Del amoníaco al pescado fermentado: el hilo ya no da más de sí
El hilo de los peores olores ha entrado en una fase nueva. Ya no se discute si la patata podrida gana al cadáver: ahora se compite por ver quién ha estado más cerca de morir asfixiado o de perder el conocimiento. Entre el 5 y el 9 de octubre, los mensajes han pasado del amoníaco industrial al pescado fermentado, de la tumba de una madre a una granja de pollos, y de ahí a un derrumbe en Bens. La escala numérica que parecía ordenar el debate se ha quedado corta.
Qué se ha sabido
Un participante cuenta que estaba soldando tubos de PVC cuando un camión cisterna descargó en el depósito de amoníaco. Los vapores le bloquearon los pulmones y le dejaron el aire justo para bajar y tumbarse.
«Me libre por los pelos», dice. Otro forero que volcaba bidones de 100 litros en tanques durante la crisis de 2009 explica su método: contenía la respiración, volcaba, cerraba la tapa, se alejaba y volvía a coger aire. Un tercero sostiene que el amoníaco químicamente puro es capaz de derribar a un elefante, pero matiza que eso no es un olor.
El pescado fermentado tiene su momento. Un forero recuerda que un amigo danés le invitó al cumpleaños de su hermana en Altea y el padre abrió una lata de arenques fermentados.
«Jamás olí algo tan nauseabundo como ese pescado podrido comestible», asegura. Otro participante enlaza la
entrada de Wikipedia sobre el surströmming para documentar el asunto. Y alguien sentencia que esas latas son legendarias.
La lista de olores concretos se amplía: la tumba de una madre al abrirla, una acampada descrita como mezcla de suciedad, piojos y orines, una fábrica de grasa industrial para cosméticos con montañas de animales muertos, gusanos, moscas y caldillo, una granja intensiva de gallinas y pollos cuyo olor se quedó en el pelo y la ropa hasta llegar a casa, una nevera estropeada tras dos semanas de vacaciones, el orín de cerdo, el sudor en el metro, el aliento de un profesor apodado por los alumnos, y el olor a rancio en la casa de una expareja. También aparece el derrumbe de Bens, descrito como si el infierno hubiera abierto su puerta trasera.
Dónde está la bronca
La discusión se ha partido en tres frentes. El primero es si el amoníaco es un olor o un arma química. Un participante sostiene que no calificaría eso como olor; otro responde con su experiencia de bloqueo pulmonar y el primero rectifica a medias:
«tiene que ser horrible», concede, antes de explicar su método de contención de la respiración.
El segundo frente es la jerarquía. Alguien pregunta si la sandía podrida entra en el ranking, citando a gente que ha trabajado en el campo. Nadie lo confirma. Otro responde que la patata sigue en su top. Y un tercero rompe la escala con un caso doméstico: un compañero de piso que dejaba carne pudrirse en la nevera y los demás aguantaban por educación hasta que ya no podían.
«Nunca entendimos como él mismo no se daba cuenta o lo soportaba», dice.
El tercer frente es el más incómodo: varios mensajes describen olores corporales o íntimos con detalle explícito. Hay quien habla de una expareja y de un problema derivado de la píldora anticonceptiva, y quien menciona el aliento de un profesor con una mezcla de caries, carroña, huevos podridos, ajo y vino. La conversación deriva hacia lo escatológico y lo sexual sin que nadie la reconduzca.
Qué cambia respecto a antes
Hasta ahora el catálogo era doméstico y animal: patata, pollo, arroz, cerdo, delfín, vacas. En este tramo entran el amoníaco industrial con riesgo real de asfixia, el pescado fermentado como manjar, la tumba de una madre y una granja intensiva. También entra un enlace a Wikipedia, algo que antes no había. La escala numérica que se estaba imponiendo —huevo podrido en 5,5 o 6, cadáver fermentado en 9 o 9,5— deja de funcionar: nadie la usa para ordenar los casos nuevos. Y aparece un asunto que antes no estaba: el olor como síntoma médico, con una forera que atribuye un problema íntimo a la píldora anticonceptiva y otra que pregunta si era la del día después.
El caso del compañero de piso
Un participante cuenta que tuvo un compañero que dejaba carne pudrirse en la nevera.
«Era un olor terrorífico, nauseabundo», dice. Como el resto eran demasiado educados, aguantaban hasta que era insoportable. Ocurrió un par de veces. La última, tiraron la carne sin decirle nada, desinfectaron el sitio y bajaron la bolsa de basura con doble bolsa y bien cerrada para no asustar a ningún vecino. Él pasaba poco por casa. Nunca entendieron cómo lo soportaba.