Abascal y el liberalismo: vivir del Estado sin ser funcionario
El liberalismo español tiene un problema de coherencia que no se resuelve con eslóganes. La discusión arranca de una paradoja que muchos consideran insalvable: quienes se reclaman liberales y defienden adelgazar el Estado suelen haber vivido toda su vida de él. El caso de Santiago Abascal, líder de Vox, es el ejemplo que más se repite. No ha pagado una nómina ni un trimestre como empresario, según sostienen sus críticos, y su trayectoria política ha estado ligada a cargos públicos y al partido. Sus defensores replican que proviene de familia empresaria y que ha intentado emprender, aunque sin éxito conocido.
¿Qué hace Abascal en un foro libertario?
La presencia de Abascal en círculos que se reclaman libertarios genera desconcierto. Vox incluye en su programa el adelgazamiento del Estado, la rebaja de impuestos y la defensa de la propiedad privada, puntos que encajan con el ideario liberal. Pero el líder del partido no es un teórico del liberalismo ni se presenta como tal. Se le sitúa más bien en el conservadurismo de derechas, una familia política que, como recuerdan algunos análisis, también defiende al Estado como instrumento. La confusión viene de mezclar liberalismo económico con conservadurismo cultural.
El propio Abascal ha coqueteado con figuras del liberalismo radical. Antes de que Milei fuera conocido globalmente, le ofreció apoyo y amistad. Ese gesto, para unos, demuestra sintonía ideológica; para otros, es puro oportunismo táctico. La pregunta de fondo no es tanto qué hace Abascal en un foro libertario, sino por qué el liberalismo español tiene tantos representantes que nunca han arriesgado su patrimonio en una actividad empresarial.
El funcionario que se dice liberal: Huerta de Soto y Bastos
La paradoja se extiende a nombres propios del liberalismo académico. Jesús Huerta de Soto, uno de los referentes de la escuela austriaca en España, es catedrático de Economía Política, un puesto público. Miguel Ángel Bastos, otro nombre habitual en estos círculos, también ha sido funcionario. Sus defensores argumentan que un liberal puede trabajar para el Estado y predicar su reducción, igual que un socialista puede usar servicios privados. Sus críticos responden que vivir del erario mientras se pide recortarlo es una contradicción difícil de sostener.
El argumento se extiende a otros ámbitos. ¿Puede un socialista defender la sanidad pública y tratarse en la privada? ¿Puede un liberal cobrar de una administración y pedir que esa administración desaparezca? La respuesta depende de si se juzga la coherencia personal o la validez de las ideas. En el terreno económico, la coherencia entre discurso y práctica es un activo reputacional. Cuando falta, el mensaje pierde fuerza.
Vivir del Estado sin ser funcionario: el caso de los políticos profesionales
Hay una diferencia entre ser funcionario y ser político profesional. El funcionario aprueba una oposición y presta un servicio. El político profesional vive de cargos electos o de estructuras partidistas. Abascal pertenece a esta segunda categoría. No ha sido funcionario, pero tampoco ha tenido una carrera empresarial relevante. Su sueldo procede de la política. Eso no es ilegal ni excepcional en España, pero choca con el discurso liberal que reclama menos Estado y más sociedad civil.
La crítica no se limita a Abascal. Afecta a buena parte de la clase política española, incluyendo a quienes se reclaman socialistas y han ocupado cargos en entidades financieras rescatadas. El caso de Sánchez, con 21 años en el consejo de administración de Caja Madrid, se cita como ejemplo simétrico. La diferencia es que el PSOE no hace bandera del adelgazamiento del Estado. Vox sí. Ahí está el problema de coherencia.
¿Es Vox un partido liberal?
No exactamente. Vox combina propuestas económicas liberales con un fuerte componente conservador en lo social y centralista en lo territorial. Sus críticos desde el liberalismo lo consideran un partido estatista disfrazado. Sus defensores sostienen que es lo menos malo del panorama y que su programa incluye medidas claramente liberales. La etiqueta liberal se ha convertido en un paraguas que cobija a conservadores, libertarios y populistas de derecha. Esa ambigüedad es una fortaleza electoral y una debilidad intelectual.
El liberalismo español tiene un problema de representación. Sus figuras más visibles no han creado empresas ni han competido en mercados. Han vivido de la universidad pública, de la política o de rentas heredadas. Eso no invalida sus ideas, pero las expone a la burla. La coherencia entre lo que se predica y lo que se practica es, en política económica, un argumento difícil de rebatir.
El cierre: una predicción con reservas
Mientras el liberalismo español siga teniendo como referentes a personas que nunca han arriesgado su capital en una actividad productiva, su credibilidad seguirá siendo frágil. La paradoja de vivir del Estado para pedir su reducción no se resuelve con teoría. Se resuelve con ejemplos. Y los ejemplos escasean. Es probable que el debate continúe mientras no aparezca una figura liberal que haya creado riqueza fuera de la política y de la administración. Entonces, quizá, la pregunta cambie.