Por qué el modelo de dos sueldos no da para vivir como antes
¿Por qué una familia con dos nóminas vive peor que una con una sola hace cuarenta años? Esa es la pregunta que atraviesa una discusión de largo recorrido sobre el papel de la mujer en el mercado laboral y su efecto sobre los precios, la vivienda y la natalidad. El punto de partida es una tesis incómoda: que la incorporación masiva de la mujer al trabajo remunerado no ha enriquecido a las familias, sino que ha duplicado la oferta de mano de obra y, con ella, ha permitido que todo cueste el doble. La conclusión que extraen algunos es que la salida sería volver al modelo de un solo sustentador. La conclusión que extraen otros es que eso es una fantasía nostálgica sin base histórica.
El argumento del doble sueldo que no compra más
La pieza central del planteamiento es un razonamiento económico sencillo: si de pronto hay el doble de personas dispuestas a trabajar, el precio del trabajo tiende a bajar y el de todo lo demás tiende a subir.
Un solo sueldo bastaba para sostener una casa; ahora hacen falta dos y aun así llega justo. Quien defiende esta lectura sostiene que no es un accidente, sino un
diseño: interesa duplicar la base de contribuyentes y, de paso, romper el modelo de familia tradicional para que la vida se base en trabajar todo el día y malvivir.
Hay testimonios que se usan como prueba de ese deterioro. Una persona describe a su madre, con estudios básicos, criando a cuatro hijos sin trabajar fuera de casa, y asegura que vivió mejor y con menos estrés que su hermana, ingeniera con buen empleo y dos hijos. La comparación no es de poder adquisitivo —ahí gana la hija— sino de
calidad de vida y carga mental. Es el tipo de dato que no sale en las estadísticas de renta y que, sin embargo, sostiene buena parte del malestar.
La contrarréplica llega con fuerza. Se argumenta que la mujer nunca estuvo realmente fuera del mercado de trabajo, que ha trabajado siempre, en la casa o en el campo, y que atribuir la pérdida de poder adquisitivo a su incorporación laboral es confundir la causa con el efecto. El verdadero culpable, según esta corriente, es otro:
el aumento del tamaño del Estado y su red clientelar, que se ha comido la capacidad de compra de la población en los últimos cincuenta años.
Qué pasa cuando se plantea el experimento
La propuesta más provocadora del intercambio no es un argumento, sino un experimento mental: prohibir trabajar a las mujeres durante una semana, con multas y arrestos para quien incumpla, y ver qué ocurre. La predicción que se lanza es que
todo colapsa en la primera semana. Después, repetir lo mismo con los hombres: la predicción es que en la segunda semana todo vuelve a la normalidad. La conclusión implícita es que el sistema productivo depende del trabajo femenino mucho más de lo que admite el relato.
El experimento no se ha hecho, y conviene decirlo. Pero el ejercicio sirve para algo: obliga a preguntarse qué sectores sostienen la vida diaria. Ahí aparece un dato incómodo que se repite en el intercambio:
los salarios de las ocupaciones feminizadas son bajos y las condiciones, duras. Se mencionan turnos de madrugada cargando sacos de harina por 1.200 euros, mientras se reclama que las mujeres no ocupan esos puestos. La queja no es contra las mujeres, sino contra la hipocresía de un mercado que las necesita para lo peor pagado y luego les atribuye una brecha salarial del 13% sin desglosar sectores, jornadas y antigüedad.
La vivienda como caja de resonancia
Si hay un mercado donde el argumento del doble sueldo se vuelve tangible es el inmobiliario. La tesis que se maneja es que
el precio de la vivienda se ha calibrado sobre dos nóminas, no sobre una. Si de repente solo hubiera un sustentador por hogar, los pisos tendrían que devaluarse a la mitad. Y eso, en un país donde el ladrillo es una religión, no va a ocurrir: se prefiere saquear dos sueldos mientras la natalidad se hunde.
Ese es el nudo del problema. La solución de mandar a la mujer a casa no es sencilla, no es barata y no es inteligente, según una de las intervenciones más citadas. El motivo es material:
si el segundo sueldo desaparece, la familia no puede pagar la hipoteca que se firmó contando con él. La trampa es de ida y vuelta. Sin segundo sueldo, no hay casa. Con segundo sueldo, la casa cuesta el doble.
El problema no es la cocina, es el modelo
Una parte del intercambio rechaza frontalmente el marco de la pregunta. No se trata de volver a la cocina, se dice, porque las labores del hogar ya no ocupan ni dos horas al día. El problema real es otro:
la discriminación del hombre en el acceso a determinados ámbitos y la pérdida de poder adquisitivo general. Con dejar de discriminar a los hombres, sostiene esta corriente, sería más que suficiente.
Otra línea apunta a que el malestar no es económico, sino de expectativas. La mujer media considera al hombre medio mediocre y ha decidido ser tan mediocre como él, y ese empate hacia abajo está hundiendo la sociedad. Es una tesis discutible, pero señala algo que las cifras no capturan: la frustración no viene de trabajar, viene de trabajar para nada.
Y en medio de todo esto, la salida tecnológica. Si los robots remeros llegan el año que viene, todo se irá al garete de todas formas. La solución al problema del doble sueldo no sería volver a la cocina, sino que nadie tenga que remar.
Al final, la pregunta del titular tiene una respuesta sencilla y poco épica: nadie habla de la solución porque la solución no existe. Volver a un solo sueldo exigiría que la vivienda, la energía y los servicios se abarataran a la mitad, y eso no lo va a firmar nadie que tenga una hipoteca.