El crack: obra maestra del cine negro o un tostón con doblaje
Hay una escena en
El crack que, según varios cinéfilos, Quentin Tarantino copió casi plano a plano para el atraco de
Pulp Fiction. Y sin embargo, casi medio siglo después, la película de Garci sigue partiendo al personal: para unos es la cumbre del cine negro español, para otros un filme «normalito» con doblaje que chirría. La discusión, abierta desde hace más de dos años, deja un retrato curioso de cómo se juzga el cine español cuando se le quita la etiqueta de subvencionado.
El punto de partida es una comparación que muchos consideran sacrílega: Alfredo Landa haciendo de detective a lo Charles Bronson. El actor, encasillado en el landismo, se pone el gabardina de Areta y, para sorpresa de propios y extraños, sale airoso. «Landa es un actorazo que le pega 20 vueltas a cualquiera de los famosos de Hollywood», resume una intervención. Otros van más allá: «Si don Alfredo hubiera medido 1,85, se hubiera llamado Alfred Landis y nacido en Maryland, quién sabe hasta dónde habría llegado».
¿Es El crack una obra maestra o una película normalita?
La división es casi perfecta. Un bloque defiende que estamos ante una obra maestra absoluta, con tres capas de lectura: cine negro a la española, retrato de ex policías reciclados en seguridad privada de grandes empresas —con un joven Villarejo asomando por el fondo— y un multimillonario con negocios internacionales al que le gustan la fiesta, las prostitutas y la violencia. «Garci cuenta muchísimo sin contar», sostiene esa lectura.
Enfrente, la tesis del quiero y no puedo. «A mí me parece simplemente un filme muy normalito para aquellos años, el típico quiero y no puedo de Garci, que siempre fue un forofo del cine negro yanqui». El argumento de fondo: si parece buena es porque se compara con la basura que se rodó después en España. Unas interpretaciones correctas, un guion medio y la ausencia de zafiedad bastan para convertirla en obra maestra por aclamación.
Entre ambos extremos, la postura más repetida: se deja ver, sobre todo la primera. La segunda baja enteros y la tercera,
El crack cero, divide incluso a los que defendían las anteriores. «La tuve que dejar a la mitad. Un tostón del copón bendito», sentencia uno de los que se declaran fans del género.
El doblaje y el ritmo: lo que ha envejecido mal
Uno de los reproches más concretos no va al guion ni a la dirección, sino a la técnica. «Ha envejecido mal, le falta ritmo y tiene cosas como el doblaje de actores que se hacían en la época que chirrían bastante». Es un problema de época, no de intención, pero afecta a la experiencia de visionado actual.
La comparación con el cine negro clásico americano es inevitable y, para algunos, demoledora: «Mejor os ponéis
El halcón maltés o
El sueño eterno». La respuesta de los defensores es que la comparación es injusta porque el noir español de los 50 en Barcelona y Madrid ya existía y tenía su propia personalidad.
El reparto, en cambio, genera consenso casi unánime. Landa y Bódalo son «dos actorazos», y Arturo Fernández, en
Truhanes, «destaca aun estando junto a Alfredo Landa, que no es manco». La escena final de Areta, esa que resume «los dos tipos de hombres que hay», es para muchos el momento cumbre.
El crack como retrato económico de una España que se abría al capital
La lectura más interesante que aparece es la económica. La escena inicial, según un análisis repetido, muestra «lo que iban a ser las nuevas estructuras»: el sometimiento de la política al gran capital, la ausencia de cabezas de hidra que eliminar, la globalización de la economía basada en empresas. «Hay gente ahora, 50 años después, que todavía no es capaz de verlo».
Esa capa convierte la película en algo más que cine negro: es un documento sobre cómo el poder económico se desacopla del Estado y deja al investigador sin a quién detener. El detective privado de verdad, cuenta un testimonio, era «bajo, feo y con gafas, con un torso un poco contrahecho», y trabajaba de funcionario por la mañana para cotizar mientras gestionaba la agencia desde el puesto. «Alfredo Landa era un Adonis comparado con él».
El paquismo, el woke y la guerra cultural del cine español
No falta la capa política. Una parte sostiene que la última entrega se puso a parir «porque no tiene nada de woke» y que Miguel Ángel Muñoz se sale, demostrando que de
Upa Dance se puede salir. Otra corriente despacha la trilogía como «una cumbre del paquismo» y «el paquismo hecho peli».
El consenso transversal, más allá de etiquetas, es que el cine español bueno es una cosa rara y que estas películas se salvan por los diálogos. «Cualquiera de ellas es mejor que nada de lo que tenga hoy Netflix», zanja uno. La discusión, dos años después, sigue sin resolver si eso es un elogio o una condena.
El crack no es la mejor película del cine español, pero probablemente sea la que mejor explica por qué el cine español tiene el complejo que tiene. Con estos mimbres, el cesto seguirá dando que hablar.