4 de alerta antiterrorista, el máximo de la escala. Entre el primer disparo y la muerte del atacante pasaron varias horas en las que el hombre, según los vídeos difundidos, recorrió distintos puntos de la ciudad.
¿Por qué la ciudad quedó desprotegida durante horas?
La pregunta recorre buena parte del análisis posterior. Un análisis difundido por una cuenta de miembros de las Fuerzas Armadas apunta a un problema de reparto de efectivos: los cuerpos de seguridad concentraron su despliegue en el estadio y en el entorno del partido, donde había decenas de miles de personas que proteger, y dejaron el resto de la capital con menos cobertura de la habitual. Ese contraste —un recinto blindado y una ciudad expuesta— es el que centra las críticas.
Hay quien recuerda que el país escandinavo llevaba desde el verano en el
punto de mira de grupos yihadistas, un detalle que añade peso al reproche sobre la protección de los aficionados. Se argumenta también que un mismo individuo pudo moverse durante horas en un vehículo ligero sin ser interceptado, lo que deja la duda de si falló la vigilancia, la coordinación o simplemente la fortuna. Las reacciones políticas, con la espera de condenas por parte de algunos dirigentes, completaron la escena.
El arma, la nacionalidad y las horas de impunidad
Sobre las características materiales del ataque hay discrepancias. Una parte sostiene que el hombre llevaba un fusil de tipo
M16; otras versiones hablan de un arma de fuego larga sin concretar el modelo. En lo que coinciden las crónicas es en la nacionalidad tunecina del atacante y en su declarada adhesión a la causa yihadista, recogida por medios belgas y por los servicios de información.
La secuencia temporal tampoco invita a la calma: un mismo autor circulando por la ciudad, con episodios de disparos en distintos puntos y sin que se lograra interceptarlo en el momento. La cifra de víctimas se movió en las primeras horas, y solo la intervención policial puso fin a la situación. La pregunta que sobrevuela el caso es cuánto de lo ocurrido era imprevisible y cuánto, evitable.
Qué se sabe de los vínculos con grupos yihadistas
Las autoridades belgas identificaron al atacante como seguidor de Al Qaeda y del autodenominado Estado Islámico, una doble etiqueta compatible con el batiburrillo de lealtades que caracteriza a muchos
lobos solitarios. Los servicios antiterroristas trabajan con la hipótesis del yihadismo, sin que por el momento se haya confirmado una estructura de mando detrás del ataque.
Frente a esa lectura dominante, circula una versión alternativa que sostiene que detrás del suceso hay una operación de
bandera falsa. No hay ningún elemento probatorio que respalde esa afirmación. El detalle más citado por sus defensores —una camiseta de un club deportivo en uno de los vídeos— no pasa de ser una coincidencia que no demuestra nada.
Alerta 4 y el dilema entre seguridad y libertades
La elevación al nivel 4, el más alto de la escala antiterrorista belga, no es un trámite. Implica más recursos policiales, controles y, con el tiempo, presión para recortar espacios de libertad civil en nombre de la protección. Hay quien advierte de que ese intercambio rara vez sale bien: se cede libertad y no siempre se gana seguridad.
El caso deja un reguero de preguntas sin cerrar. El autor está muerto, la investigación sigue abierta y el reparto exacto de responsabilidades entre los distintos cuerpos apenas ha empezado a debatirse. Todo lo demás, incluida la cifra definitiva de víctimas y las conexiones reales del atacante, sigue siendo terreno en disputa.