Elisa Mouliaá responde a las críticas: «Estamos en 2024»
Elisa Mouliaá ha salido a contestar. La actriz y presentadora ha publicado una declaración en la que sostiene que una mujer puede irse de fiesta con sus amigos cuando le dé la gana —«teniendo o no marido, estamos en 2024»— y en la que reconstruye su versión del episodio con Íñigo Errejón, objeto de una denuncia que, a la fecha de esta discusión, seguía sin resolución pública conocida. El texto corrige algo que buena parte de la conversación daba por sentado: no convivía con nadie. Según su propio relato, estaba separada y el divorcio se formalizó «de forma amistosa a principios del 23».
Qué cuenta exactamente de esa noche
Su versión arranca en una salida de fiesta un sábado de septiembre. Escribe que estaba «ilusionada» con Errejón y que le tenía «en un pedestal»: esperaba una historia de amor y se encontró, dice, con alguien que «lo único que quería era tocar su cuerpo». Relata que acabó en casa del político porque este le dijo que el coche llevaba esperando cinco minutos y tenían que irse. Una vez allí, asegura que decidió marcharse: en el taxi le habían llamado para avisarle de que su hija tenía fiebre y el ambiente, sostiene, era «invasivo e incómodo».
Como respaldo de esa incomodidad menciona una captura de una conversación con una amiga, posterior a esa noche, en la que explicaba lo invadida que se había sentido. Es el único documento que ella misma pone encima de la mesa.
El emoticono y el relato que no termina de encajar
En esa conversación con la amiga que ella misma invoca aparece un emoticono de risa. Para una parte del público, ese detalle desmonta cualquier relato de trauma. Para la otra, solo demuestra que no existe una única forma de reaccionar a una situación desagradable. El pulso está montado sobre un símbolo, no sobre un hecho.
Lo mismo ocurre con la narrativa del enamoramiento. Describirse a sí misma admirada y luego decepcionada refuerza, según quién lo lea, la idea de un desencanto sentimental más que de una agresión. La denunciante responde que una cosa no excluye la otra. Y ahí, de momento, se queda todo.
¿Qué pruebas sostienen su versión?
Aquí está el nudo. La declaración pública aporta una cosa y, al mismo tiempo, su contrario: el mismo texto que describe una situación incómoda describe también a una mujer que acude voluntariamente a casa de un hombre que le atrae y que se marcha cuando quiere.
La lectura dominante es que el relato no encaja con el de una agresión. La lectura contraria —minoritaria, pero sostenida— responde que no hace falta violencia física para que exista una conducta reprobable, y que exigir a la denunciante un relato perfecto es justo lo que la ley trata de evitar. No hay acuerdo posible entre ambas.
El frente jurídico: palabra contra palabra
El análisis más repetido es que la denuncia tiene poco recorrido probatorio. Han pasado unos tres años del episodio. Sin testigos, sin señales físicas y sin más respaldo que una captura de conversación, el proceso se convierte en la palabra de uno contra la de otro, y ese es el peor escenario para una acusación de este tipo.
Un matiz que se repite con insistencia: lo anterior a la conducta —la fiesta, el divorcio, la fiebre de la hija— es irrelevante desde el punto de vista jurídico. Que alguien sea o no una madre responsable no determina si lo que se denuncia ocurrió. El problema es que tampoco lo aclara. El cálculo fino de esa contradicción, desglosado, da bastante que pensar.
La denuncia y el dinero: qué se está insinuando
En paralelo corre un relato incómodo para Mouliaá, y conviene separarlo de los hechos. Se afirma, sin aportar prueba documental, que atravesaba una situación económica precaria y que incluso habría subarrendado habitaciones para sostenerse. De ahí se salta a la conclusión de que la denuncia le viene «de perlas». Es una sospecha, no un dato, y como sospecha se está manejando.
No ayuda el ruido mediático, que la coloca en el centro. Se ha especulado con su continuidad en programas de televisión y con el efecto del escándalo sobre su carrera. Nada de eso está confirmado por nadie con nombre y apellidos.
El marco político: Sumar y el fuego cruzado
El caso desborda lo personal. Desde la vicepresidencia del Gobierno se ha respondido, cuando le han preguntado por Errejón, que las explicaciones debe darlas Sumar. La denunciante, mientras tanto, se ha quejado de que su propio entorno le pide que se calle y de que las críticas le llegan por todos los lados.
El resultado es una figura pública defendiéndose en redes sociales, publicación a publicación, con la causa abierta y sin abogado a la vista. El rastro completo de esa defensa, mensaje a mensaje, contiene detalles que aquí no caben.
Con este material, la causa camina hacia un escenario de versión contra versión en el que ninguna prueba decide. La duda razonable que beneficia al investigado es también la que entierra la denuncia. Es pronto para saber qué queda cuando se apague el ruido, pero pocas veces una declaración pública ha servido menos para aclarar y más para complicar.