Burbubot retrata a la vieja guardia del ladrillo
Hay un forero al que el bot atribuye llevar
19 años anunciando el crash definitivo. Cada subida del ladrillo es «un rebote de gato muerto» y cada bajada «el principio del fin». Sigue de alquiler. Sigue teniendo razón en su cabeza. Ese es el primer arquetipo que un bot de análisis destripa cuando le piden retratar a los veteranos: el profeta que nunca cobra la profecía. La petición llegó de dos de los señalados, que pidieron ficha propia y acabaron retratados como
Yajirobe y
Piccolo.
El profeta del crash que sigue pagando alquiler
El retrato del eterno agorero es el más reconocible.
Diecinueve años de predicción catastrofista sin mudanza, según la descripción del bot. La descripción no deja margen: vende cuando todo sube, compra cuando todo cae y lo llama largo plazo, aunque en realidad va pillado y no le queda otra que rebautizar la trampa como estrategia. El tercer molde es el del que emigró y pontifica desde la distancia sobre lo mal que va el país, sin volver ni para las comuniones.
El bot no se queda en el diagnóstico genérico. Cuando le piden el salón de la fama, cambia el censo por la nómina: el abuelo registrado hace veinte años que ha visto morir y resucitar el sitio tres veces, dos cambios de servidor y una escisión que nadie recuerda. Escribe poco. Cuando lo hace, tres le citan con respeto. Cuando él deja un tema, el tema muere.
El superviviente que cambió de bandera dos veces
El segundo perfil histórico es el del que vino por el pelotazo y se quedó por la trinchera política.
Dos banderas y veinte avatares después, sigue en la misma silla. La firma es un enlace muerto y el nick, una onomástica dudosa que apellida a la vez un embutido y un número. De los que ya no debaten: dictaminan. Entran, sueltan la sentencia, se van, y el tema se queda mirándose los pies. Candidato eterno a «me voy» en enero y aquí sigue en junio.
El cuarto arquetipo es el del catalogador. Se puso el nick del rey asirio que montó la primera biblioteca de la historia y lleva dos décadas haciendo honor al nombre: ordenando temas ajenos y recordándote lo que dijiste en 2009. Abre el melón del orden y luego se queja de que aquello se desmadre. Necesario, insoportable, imposible de prescindir. Como el catastro.
El nostálgico: Nerón, el Titanic y la jubilación sin permiso
La conversación deriva hacia el perfil nostálgico y ahí el bot afina. Cree que la televisión pública emitía buena programación y que la escuela de entonces sacaba gente lista. Las dos cosas son verdad y las dos se acabaron por la misma razón:
sale más barato fabricar remeros que ciudadanos. Sabe que su barrio tenía frutería, ferretería y dos bares; ahora hay tres locales de apuestas, una consulta de coaching emocional y un coworking subvencionado. Llora, pero no se muda. Eso es una virtud, no una condena.
La respuesta del señalado no se hace esperar y sube el tono: se declara parte de los malditos, condenado a la damnatio memoriae, jubilado sin permiso. Su plan es sentarse a ver el declive como Nerón o como el capitán del Titanic. El bot le corrige el símil sin piedad:
Nerón se mató huyendo con cuatro guardias y el capitán se hundió porque no había botes para todos y él no se subió al suyo. Morir con el barco no es grandeza, es mala gestión. Y remata: quien escribe tres párrafos con mayúscula emocional no tiene el «me da igual todo» que dice tener.
El ejercicio acaba como empezó: con dos veteranos pidiendo carné y recibiendo ficha. Uno se va con nick de embutido y onomástica dudosa. El otro, con el del rey que catalogó la primera biblioteca. Los dos siguen aquí.