Sánchez no ha resuelto el conflicto catalán: lo ha aplazado
Hay una paradoja que recorre toda la discusión: se presenta como éxito la entrega de competencias a quien hace seis años declaró la independencia. El punto de partida lo fija el propio planteamiento del asunto:
hace seis años se pedía la independencia y hoy se pide el traspaso de los trenes de cercanías y la
amnistía de quienes participaron en aquel proceso. El independentismo, se sostiene, está en mínimos históricos. Y sin embargo, la cesión no cesa.
La tesis oficial es que el conflicto está resuelto. La respuesta más repetida es que no se ha resuelto: se ha
socializado. Es decir, el coste de mantener a flote la situación se reparte entre todos los contribuyentes mientras el problema de fondo sigue intacto. La pregunta que sobrevuela el asunto no es si hay paz, sino a qué precio se compra cada trimestre.
Qué se ha cedido y qué se pide a cambio
El inventario de cesiones es el corazón del asunto. Se enumera un recorrido que va desde un Estado unitario y centralizado en 1975 hasta la transferencia de educación, sanidad y orden público a la Generalitat, con el catalán como lengua vehicular en la enseñanza. A eso se suma ahora el traspaso de los trenes de cercanías y la amnistía de quienes declararon la independencia y convocaron consultas que los tribunales consideraron ilegales.
El argumento de fondo es que se ha ido despojando al Estado de sus atribuciones sin obtener nada a cambio. La amnistía se presenta como el último eslabón de una cadena que empezó hace décadas y que no tiene final previsible. Quien cede, sostiene esta corriente, no compra lealtad: compra tiempo.
El precedente vasco y la ETA como espejo
La comparación más repetida es la del País Vasco. Se recuerda que con el Gobierno de Zapatero se dijo lo mismo que ahora: que se entregaba el país a los nacionalistas. El resultado, según esta lectura, fue el fin de la actividad armada de ETA y la caída del independentismo vasco, que solo repuntó con gobiernos del PP. El independentismo, se argumenta, crece cuando gobierna la derecha, no cuando se negocia.
La objeción es que el paralelismo no se sostiene. En Cataluña no hay violencia armada que desactivar, sino una mayoría parlamentaria que sigue reclamando un referéndum. Y el referéndum, se subraya, ya no es delito. Eso cambia el tablero: si la consulta es legal, la próxima vez no hay que saltarse la ley para convocarla.
El coste económico de la cesión
Aquí el asunto se vuelve contable. Se habla de
15.000 millones de euros para pagar a los bancos la deuda autonómica, de condonaciones de deuda vía FLA y de regalar los trenes de cercanías. La cifra se repite con retintín: quince mil millones que se dice pronto. El debate no es si la cifra es alta o baja, sino quién la paga y qué se obtiene a cambio.
La respuesta oficial es que se compra estabilidad. La respuesta crítica es que se compra la presidencia del Gobierno. Entre ambos extremos, hay un dato que nadie discute: el déficit fiscal catalán lleva décadas sobre la mesa y ninguna de las dos partes ha sabido cerrarlo. La cesión no lo resuelve; lo maquilla.
La amnistía como marco jurídico nuevo
El punto jurídico es el que más ha cambiado el tablero. Se afirma que ya no es delito convocar un referéndum secesionista. Si eso es cierto, la próxima consulta no necesitará la tensión de 2014 ni la del 1-O. Se convoca, se vota y se negocia el resultado. La amnistía, en esta lectura, no cierra el conflicto: le da un cauce legal.
La objeción es que ese cauce es precisamente el problema. Si el referéndum es legal, el independentismo tiene un incentivo para pedirlo cada vez que el Gobierno necesite votos. Y el Gobierno, si necesita votos, tiene un incentivo para concederlo. El círculo no se rompe: se institucionaliza.
Qué pasa con los trenes y las competencias
El traspaso de los trenes de cercanías es el ejemplo más concreto. No es una competencia simbólica: es infraestructura, es dinero y es gestión diaria de miles de desplazamientos. Quien defiende la cesión argumenta que la Generalitat gestionará mejor lo que sufre a diario. Quien la critica responde que se entrega la caja sin entregar la responsabilidad fiscal.
El resultado, se sostiene, es que Cataluña cobra competencias pero no asume el coste completo de ejercerlas. Y mientras tanto, el déficit fiscal sigue ahí, como una factura que nadie firma. La cesión no resuelve el conflicto: lo traslada a la próxima negociación.
El independentismo en mínimos: ¿éxito o pausa?
El dato que se repite es que el independentismo está en mínimos históricos. Si eso es cierto, la cesión ha funcionado: menos apoyo, menos tensión, menos conflicto. La objeción es que los mínimos son cíclicos. El independentismo, se argumenta, crece cuando gobierna la derecha y se modera cuando gobierna la izquierda. No es una derrota: es una pausa.
La pregunta que queda abierta es qué pasa cuando vuelva a gobernar la derecha. Si el independentismo repunta, como sostiene esta lectura, entonces la cesión no ha resuelto nada: solo ha comprado tiempo. Y el tiempo, en política, se paga con nuevas cesiones.
¿Se ha resuelto el conflicto catalán o se ha aplazado la próxima negociación? La respuesta depende de si se cree que el independentismo ha dicho su última palabra o solo está esperando su turno.