Fisioterapia pública: 4,5 horas de trabajo efectivo según un interino
Un fisioterapeuta interino entra a las 7:40, pero su primer paciente está citado a las 8:00. La auxiliar lo recibe, lo entretiene con una parafina o una lámpara de calor hasta que el titular del servicio aparece. El descanso de media mañana, pautado en 20 minutos, se estira hasta los 40. A las 14:00 se va a comer y a las 14:30 ya está saliendo del edificio. Dentro del centro ha pasado, como mucho, seis horas. Es el retrato que hace un trabajador interino de sanidad y educación sobre parte de sus compañeras, y que sostiene con un dato: la carga media ha caído de
13 pacientes diarios de media hora a
9. De 6,5 horas de trabajo efectivo a 4,5.
De 13 pacientes al día a 9: el cálculo de la caída
El relato parte de una experiencia personal en hospitales de ciudad y en centros de salud de pueblos, donde el fenómeno se describe como más acusado. La jornada laboral normal arranca a las 7:40, pero la atención directa se concentra en menos horas de las que figuran en nómina. El cálculo que se maneja es simple: si antes se veían 13 pacientes de media hora y ahora se ven 9, la jornada efectiva se queda en 4,5 horas. La retribución que se atribuye a ese puesto ronda los
36.000-39.000 euros anuales.
La discusión no tarda en matizar la cifra. Hay quien sostiene que un fisioterapeuta de hospital no llega a 3.000 euros netos al mes ni de lejos, y que las peonadas —horas extras— no existen en ese servicio. El cálculo bruto anual y el neto mensual no son lo mismo, y el desacuerdo sobre el número exacto queda abierto.
El control horario que se instaló y se desmontó
Uno de los puntos más concretos del relato es el fichaje. Hace años se instalaron aparatos para registrar entrada y salida en los centros. Los médicos amenazaron con quemar el hospital, según la versión que se comparte, y los aparatos acabaron retirados sin haber entrado en funcionamiento. No hay control horario. No se ficha.
Esa ausencia de registro es la que permite que las horas se estiren o se encojan sin consecuencia. En otros organismos públicos, en cambio, se ficha al entrar, al salir y también al café, según se apunta. La diferencia entre administraciones es enorme, y en sanidad el sistema quedó en el limbo.
Reiki, parafinas y la cartera de servicios
El reproche de fondo no es solo horario. Es clínico. Una parte de los profesionales, según esta versión, sustituye las técnicas incluidas en la cartera de servicios —movilización pasiva, ejercicio terapéutico, masoterapia, movilización ósea— por prácticas sin respaldo, tipo reiki. Los pacientes, que no saben qué esperar, aceptan la sesión. Solo las recuperaciones de operaciones y roturas reciben, según este relato, un tratamiento aceptable.
El patrón se repite en la privada, apuntan otras voces. Hay fisioterapeutas con clínica llena que cierran o delegan en contratados al conseguir plaza pública, y que por las tardes siguen atendiendo en casa sin factura. La conclusión que se extrae es incómoda: incluso con la consulta a rebosar, la sanidad pública sale más rentable en esfuerzo y en horario.
Funcionario, interino y el estatus que nadie suelta
La conversación deriva hacia el modelo. Se argumenta que el empleo público no se paga por productividad ni por resultados, sino por un estatus, y que solo la voluntad individual hace que el servicio funcione. Sin cálculo coste-beneficio, añaden, no hay forma de asignar recursos con criterio. Frente a eso, otros defienden que en sus puestos se ficha, se controla el trabajo incluso en remoto y que los incumplidores acabarán pagándolo cuando lleguen los recortes, porque todo queda registrado.
El interinaje aparece como telón de fondo. Se sostiene que los funcionarios de carrera evitan los destinos saturados de temporales, y que la temporalidad se ha estancado en torno al 30% en las administraciones, con la sanidad y la docencia universitaria como focos donde la mitad de la plantilla es temporal. Bruselas aprieta con una multa millonaria por ese incumplimiento.
El dato que descoloca no es el sueldo ni el horario. Es que, tras años de quejas, los aparatos de fichaje siguen guardados en algún almacén y nadie ha vuelto a proponerlos.