El móvil básico vuelve: 30 euros contra media nómina en smartphone
¿De verdad hace falta un teléfono de última generación para vivir, o simplemente nos hemos acostumbrado a pagar por nuestra propia correa? La pregunta recorre una conversación de casi tres años sobre lo que se dejó atrás al entrar en la era del teléfono inteligente: el teclado que respondía, la llamada de voz, el «quillo, ahora nos vemos en la plaza» a voces, el paseo por carretera nacional sin la presión de la autopista. El diagnóstico de partida es duro: en dos décadas, la sociedad se ha ido al guano ella solita, sin ayuda de nadie.
Lo llamativo no es la nostalgia. Es la cuenta. Un terminal básico cuesta entre
10 y 30 euros; uno de gama alta se come tranquilamente medio sueldo. Y encima el caro trabaja para otro: absorbe atención, entrega datos, geolocaliza y convierte al dueño en producto. El barato solo llama, manda SMS y, en algunos modelos, hasta lleva radio FM. La conclusión que se repite es incómoda: pagamos más por el dispositivo que nos vigila que por el que nos sirve.
¿Cuándo empezó la degeneración digital?
No hay acuerdo sobre la fecha. Una corriente sitúa el corte a finales de los noventa y principios de los 2000, cuando el ordenador aún era herramienta y el módem sonaba. Otra lo adelanta a los primeros noventa, porque a finales de esa década ya había chats, mensajería instantánea y SMS que dejaban facturas de
100 euros —16.000 pesetas— a base de mensajitos de 15 céntimos más IVA. Una tercera fija el punto de no retorno en
2004-2005, cuando la mensajería instantánea y las primeras redes empezaron a colonizar la vida cotidiana.
La hipótesis más incómoda que circula sostiene que el sistema encontró en la tecnología un sustituto de las sustancias que antes servían para regular a la población: estimulantes cuando la economía iba bien, depresores cuando iba mal. La novedad, según esta lectura, fue probar con un nuevo alimento para las almas: la conexión permanente. No hay pruebas de semejante diseño, pero la sospecha de que «algo no cuadraba» ya estaba sobre la mesa en 2003.
El internet primigenio sigue existiendo si sabes buscarlo
Uno de los hallazgos más citados del intercambio es técnico y verificable: si se desactivan javascript, cookies, seguimiento, protocolos de personalización, sensórica, realidad aumentada, acceso a ubicación y métodos de pago, el internet de antes sigue siendo accesible. Basta desconectar el wifi del ordenador y tirar de cable ethernet para comprobar que la conexión no solo no se degrada, sino que a veces rinde por encima de lo contratado: una fibra de
300 megas simétricos midió 360 de bajada y casi 450 de subida.
La paradoja es que ese internet sin capas de vigilancia funciona. Existe. Solo hay que querer entrar por la puerta vieja. Y ese detalle desmonta el argumento de la inevitabilidad: nadie obliga a nadie a usar un teléfono inteligente ni una red social. La degeneración digital se apoya, según esta tesis, en el egoísmo del sujeto, en el «espejito, espejito digital» del yo, yo, yo. Uno solito se mete ahí y uno solito se puede salir.
¿Se puede abandonar el smartphone sin quedarse fuera del mundo?
Se puede, aunque no del todo. Apagar el teléfono con frecuencia, quitar la SIM —que es tanto como quitar internet—, comprar una cámara de fotos y un reproductor de MP3 para separar funciones: son los pasos que se describen. El objetivo no es la desconexión total, imposible, sino dejar de ser un terminal teledirigido, controlado, vigilado y parametrizado.
La resistencia tiene un coste práctico que nadie esconde. Un teléfono móvil salvó a una persona que se quedó con la pierna atrapada en un sumidero, de noche, junto a una carretera poco transitada y mal iluminada: sin él habría esperado al amanecer, como mínimo. La gente resolvía esas situaciones hasta los noventa, aunque casi nadie recuerda ya cómo. Ese es el precio real del retroceso, y conviene ponerlo encima de la mesa antes de romantizar la década.
La trampa de la identidad digital
El argumento que más peso tiene en la parte final de la conversación no es nostálgico, es de control. Sin teléfono inteligente no hay agenda, ni códigos QR, ni identidad digital, ni pasaporte electrónico, ni geolocalización permanente. Las acampadas y las manifestaciones, se argumenta, ya demostraron su techo. El teléfono no es necesario: es una adicción con la que se gobierna a distancia. Cuanto más inteligente es el aparato, más tonto el dueño.
La industria ya está empujando la siguiente capa: gafas de realidad virtual y aumentada, metaverso, entornos inmersivos. Quien mire esas señales y no vea hacia dónde va el paquete, dice esta corriente, es porque no quiere verlo. La alternativa que se propone es simple y barata: volver al teléfono de funciones, al terminal que solo es terminal, y dejar de ser el producto que se vende.
El mercado ya lo está notando
Hay un dato que rompe el relato de la irreversibilidad: en Estados Unidos están subiendo las ventas de móviles básicos entre los más jóvenes, según un usuario. Y los modelos verdaderamente antiguos, los de teclas y batería de cuatro o cinco días, están cotizadísimos en el mercado de segunda mano. La mensajería y las redes se perciben cada vez más como una pesadez: el 99% de los mensajes son memes o chorradas.
No es un movimiento de masas ni una tendencia consolidada, y quien lo presenta como tal exagera. Pero existe, tiene compradores y tiene lógica económica. El aparato que dura días sin cargar y cuesta 30 euros no necesita actualizaciones, ni suscripciones, ni permisos de ubicación. Solo necesita que alguien decida, por una vez, no pasar por el aro.
La pregunta inicial sigue sin respuesta masiva. El gusanillo no le pica a casi nadie, y los que ya viven en los noventa sin saberlo son una minoría silenciosa. Mientras tanto, el mercado infla el precio del cacharro que nos esclaviza y regala el que nos libera. Si eso no es una pista, que baje alguien y lo mire.