Trump firma 200 órdenes ejecutivas y doblega a los tecnológicos
El segundo Trump no se parece al primero. Ocho años después de aquel discurso de investidura que se leyó como un gesto de reconciliación nacional, el que ha vuelto a sentarse en el Despacho Oval ha pronunciado un texto abiertamente ideológico, con voluntad de revancha y con la vista puesta en desmontar la agenda que él llama
woke. La escenografía de la jornada —firma de decretos en directo mientras respondía a la prensa— buscaba exactamente eso: transmitir que esta vez no hay margen para la tibieza.
El paquete anunciado ronda las
200 órdenes ejecutivas. Entre las medidas citadas figuran la retirada del Acuerdo de París y de la Organización Mundial de la Salud, la declaración de una emergencia energética nacional, el fin de la ciudadanía por nacimiento, la designación de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras, la suspensión del programa de admisión de refugiados y el recorte de programas federales de diversidad. Un menú que, en conjunto, redefine la posición exterior y el marco regulatorio interno de Estados Unidos en una sola tacada.
Qué ha cambiado respecto al Trump de hace ocho años
La diferencia no es de grado, es de estructura. En su primera legislatura, el presidente estadounidense tuvo que gobernar con un partido dividido y con una oposición interna que le frenó buena parte de su agenda. Ahora, según el análisis que domina la conversación, ha laminado a los sectores críticos de su propia formación —los llamados RINOs, equivalentes funcionales a los populares españoles para quien usa esa analogía— y ha colocado a afines y leales en el Congreso, el Senado, el Gobierno federal y las administraciones estatales.
Eso convierte el sistema presidencial estadounidense en algo mucho más operativo de lo que su diseño constitucional sugiere. El presidente no tiene poder ilimitado, pero tiene
mucho poder, y con las dos cámaras y el Tribunal Supremo alineados, la capacidad de bloqueo institucional se reduce drásticamente. La comparación que sobrevuela es inevitable: Mariano Rajoy tuvo una mayoría absoluta comparable en España y, según la lectura más repetida, no la aprovechó. Aquí, el diagnóstico compartido es que no se va a repetir ese error.
El papel de Elon Musk y la sumisión de los tecnológicos
Hay una pieza que no existía hace ocho años: Elon Musk. Para una parte del análisis, es la figura clave del nuevo ciclo, no por cargo formal sino por capacidad de influencia. Se le atribuye el único perfil con aguante suficiente para meter mano al derroche público, una tarea que exige competencia técnica y, sobre todo, no necesitar el puesto. La otra cara de esa moneda es la dependencia: desde su plataforma puede reventar cualquier decisión presidencial, y ya lo habría demostrado en el asunto de los visados, donde el presidente habría tenido que desdecirse.
El otro síntoma del cambio de era es la postura de los grandes tecnológicos. Que
Jeff Bezos y Mark Zuckerberg hayan adoptado una actitud de acatamiento ante el nuevo poder es, para buena parte de los observadores, la señal más elocuente de hacia dónde sopla el viento. No es entusiasmo ideológico: es cálculo. Cuando los dueños de las mayores plataformas del planeta bajan la cabeza, el mensaje que llega al resto del empresariado es difícil de malinterpretar.
El escepticismo: mucha puesta en escena, poca sustancia
No todos compran el relato. La objeción más repetida es que cuatro medidas mediáticas no cambian la estructura de un país y que, pasada la resaca, todos los presidentes estadounidenses acaban funcionando igual, este incluido, que ya gobernó cuatro años sin resultados transformadores. La frase que resume esa corriente —que todo cambiará para que todo siga igual— tiene más de sentencia que de análisis, pero conecta con una desconfianza real hacia la política espectáculo.
A eso se suma la lectura conspirativa que recorre los márgenes: la idea de que el votante no pinta nada, que el nuevo inquilino de la Casa Blanca forma parte del mismo club y que el discurso de la edad dorada es puro envoltorio. Estas tesis no están respaldadas por ninguna prueba y funcionan como marco interpretativo cerrado, inmune a los datos. Conviene tratarlas como lo que son: ruido de fondo recurrente, no información verificable.
Qué puede salir mal: economía, seguridad y resistencia interna
El propio entusiasmo tiene su reverso. Un discurso de esa dureza exige estar muy seguro de poder cambiar las cosas, porque la economía y el tejido social llegan tocados y reconstruirlos no es un decreto. La pregunta que sobrevuela es cuánto de la nueva edad dorada es proyecto y cuánto es eslogan. Y hay un dato que no se puede ignorar: casi la mitad del país no votó a Trump, y entre esa mitad hay patrimonios considerables que también van a hacer oír su voz.
En el capítulo personal, la conversación deriva hacia la seguridad del presidente. La referencia a Dallas y a la conveniencia de no frecuentarla demasiado es un guiño negro que recuerda que ya sufrió un atentado. La recomendación de extremar la protección privada no es retórica: es la constatación de que un liderazgo tan polarizante convierte la integridad física del dirigente en una variable política de primer orden.
Europa como refugio y el efecto sobre España
La derivada europea aparece en casi todas las lecturas. La hipótesis más citada es que el continente acabará funcionando como reservorio donde la agenda que pierde en Washington se refugie hasta que escampe. El problema, para esa tesis, es que la Unión Europea se cae a cachos y ya no hay dinero para sostener según qué programas. El argumento de fondo es económico antes que cultural: sin músculo fiscal, la capacidad de proyectar una agenda propia se desvanece.
España aparece en el cuadro con una doble lectura. Hay quien sostiene que vive un momento dulce y menos supeditada que en otras ocasiones a los poderes exteriores. Enfrente pesa el dato de una deuda sobre PIB por encima del
100% y creciente, con buena parte en manos de capital extranjero, y la constatación de que el país fabrica poco y depende de terceros incluso en medios de comunicación. La conclusión de esa corriente es incómoda: nunca había sido tan dependiente.
La predicción más razonable, con los datos disponibles, es que el primer año de esta legislatura producirá una sacudida regulatoria intensa y visible, seguida de un aterrizaje forzoso en los límites del sistema: tribunales, presupuestos y resistencia estatal. Cuánto de la edad dorada sobreviva al contacto con la realidad no lo sabe nadie. Lo que sí se puede afirmar es que el margen de maniobra es hoy mayor que hace ocho años, y eso, en política, es casi todo.