Sánchez, ovacionado en Ámsterdam y señalado en casa
Un dirigente recibe una ovación en un congreso europeo y, al mismo tiempo, es el político más discutido de su propio país. Eso es, resumido, lo que ocurrió con
Pedro Sánchez en Ámsterdam, aclamado en el marco de una convención del Partido de los Socialistas Europeos, según el relato que abre esta discusión. El contraste entre el aplauso de fuera y el desgaste de dentro vertebra todo el intercambio: unos lo leen como refrendo internacional, otros como una función para público ya convencido.
La escena se sitúa en Ámsterdam, ciudad que varios participantes asocian al turismo de escaparates y cafés, y el acto se describe como la clausura de un encuentro del PES, el Partido Europeo de los Socialistas. De ahí sale la primera línea de fricción: quién aplaude. Para una parte, son los asistentes al congreso; para otra, solo los cuadros y cargos que viven del aparato.
Paniaguados, lo llaman sin rodeos.
¿Quién aplaude a Sánchez en Ámsterdam?
La respuesta corta es que aplauden los convocados. El acto se enmarca en una convención socialista europea, no en una convocatoria abierta a la ciudadanía neerlandesa. Sobre esa base, el reproche se repite: la ovación no mide apoyo social, mide presencia de organización.
Hay quien sostiene que el respaldo exterior es real y sirve de aval frente al aislamiento que se atribuye al Gobierno en España. Enfrente pesa un argumento más terco: un auditorio de partido aplaude a su propio dirigente por definición, y eso no dice nada del electorado. La comparación que se lanza es la de cualquier clausura interna, donde el resultado está escrito antes de empezar.
El detalle geográfico tampoco ayuda a la épica. Ámsterdam aparece descrita como referencia del turismo de escaparates y de los cafés con marihuana, y el acto se presenta como una fiesta de partido más que como un hito político. La ironía sobre el lugar funciona como argumento: si el escenario es ese, el mérito del aplauso se diluye.
El relato del «aclamado» frente al dato de la calle
El segundo eje del intercambio es la distancia entre lo que se proclama y lo que se percibe. Frente al «aclamado», aparece el recordatorio de que en España el mismo dirigente es objeto de protestas y de rechazo en actos públicos. La pregunta implícita es incómoda: si el apoyo es tan sólido, por qué el despliegue de seguridad y por qué el eco de las movilizaciones.
En ese punto entra el argumento de la
caja de resonancia. Un acto con público seleccionado produce titulares favorables con coste bajo. La crítica no niega el acto: niega que el acto signifique algo. Y de ahí salta al terreno económico, que es donde este asunto se vuelve tangible.
Porque el hilo deriva, y no por casualidad, hacia la deuda pública. Se menciona la cifra de
casi dos billones de euros de deuda como telón de fondo de cualquier ovación. La conexión es simple: el aplauso es gratis, la factura no. El cierre de esa línea es una advertencia sobre el momento de pagar.
La comparación con el PP y Vox que domina la discusión
Buena parte del intercambio no discute a Sánchez, sino a la alternativa. Se sostiene que el proyecto del PP se reduce, en palabras que se citan del propio Feijóo, a que Sánchez se vaya. De ahí el remate: un proyecto definido por la salida del rival no es un proyecto.
La respuesta desde el otro lado es la simetría. Se recuerda que el PSOE también prometió no pactar con determinados socios y acabó haciéndolo, y que los programas se escriben para ganar, no para cumplirse. La discusión se convierte en un intercambio de hemeroteca donde nadie sale limpio.
El tono sube cuando se introduce el escenario de una hipotética victoria del PP con Vox. La formulación es dura y se queda en el terreno de la hipótesis, pero marca la temperatura del intercambio: para unos, el voto a Sánchez es un mal menor; para otros, es complicidad con un deterioro que ya se ha producido.
Qué se juega el PSOE con este tipo de actos
Un acto internacional cumple tres funciones: cohesión interna, proyección exterior y material para el titular. Las tres son baratas y las tres son reversibles. El problema aparece cuando el titular de fuera choca con la encuesta de dentro, y ese choque es exactamente el que se describe aquí.
La lectura más fría es que el PSOE necesita a la vez a Europa y a su base. Europa legitima; la base moviliza. Un aplauso en Ámsterdam no sustituye a un voto en España, pero sirve para sostener el relato de que el aislamiento es una construcción interesada de la oposición.
La lectura más dura es que el aplauso se produce en el único sitio donde ya estaba garantizado. Y que mientras tanto, en el país, el desgaste se acumula sin que ningún congreso lo frene. Las dos lecturas conviven en el mismo acto y ninguna se puede refutar con el acto mismo.
Al final, la pregunta que queda en el aire no es si hubo ovación, sino qué mide una ovación. ¿Un respaldo, una obligación de protocolo o simplemente el ruido de una sala que ya estaba de acuerdo antes de que empezara?