El 57% de las mujeres se plantea ser madre sola: quién paga la crianza
¿Se puede criar a un hijo sin pareja? El 57% de las mujeres dice que se lo plantea si llega a cierta edad sin pareja o no la desea. Y no es una hipótesis de laboratorio: el
20% de las mujeres que acuden a clínicas de fertilidad ya son madres en solitario. La cifra la puso sobre la mesa Solidaridad Intergeneracional y abre una discusión que va mucho más allá de la moral. Es, sobre todo, un asunto de dinero, de tiempo y de quién carga con el trabajo que antes repartían dos adultos.
Qué hay detrás del 57%
La lectura tiene una pata histórica. Antes, quien no encontraba pareja se quedaba
para vestir santos, aunque quisiera hijos. Alguna se quedaba embarazada y criaba en solitario, fuera porque el padre desaparecía, fuera porque ella quería que desapareciera. La diferencia, según esa explicación, es que la mujer que quiere ser madre ya no necesita elegir a un hombre que no desea como padre de sus hijos. Tampoco tiene que soportar disputas, custodias compartidas ni divorcios.
La segunda pata es menos épica. Quien acude a una clínica a los cuarenta suele acumular relaciones que no cuajaron, trabajos que devoran horas o decisiones que se aplazaron. En los testimonios, el perfil que aparece no es el de una irresponsable: es el de una mujer con empleo y una vida que ya funcionaba sola. Y el proceso no es un capricho de un fin de semana: una estimulación da unos pocos embriones y, si no hay más margen, toca repetir o esperar con los que quedan.
¿Quién cría cuando solo hay una madre?
Aquí empieza lo incómodo. En los casos que se describen, la abuela hace de segundo adulto: da el desayuno, lleva al niño al colegio, lo recoge y le da la merienda mientras la madre encadena jornada y guardería. «La madre es la abuela», resume un testimonio. Funciona mientras la abuela aguanta. Y cuando no existe esa red, hay quien sostiene que el relevo lo toma el Estado: guardería, ayudas, bajas encadenadas y, a la larga, una factura pública que alguien firma.
De ahí la objeción más repetida. Hay quien sostiene que la madre sola no está sola: tiene un proveedor sustituido, y ese proveedor es el contribuyente. Otros, en cambio, defienden que si nacen pocos niños, cualquier fórmula que sume nacimientos merece apoyo y no reproches.
La factura económica de criar en solitario
Los números no son amables. Criar a un hijo con dos sueldos ya aprieta; con uno, la aritmética cambia de golpe. «Vivir solo con los salarios de España es complicado. Vivir solo y tener un hijo con los salarios de España ya es algo al alcance de muy poca gente», apunta un mensaje. Vivienda, comedor, extraescolares y conciliación no entienden de empoderamiento. Tampoco entienden de jornadas de ocho horas sin flexibilidad, que es la realidad de la mayoría.
Y hay una derivada práctica: el tiempo. Una persona sola no puede duplicarse. Cuando el niño enferma, cuando hay reunión del colegio, cuando cae una extraescolar a las cinco, no hay segunda opción. Ese es el cuello de botella real, por encima del ruido ideológico.
El hijo sin padre: el argumento que no se apaga
El núcleo del rechazo apunta a los menores. Se argumenta que crecer sin figura paterna deja un hueco que el niño acabará buscando, y se citan críos desbordados, siempre en guardería o con los abuelos, que preguntan por un padre que no existe. La otra trinchera responde con biografías: quien se crió sin padre y salió funcional, quien tuvo una infancia idílica y acabó fatal. La evidencia que cada bando considera concluyente es justo la que el otro descarta.
El telón de fondo es demográfico. En el debate se menciona una natalidad del
1,2, con la mitad atribuida a población de origen inmigrante, para recordar que este país no está para desperdiciar nacimientos. Ese dato sirve tanto para defender como para atacar: si cada niño cuenta, ¿por qué ponerle pegas a una madre que quiere tenerlo sola?
¿Y los hombres que quieren ser padres solos?
La pregunta aparece en el hilo una vez y se queda sin respuesta. Y sobrevuela la insinuación de que detrás de la decisión hay un cálculo material, además de la idea de que el varón proveedor que falta lo acaba poniendo el Estado.
La discusión, en el fondo, no va de mujeres ni de niños. Va de quién firma el cheque cuando el modelo tradicional deja de cuadrar. Y ese cheque, por mucho que se disfrace de libertad individual, siempre acaba pasando por caja.