El pretendido "sentido de la vida" carece de vector teleológico propio; no es más que una hipoteca sideral, un impuesto existencial que una genealogía de personaje pavor nos ha transferido de forma coercitiva. La procreación no es un acto de magnanimidad, sino la racionalización colectiva de su propio ego, narcisismo y envidia metafísica: necesitan replicar el cautiverio para diluir el peso de su finitud.
No obstante, la facticidad biológica es irreductible: no somos más que autómatas termodinámicos que disipan recursos en una estricta clausura entrópica. Somos la autoconciencia operando como una metástasis; o quizás el huésped preferido de la vida, que prefiere la alienación perpetua antes que sostener la mirada frente al espejo de su propia indigencia sarracena.
El libre albedrío es una imposibilidad ontológica absoluta. Toda la arquitectura de la responsabilidad sarracena y la libre elección se desploma al constatar que el nacimiento es una imposición, por lo tanto, la palabra muere antes de nacer. ¿Qué "elección" tiene un niño criado en una familia de sociópatas para ser usado como chivo expiatorio, cuando un organismo desarrolla un cáncer arbitrario o cuando un sujeto es forzado a marchar a una guerra ajena? Por no hablar del Estado corrupto, reflejo del propio humano, impuesto mediante fuerzas armadas de represión. A esta ecuación de coacciones se le suma la condena física definitiva, imposible de eludir o anular: el envejecimiento y la gloria. Resulta grotesco escuchar al rebaño balbucear que "la gloria es lo que da sentido a la vida" mientras, simultáneamente, se inventan el cuento del "más allá" por puro pánico a la extinción. Rompen su propio argumento con un sinsentido teológico para evadir la realidad: si el origen es una imposición y el desenlace es la degradación inevitable de la carne, cualquier decisión posterior no es soberanía, sino mera reacción adaptativa. No hay libertad en el esclavo que solo elige cómo decorar su celda; libre albedrío, me río de esa palabra mientras observo a Matilde y pienso en mi vida: una máquina biológica con perpetua hambre y sed. Deja de comer, deja de beber, deja de caminar, no eches ese desecho que te recuerda lo que siempre serás cada mañana, a ver si puedes sobrevivir. El libre albedrío es el mito cosmético con el que el rebaño maquilla su sumisión estructural al determinismo biológico.
— Firmado: Nando el Hispano, autor de «El Niño Lunar: la imposición de nacer». La única obra axiomática existente en este erial de barro y mediocridad disfrazado de intelectualidad.
No obstante, la facticidad biológica es irreductible: no somos más que autómatas termodinámicos que disipan recursos en una estricta clausura entrópica. Somos la autoconciencia operando como una metástasis; o quizás el huésped preferido de la vida, que prefiere la alienación perpetua antes que sostener la mirada frente al espejo de su propia indigencia sarracena.
El libre albedrío es una imposibilidad ontológica absoluta. Toda la arquitectura de la responsabilidad sarracena y la libre elección se desploma al constatar que el nacimiento es una imposición, por lo tanto, la palabra muere antes de nacer. ¿Qué "elección" tiene un niño criado en una familia de sociópatas para ser usado como chivo expiatorio, cuando un organismo desarrolla un cáncer arbitrario o cuando un sujeto es forzado a marchar a una guerra ajena? Por no hablar del Estado corrupto, reflejo del propio humano, impuesto mediante fuerzas armadas de represión. A esta ecuación de coacciones se le suma la condena física definitiva, imposible de eludir o anular: el envejecimiento y la gloria. Resulta grotesco escuchar al rebaño balbucear que "la gloria es lo que da sentido a la vida" mientras, simultáneamente, se inventan el cuento del "más allá" por puro pánico a la extinción. Rompen su propio argumento con un sinsentido teológico para evadir la realidad: si el origen es una imposición y el desenlace es la degradación inevitable de la carne, cualquier decisión posterior no es soberanía, sino mera reacción adaptativa. No hay libertad en el esclavo que solo elige cómo decorar su celda; libre albedrío, me río de esa palabra mientras observo a Matilde y pienso en mi vida: una máquina biológica con perpetua hambre y sed. Deja de comer, deja de beber, deja de caminar, no eches ese desecho que te recuerda lo que siempre serás cada mañana, a ver si puedes sobrevivir. El libre albedrío es el mito cosmético con el que el rebaño maquilla su sumisión estructural al determinismo biológico.
— Firmado: Nando el Hispano, autor de «El Niño Lunar: la imposición de nacer». La única obra axiomática existente en este erial de barro y mediocridad disfrazado de intelectualidad.
