Ayuso condena a los ultras y el PP mide el daño electoral
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha condenado a los ultras que participaron en las manifestaciones convocadas en Madrid contra la amnistía, y lo ha hecho en un momento en el que una parte del electorado de la derecha la señalaba como la gran esperanza contra el Gobierno de Pedro Sánchez. La noticia, recogida por medios como ABC, ha caído como un jarro de agua fría entre quienes esperaban que la dirigente madrileña liderase la respuesta institucional a la ley de amnistía. El mensaje que se ha instalado en buena parte del debate es que Ayuso se ha quedado a mitad de camino: ni con los manifestantes, ni con el Gobierno.
Ayuso condena a los ultras y deja huérfano a su electorado más movilizado
La condena de Ayuso a los ultras ha sido leída por una parte del electorado de derechas como una traición. El argumento que se repite es que la presidenta madrileña se ha alineado con el relato oficial cuando más falta hacía una voz institucional que amparase a los manifestantes. Hay quien sostiene que Ayuso actúa como un peón más de la cobardía del PP, un partido que, según esta lectura, espera heredar el poder cuando ya no quede nada que heredar. La comparación que más circula es la de un PSOE azul: mismo instinto de supervivencia, distinto color.
El reproche no es solo político. También es personal. Se recuerda que Ayuso bebía los vientos por que Eduardo García Serrano le hablase de José Antonio y Ramiro, y que sus viajes a Miami y Nueva York confirmaban sus filias por ciertas logias masónicas. La palabra que se usa sin ambages es traidora. Y no es un reproche aislado: se enmarca en una secuencia de desencantos que incluye a Macarena Olona y que, según algunos, acabará con el electorado de derechas babeando por Belén Esteban. Al tiempo.
El PP vasco y el coste de apoyar a los manifestantes
El contraste lo ofrece el nuevo presidente del PP vasco, que ha apoyado sin fisuras a los manifestantes. La lectura que se hace es que tiene algo de huevos, en un contexto en el que la dirección nacional del PP parece más preocupada por el impacto electoral de las protestas que por la protesta en sí. La preocupación en Génova por la intención de voto es extrema, según se desprende del tono del debate.
El problema de fondo es que el PP y VOX se juegan mucho en que no pase nada. Si los manifestantes pierden el control y el asalto al Congreso se convierte en realidad, el sistema de partidos podría saltar por los aires. La hipótesis que se maneja es que los políticos pierden el control por culpa de los ultras y se abre un escenario en el que los ministerios vuelven a los de 1978, los gestores sustituyen a los políticos y España vuelve a ser para los españoles. Nadie sabe si eso es una amenaza o una promesa.
¿Funciona la vía francesa de la protesta?
La gente está cansadísima de hacer manifestaciones impecables que no sirven para nada. El razonamiento que se repite es que si salen 500.000 personas a la calle y al presidente le da igual, el siguiente paso es que salgan 100.000 a liarla, y que si sigue sin hacer nada, lo siguiente son muertos y heridos. La conclusión es que lo único que funciona es la vía francesa, y que el pueblo tiene el deber de defenderse de los tiranos y de los traidores.
La objeción es igual de contundente: los chalecos amarillos tienen cojones, pero nunca consiguen nada aparte de los palos que se llevan. La vía francesa no ha tumbado gobiernos ni ha cambiado políticas. Solo ha dejado imágenes. Y las imágenes, en la era de la amnistía, se borran con un decreto.
El impacto económico de las protestas en Madrid
Hay un argumento que no es político sino económico: si la idea es cargarse la economía de Madrid, las manifestaciones son lo mejor. El precedente que se cita es la Barcelona de 2019, con cortes de carreteras, aeropuerto y vías de ferrocarril. Aquello, aparte del independentismo, fue la guinda del pastel para el desastre económico de Cataluña. La preocupación por los compradores internacionales de inmuebles y por el chiringuito que se les ha montado alrededor es explícita.
Madrid, según esta lectura, está llena de chusma, mafiosos y delincuentes, con precios de Nueva York y salarios de Turquía. Una ciudad cada vez más infernal. La protesta, en este marco, no es solo un problema de orden público: es un problema de marca. Y la marca Madrid es lo único que Ayuso no puede permitirse perder.
La sombra de la falsa bandera y el papel de los ultras
Una parte del debate sostiene que a los ultras habría que hacerles una buena auditoría, porque huele a falsa bandera. La hipótesis es que alguien está interesado en que las protestas contra la amnistía se asocien con la violencia para deslegitimar el movimiento. La presencia de Alvise y Desokupa en Ferraz, según esta versión, habría sido un intento de montar un pollo al PSOE que se encontró con una protesta enorme en todo el centro de la capital, a la vista de la turistada. Se les ha ido de las manos porque se ha convertido en una protesta anti R78.
La otra lectura es que la violencia será no solo inevitable sino una obligación moral para todo español si la amnistía sigue adelante. Y que esta gente seguramente teme que la reacción también se los lleve a ellos por delante. El problema es que nadie sabe quién es esta gente. Ni a quién representa. Ni cuánto dinero mueve.
Con estos mimbres, lo previsible es que el PP siga intentando desmarcarse de los ultras sin desmarcarse de los manifestantes, y que Ayuso siga siendo el pararrayos de un malestar que no controla. Si la amnistía sigue adelante, la presión sobre la presidenta madrileña no hará sino aumentar. Y si no sigue adelante, alguien tendrá que explicar para qué sirvió todo esto.