El músculo femenino divide: admiración, recelo y esteroides
A una foto de una deportista española le sobra una frase para partir en dos a cualquiera. «Para mí esta es la mujer perfecta (y además producto patrio)», sentencia quien la comparte. Debajo, el mismo cuerpo recibe piropos, burlas y una sospecha pegajosa:
los esteroides. Nadie pregunta por su entrenamiento. Todos opinan sobre su físico.
¿Consumen anabolizantes las modelos fitness?
El desarrollo muscular extremo activa la duda automática. Una parte del público da por hecho el dopaje en cuanto el bíceps se sale de la media;
de ahí no se baja. Otra corriente recuerda que atribuir ese consumo sin una sola prueba es especular, y que el aspecto, por sí solo, no demuestra nada. La frontera entre sospecha y acusación se cruza sin freno, casi siempre sobre el cuerpo de la mujer.
El doble rasero del físico fuerte
La admiración y el rechazo conviven en la misma pantalla. Hay quien aplaude la disciplina y los años de trabajo que exige ese volumen muscular. Y hay quien lo lee como amenaza: se argumenta que una mujer más fuerte resulta intimidante, que discutir con ella sería
insoportable. El hombre musculado se celebra; la mujer musculada se cuestiona, se sexualiza o se ridiculiza.
La paradoja se queda ahí, sin resolver. El mismo mensaje que la corona como
ideal patrio acaba convertido en burla colectiva. Nadie discute su preparación. Todos discuten su cuerpo.