El mirador Halo de Vigo suma tres suicidios en seis días de vida
Tres personas se han precipitado desde el mismo punto en menos de un mes. La última, un joven de
21 años, en la noche del miércoles, desde el mirador del ascensor Halo, en pleno centro de Vigo. Los agentes de la Policía Local lograron reanimarlo en un primer momento; falleció poco después en el Hospital Álvaro Cunqueiro. La estructura llevaba
seis días abierta al público.
Las fuentes policiales citadas confirman tres episodios en esas instalaciones: otro joven se precipitó el jueves de la semana anterior, el día antes de la inauguración, y a inicios de febrero lo había hecho un hombre de
31 años. En los tres casos el punto de partida fue el mismo anillo. Hablar de caída accidental no tiene recorrido: el borde mide
dos metros de ancho.
Qué es el mirador Halo y cómo se llega hasta el borde
El Halo conecta el Centro Comercial Vialia con el casco urbano mediante dos ascensores que desembocan en un mirador circular. Los peatones pueden transitarlo libremente, en un horario amplio y sin control de acceso. Seis días después de abrir, esa pasarela ya acumulaba la escena que nadie quiere fotografiar.
La respuesta administrativa ha llegado antes que el diagnóstico. Ya hay propuestas para instalar impedimentos —las llamadas barreras
«arquitectónicas»— que dificulten repetir lo ocurrido. Es la receta que, según se ha recordado en el propio debate, se aplicó en el viaducto de Segovia, en Madrid, acristalado tras una sucesión de casos, y la que explicaría, según un participante, que las ventanas de muchas habitaciones de hotel no abran más de un palmo. En el puente Golden Gate se colocaron redes; el
Vessel de Nueva York, un mirador de escaleras y pasarelas, terminó cerrando. Donde el punto se vuelve recurrente, la solución aplicada ha sido limitar el acceso.
El coste del ascensor: la cifra de 15 millones que circula
La otra cifra que domina el asunto es el dinero. Se sostiene que la infraestructura costó
15 millones de euros cuando el presupuesto manejado era de
7: más del doble. Ninguna administración ha confirmado ese desglose en la información disponible, así que conviene manejarlo como lo que es, un cálculo que circula sin respaldo documental. Aun así encaja con una crítica más vieja: en una ciudad cuyo alcalde ha hecho del ornamento urbano y la iluminación una seña de identidad —y así lo subrayan sus detractores—, la obra más comentada de la semana es un ascensor caro en el que se han producido tres muertes.
Cada cuánto se suicida alguien en España: las cifras que no cuadran
Los registros oficiales que se citan sitúan la cifra en torno a
4.000 personas al año, unas
12 al día. Parte de quienes siguen el asunto sostiene que ese número se queda corto, y no por deporte: cuando alguien cae desde un mirador concurrido resulta difícil clasificarlo como accidente doméstico, pero la mayoría de las muertes ocurren en casa, sin testigos y con una familia que prefiere no airearlo. El estigma empuja el dato hacia abajo, y por eso las estadísticas se leen con la ceja levantada.
El cálculo que más circula no apunta al total nacional, sino a la concentración: tres casos en una ciudad de unos
300.000 habitantes en apenas una semana. Ese es el número que descoloca, no el del presupuesto.
Del juego de los lemmings a «Soylent Green»: cómo se ha leído el diseño
El aspecto de la estructura —dos ascensores y un anillo elevado— ha alimentado todo tipo de comparaciones. La más repetida es la del juego
Lemmings, esos roedores que avanzan en fila hacia el vacío mientras el jugador intenta salvarlos; de ahí saltó, con una errata mediante, a un curioso debate sobre pantis. También ha asomado el nombre de
Soylent Green, la distopía setentera sobre el reciclaje humano. El humor negro no es casual: cuando un edificio nuevo acumula tres muertes en seis días, la conversación pública se escora hacia el chiste porque nadie quiere mirar al fondo.
Qué explica que tres personas usen el mismo punto para morir
Aquí las corrientes se separan. Una parte del análisis culpa al diseño: un anillo elevado, accesible, sin barrera y con vistas, convertido en el sitio más visible de la ciudad en cuestión de días. Otra sostiene justo lo contrario, que el edificio es lo de menos y que lo que falla es la sociedad. «Un alto índice de suicidios es un síntoma de que algo va muy mal en una sociedad», resume una de las intervenciones.
Hay una tercera postura, incómoda, que defiende el derecho de un adulto a decidir sobre su propia vida y rechaza que cada mirador se convierta en una jaula. Una cuarta añade el factor de imitación: los puntos emblemáticos funcionan como imán para quien busca un escenario, y eso obliga a pensar en la gestión del lugar, no solo en la barandilla. Y una quinta, más pragmática, pide dejar de debatir la valla mientras nadie publica cuántos casos hay de verdad.
Poner una barandilla más alta habría evitado estos tres casos. No habría evitado ninguno de los motivos que los provocaron. La pregunta, entonces, no es cuántos miradores hay que blindar antes de que dejen de serlo, sino cuánto tiempo más se puede discutir el precio de un ascensor sin mirar lo que hay debajo.