No sin mi coche: el cálculo que costó la vida a decenas de vecinos
Dejar el coche y buscar terreno alto es la decisión correcta. Casi nadie la toma. Las riadas que anegaron buena parte de la provincia de Valencia dejaron un rastro de víctimas donde se repite un patrón incómodo: gente que salió de casa, o que no abandonó el vehículo, para que el agua no se llevara un bien que había costado años pagar. En Paiporta, la alcaldesa Maribel Albalat informó de 40 fallecidos —34 en el casco urbano y seis en una residencia de ancianos, con datos aún provisionales— y resumió la escena con una frase: «Parece ser que buena parte de los fallecidos estaban intentando mover los coches».
¿Por qué alguien se juega la vida por un coche?
Una parte del análisis lo plantea como una ecuación económica antes que como una imprudencia. Hay quien la formula así: quedarse quieto supone un 100% de probabilidad de perder el vehículo y tener que desembolsar 30.000 o 40.000 euros por otro; bajar a moverlo, un riesgo mucho menor de que la corriente te alcance. El problema es que ese porcentaje pequeño, multiplicado por miles de conductores a la vez, deja de ser pequeño.
Es muy jodido ser pobre, resume esa corriente, que no exculpa pero sí explica.
El otro factor es la antigüedad del parque móvil. Con dos coches de 23 y 20 años, la tentación de jugarse el tipo es menor; con un vehículo financiado hace dos años, el cálculo se torce y pesa más el golpe económico que el riesgo físico. Frente a eso, el contrapunto es obvio: un coche se puede volver a comprar, una vida no. Y una advertencia que se repite: nadie sabe cómo reaccionaría hasta que el agua le llega al faldón.
Juzgar desde el sofá es gratis.
Paiporta: la riada que subió en diez minutos
Los relatos de vecinos dibujan una secuencia más rápida de lo que sugiere la palabra inundación. «En 10 minutos pasó de llover a estar los coches como piedrecillas en el río por las calles», cuenta una persona con familia en Paiporta. No hubo margen para volver a casa ni para replantearse nada.
Hay un testimonio que apunta a un problema mayor que el de la imprudencia individual. Un vecino relata que su suegro bajó a cambiar el coche de sitio porque la policía lo indicaba; a unos 200 metros del barranco el agua empezó a subir con violencia, dejó el vehículo en la primera acera y volvió a casa con el agua hasta las rodillas. El coche acabó camino del desguace. Él salvó la vida. Si ese relato se confirma, la recomendación de moverse habría empujado a la gente justo hacia donde no debía ir.
El garaje y el coche, dos trampas para el mismo error
Los espacios cerrados concentraron buena parte de las muertes. En un garaje de La Torre se rescataron los cadáveres de nueve personas, según la información de
Levante-EMV. Ocho, según otra de las cifras manejadas. La diferencia no cambia el fondo: bajaron a por el coche y no volvieron a subir.
Los casos individuales son igual de elocuentes. En Benidorm, un hombre murió tras aferrarse al vehículo durante la riada; el cuerpo apareció después cerca de Villajoyosa, con dos agentes de policía local asistiendo impotentes al arrastre. Una mujer de entre 30 y 40 años que bajó a por su furgoneta acabó con el agua al cuello y fue rescatada en el último momento. Su propia explicación —no pensaba que la cosa estuviera así— cabe en cualquier manual de sesgo de normalidad.
Por qué no se puede abrir la puerta cuando el agua sube
Aquí está el error técnico que mata. Si el agua cubre la puerta, la presión impide abrirla por mucha fuerza que se haga; hay que inundar el habitáculo primero para igualar presiones, y eso exige una sangre fría y un tiempo que no se tienen. La secuencia correcta, si el agua aún no domina el coche, es bajar la ventanilla, salir y subirse al techo o al capó agarrado a algo.
El utillaje ayuda: un martillo rompecristales en la guantera o el reposacabezas como punta de lanza contra la esquina del cristal junto al retrovisor. Y una precaución que evita el problema entero: no meterse donde puede bajar una riada. Subirse a un árbol o a una señal en mitad de una autovía no es un plan B, es otra forma de morir.
La mejor salida es la que se toma antes de cerrar la puerta.
Qué pasa con los coches inundados: seguro y mercado de segunda mano
En el hilo se apunta que, con seguro a todo riesgo, responde el Consorcio de Compensación de Seguros; el resto, al desguace. De ahí surge el segundo negocio del desastre: talleres y compraventas absorbiendo vehículos con electrónica y mecánica dañadas que volverán al mercado meses después, con la matriz de riesgo que eso supone para el comprador que busque una ganga. Mucho cuidado con las unidades procedentes de las zonas afectadas.
Con este panorama, los protocolos deberían incorporar una consigna tan simple como impopular: el vehículo se abandona, siempre. La duda es si eso basta cuando en diez minutos las calles se convierten en ríos y el aviso llega tarde. Probablemente no.