Cataluña toca los ocho millones y uno de cada cinco residentes ya es extranjero
Otoño de 2023. El Institut d'Estadística de Catalunya certificó que
Cataluña había alcanzado los ocho millones de habitantes, 36 años después del «Som 6 milions» con el que la Generalitat de Jordi Pujol vendía la foto de una comunidad de seis millones. El salto no lo explica la cuna: lo explican el aeropuerto y la patera.
Uno de cada cinco residentes es extranjero y el conjunto de población de origen migrante supone ya el
21%, 1,65 millones de personas. La estadística es tozuda; el relato que la acompaña, mucho menos.
De seis a ocho millones en tres décadas y media
La serie del Idescat arranca con un país distinto. Durante el franquismo y el desarrollismo, Cataluña creció casi
dos millones y medio de habitantes con ciudadanos llegados de otras partes de España. A partir de la década de 2000, atraídos por el
boom de la construcción, la mayoría de las llegadas son ya de extranjeros: más de un millón desde que empezó el siglo, con un crecimiento del 3,4 por mil, por encima de la media española y europea.
El resultado es un vuelco demográfico sin precedentes. La población de origen migrante pasó de un marginal
1,6% a finales de los 80 —poco más de 100.000 personas— al 21% actual. Ese es el dato que sostiene cualquier discusión sobre identidad, lengua o urnas, y también el que nadie discute.
¿Es la inmigración lo único que sostiene la población catalana?
Sí, al menos según los demógrafos que manejan la serie. Desde 2018 hay
más defunciones que nacimientos y la tasa de fecundidad no llega a 1,5 hijos por mujer. Con ese cuadro, Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos de la UAB, lo resume sin adornos: «si no llegaran extranjeros, la población se pararía».
Julio Pérez Díaz, sociólogo y científico del CSIC, añade la parte que suele omitirse: las llegadas «van a seguir ocurriendo», de modo que una política adecuada consiste en prepararse, hacer un esfuerzo de integración y evitar las ideologías racistas. Traducido al presupuesto: trabajo, vivienda, educación y sanidad para 1,65 millones de personas que ya están aquí y para las que vengan. La pelota no está en el aeropuerto, está en el ayuntamiento.
De dónde vienen los 1,65 millones de residentes de origen migrante
El reparto por continentes desmonta varios tópicos de sobremesa. Europa aporta el 31% del total, América el 28% —de ese bloque, el 19,5% es América del Sur y el resto América central, México y Estados Unidos—, África el 25,5% y Asia y Oceanía el 14,6% restante. Quien imagine una única procedencia se equivoca por goleada: hay al menos cuatro Cataluñas migratorias conviviendo en la misma comunidad.
El mapa desigual: Barcelona concentra el 73% de la población
El crecimiento no se reparte por igual. El
73% de la población vive en la provincia de Barcelona, frente al 11% de Tarragona, el 10% de Girona y apenas el 6% de Lleida. En el área metropolitana, 121 de sus 125 municipios han ganado habitantes. En cambio, las tierras de Ponent y las Terres de l'Ebre pierden población.
La situación, en palabras del propio Esteve, es «heterogénea»: hay zonas que solo reciben un tipo de inmigración y otras que acogen perfiles distintos. El discurso uniforme sobre la Cataluña que llega a ocho millones choca con una realidad de comarcas que van a velocidades opuestas.
La otra cifra incómoda: 43,3 años de edad media
Hace casi 40 años, la edad media de los catalanes era de
36,3 años; hoy es de
43,3. La población mayor de 65 años se ha doblado desde 1987 y representa el 19,3% del total, con
1.528.322 personas en ese grupo. La esperanza de vida ha pasado de 77,2 a 83,6 años y sigue subiendo.
Como son las mujeres las que viven más, el
50,8% de la población son mujeres —4.065.088— frente a 3.940.696 hombres. Envejecimiento y dependencia son la factura que nadie quiere poner encima de la mesa cuando se discute el saldo migratorio.
Identidad, lengua y urnas: tres lecturas del mismo dato
La primera corriente sostiene que una llegada de este volumen diluye la identidad y la lengua propias, y recuerda que el catalán ya tenía presencia testimonial en las calles de Barcelona antes de este ciclo. La segunda responde que sin esos flujos no habría población ni actividad: la economía se apagaría antes que la lengua. Una tercera desplaza el foco a la integración y a los recursos —vivienda, escuela, sanidad— que no acompañan al crecimiento.
Hay además una lectura electoral que atraviesa toda la conversación: quién votará ese 20% y creciente, y qué partidos han apostado por ensanchar el censo. En paralelo circulan las cifras de la negociación política: ERC ha trazado un plan para avanzar hacia las puertas abiertas en inmigración y recoge firmas para forzar al Estado a regularizar a los inmigrantes en situación irregular, mientras el PDeCAT reclama reforzar la integración frente al acuerdo con el PP.
Y una comparación que incomoda a los que dan por hecha la hegemonía catalana: en 1981 Andalucía tenía 6.441.461 habitantes por 5.958.208 de Cataluña, y hoy Andalucía sigue por delante con unos 600.000 residentes de ventaja, con margen para crecer mientras Cataluña se acerca a su techo.
Donde el análisis se atasca
El punto exacto donde el cálculo se rompe no es el número de llegadas, sino su definición. Nadie coincide en cuánta población es «de origen migrante»: si se cuentan los hijos nacidos aquí de padres extranjeros —uno de cada tres, según el cómputo más agresivo que se maneja— o los nietos de quienes llegaron del resto de España, el porcentaje se dispara muy por encima del 21% oficial. Con esas reglas de conteo, la estadística deja de medir población y empieza a medir quién decide qué es un catalán. Y ahí no hay Idescat que valga.