Muere Vince Zampella, creador de Call of Duty, en un accidente con su Ferrari
¿Puede un superdeportivo de más de 800 CV ser un ataúd con ruedas en manos de alguien que no es piloto? Vince Zampella, cofundador de Infinity Ward y responsable de sagas como Call of Duty, Titanfall y Apex Legends, murió a los 55 años en un accidente de tráfico en la carretera de Angeles Crest, en California, cuando conducía un Ferrari 296 GTS, un híbrido enchufable, según las informaciones publicadas. En el siniestro también falleció su copiloto. El suceso ocurrió alrededor de las 12:45 p.m., según los datos que se manejan, y la Patrulla de Carreteras de California investiga las causas sin confirmar aún factores como la velocidad, el alcohol o las drogas. La carretera había sido reabierta recientemente tras las reparaciones por los daños de una tormenta.
El impacto mediático fue inmediato: Electronic Arts calificó su influencia de «profunda y de gran alcance», y la industria del videojuego lamentó la pérdida. Su última publicación en X, el 10 de diciembre, promocionaba Battlefield 6 en The Game Awards; desde entonces, su cuenta permaneció en silencio. La noticia, sin embargo, derivó rápidamente hacia un asunto más incómodo: la relación entre potencia, dinero y riesgo en carreteras abiertas.
Qué se sabe del accidente en Angeles Crest
El siniestro se produjo en un tramo que, a la vista de las imágenes, no presenta una dificultad extrema. El coche salía de un túnel y afrontaba una curva a la derecha. Varios análisis coinciden en señalar que el vehículo subviró —la rueda delantera izquierda giraba hacia el interior, lo que empeora la trazada— y que no se aprecian luces de freno. La combinación de polvo en el asfalto, neumáticos de calle y una velocidad elevada explicaría la pérdida de control.
La investigación sigue abierta. No hay confirmación oficial sobre la velocidad exacta, el estado del conductor ni las condiciones del vehículo. Lo que sí se sabe es que el Ferrari 296 GTS es un híbrido enchufable, un dato que sorprendió a más de uno y que desmonta el tópico del deportivo clásico de gasolina. También se ha señalado que el copiloto falleció en el hospital, no en el acto.
El debate sobre la seguridad de los superdeportivos
La discusión derivó hacia una cuestión técnica: ¿son seguros estos coches fuera de un circuito? Hay quien sostiene que los grandes deportivos, por su configuración y materiales, pueden ser más inseguros en impactos laterales o frontales concentrados, y que el riesgo de incendio es mayor. En contra pesa el argumento de que un monocasco de fibra de carbono ofrece una protección superior a la de muchos turismos convencionales, como se ha apuntado comparándolo con otros accidentes sonados.
El consenso, si existe, es que a ciertas velocidades la supervivencia es casi una lotería. La potencia sin control no sirve de nada, resume una de las frases más repetidas. Y el agarre, al final, lo determina el caucho, no el emblema del capó.
La salida del túnel y el error humano
El tramo justo a la salida del túnel es, según varios análisis, especialmente traicionero: los ojos tardan en adaptarse a la luz y la curva llega antes de lo que parece. A eso se suma que el asfalto puede tener polvo o restos, y que los neumáticos de calle no ofrecen el agarre de unos semislicks ya calentados. Frenar antes habría cargado el tren delantero y reducido el subviraje; no hacerlo, con el volante girado, solo empeora la situación.
La conclusión que se repite es incómoda: no hace falta ser un temerario para matarse en una carretera de montaña con un coche de 800 CV. Basta con confundir la confianza que da la máquina con la habilidad real del que la conduce.
El negocio de los coches que matan a sus dueños
Más allá del suceso, el caso abre una reflexión económica: los superdeportivos se venden como objetos de deseo, pero su uso en vía pública es estadísticamente problemático. Los ricos de verdad, no los nuevos ricos, alquilan circuitos para disfrutar de sus caprichos, según se apunta. La carretera abierta no perdona.
El negocio del videojuego, mientras tanto, pierde a una figura clave. Zampella fue el arquitecto de algunas de las franquicias más rentables de la industria, y su muerte deja un hueco difícil de cubrir. La ironía es amarga: el hombre que diseñó mundos virtuales de acción murió en uno real, sin opción de reiniciar.