Domingo de resaca: quince años sin fumar y las ganas que vuelven
Un domingo cualquiera. En el foro, un participante confiesa
un pelín de resaca y otro detalla su plan: desayuno, un paseo ligero hasta la panadería y un concierto por la tarde. El que arrastra la resaca añade su propio remedio,
el blanco que no da dolor de bolinche. Ese es el domingo redondo. O el más triste de la semana, según a quién se le pregunte.
Porque al mismo ritual le salen dos lecturas. Hay quien sostiene que un día así, sin sobresaltos, es exactamente lo que se busca después de una noche larga. Y hay quien, sobre ese mismo domingo, sentencia que es
«un día sin más, yo diría que hasta triste». La grieta no está en el plan, está en el ánimo con el que se mira.
El cigarro que se deja pero nunca se entierra
La conversación deriva pronto hacia lo de siempre: qué se metió uno en el cuerpo y qué se promete no volver a meter. Y ahí aparece la confesión de la mañana. Uno aclara que
nunca ha fumado un porro en su vida ni ha esnifado pegamento, que lo suyo era otra cosa: echarse un cigarro entero, de Marlboro, de tabaco rubio.
El detalle descoloca cuando añade la cifra.
Quince años sin fumar. Quince. Y acto seguido suelta que precisamente hoy pretende volver a encenderse uno entero.
Por qué un domingo se sostiene o se cae
El paseo hasta comprar el pan y el concierto de tarde son anclas pequeñas que sostienen la jornada. Cuando fallan, el domingo se convierte en un día largo. Y cuando todo encaja, nadie se acuerda de que existe.
El cierre lo pone el propio relato de la mañana: quince años sin fumar y hoy pretende encender otro.