España a 35 millones: la propuesta que se queda sin mecanismo
Recortar España hasta los 30-35 millones de habitantes. La idea se plantea como una receta de sentido común: menos gente, menos presión sobre la vivienda, menos colapso en colegios y consultas, un país menos apretado. Quien la defiende lo cierra con un exclamativo:
volveríamos a ser España. La primera pregunta incómoda no es ideológica, es aritmética.
De los
50 millones que se dan por actuales hasta esa horquilla hay que sacar de la ecuación a
entre 15 y 20 millones de personas. Un tercio del país. Y la previsión que maneja esa misma conversación apunta al lado contrario:
60 millones de habitantes.
Cuántos habitantes habría que quitar para volver a 30 millones
La vía que más se repite es dejar hacer a la demografía: una fecundidad que no alcanza el reemplazo, pocos nacimientos y un saldo migratorio que se pretende recortar. Sobre esa base se proyecta un escenario de
20 millones para final de 2027, cifra que se lanza más como provocación que como cálculo.
Otra corriente, formulada con desprecio explícito hacia la población de origen inmigrante, sostiene que basta con reducir ese colectivo. Es una postura hostil hacia un grupo de personas, no un dato, y no cuenta con ningún respaldo empírico. Se recoge como lo que es: un prejuicio sin demostración.
Hay una tercera versión, más blanda y menos desarrollada: si quedan menos habitantes, quedará
más espacio para todos. Nadie explica cómo se llega hasta ahí.
El precedente que se cita: Pol Pot y el 20-25% de Camboya
Cuando alguien pide un porcentaje concreto, el tono se vuelve siniestro. Aparece un referente histórico: el régimen de Pol Pot, al que se atribuye la muerte de entre el
20% y el 25% de la población de Camboya. La comparación sirve para señalar que el recorte propuesto, del
30-40%, sería mayor.
Lo chocante no es la analogía, sino que se use como argumento de viabilidad. La lectura sensata es la contraria: ningún mecanismo pacífico documentado ha reducido un tercio la población de un país en un plazo corto.
Incentivos para emigrar: la vía que no tiene precedentes
La alternativa pasa por no usar la fuerza: retirar prestaciones y ayudas públicas y ofrecer incentivos para abandonar el país, apuntando de nuevo sobre todo a residentes de origen extranjero. Quien defiende este camino rechaza explícitamente la violencia.
En el extremo opuesto se sostiene que nada de eso funcionaría y que haría falta violencia física, incluso una guerra. No existe ejemplo de país que haya adelgazado un tercio por incentivos, y las proyecciones que se manejan van hacia arriba, no hacia abajo.
El análisis se atasca siempre en el mismo punto. Para bajar a 30 millones hay que decir quién sale, en qué plazo y por qué se iría. Ninguna de las vías expuestas responde a las tres preguntas sin acabar en la fuerza. Y con el censo proyectado al alza,
volver a ser España suena, de momento, a deseo.