Por qué el campeón de Mr Olympia ya no se parece al de los 18
Ganar el
Mr. Olympia con 18 años es una fotografía. Mantenerla trece años después es otra cosa. La comparación que circula estos días enfrenta dos imágenes del mismo culturista: el chaval de físico armónico que subió a lo más alto y el competidor actual,
1,70 metros y entre 115 y 120 kilos. Entre una y otra, se sostiene, no hay evolución: hay mutación.
Del trabajo duro a las chuches
El relato amable habla de esfuerzo: entrenar de noche, barrer naves, desayunar y merendar a destajo. El escéptico responde con química. El clembuterol aparece en la conversación como atajo y como condena, y
la mayoría de quienes compiten, se argumenta, no podría sostener ese volumen sin ayuda farmacológica. El resultado, según esa lectura, es un atleta que rinde unas semanas al año y arrastra el resto del calendario un cuerpo que no le corresponde.
El precio estético de los 120 kilos
Hay quien defiende que el físico de los 18 era mejor que el de los 31: pelo, piel, proporciones. Añadir
3 o 4 kilos limpios en diez años era el camino lento y honesto; el atajo cobra intereses. La ironía amarga es que el músculo vende menos que la simetría, y que el campeón de entonces tenía
mejor anzuelo que el de ahora.
La era de Arnold como último culturismo armónico
Una parte del análisis sitúa la época de
Arnold Schwarzenegger como último ejemplo armónico de la disciplina, antes de que la masividad se comiera la proporción. El salto entre el culturista joven y el maduro no es un caso aislado: es el retrato de un deporte que premia el exceso y luego lo pasa factura.
Aquí el análisis se atasca. Nadie ha medido qué parte de la transformación responde a la química y qué parte al simple paso del tiempo. El dato que falta no está en ninguna foto.