Muere Hulk Hogan: el ídolo de Telecinco de los 90
El hombre que hizo flexiones contra el pecho de un rival en el ring de la WWF y que llenó las tardes de Telecinco en los años 90 ha muerto. Hulk Hogan, el luchador más reconocible de su generación, falleció por un paro cardíaco, según las informaciones que circularon en el momento de su muerte. La noticia cayó como un golpe bajo en una generación que aprendió a hacer sentadillas y suplex dorsales imitando sus combates en el salón de casa.
La conversación que generó su muerte no se quedó en el homenaje. Enseguida apareció el patrón que acompaña a casi todos los luchadores de su quinta: una vida de esteroides, alcohol y excesos que acaba reventando la patata. «Mucho ha durado, al final a todos estos les peta la patata», resume una de las intervenciones. La esperanza de vida de un luchador profesional es un dato que no necesita estadísticas: basta con mirar cuántos compañeros de cartel han ido cayendo por el mismo camino.
Quién era Hulk Hogan y por qué marcó a una generación
Hogan no fue solo un luchador. Fue el rostro de una industria que convirtió el espectáculo en un producto de masas. En España, su figura llegó a través de las emisiones de la WWF en Telecinco, donde los combates se veían como una mezcla de circo, teatro y deporte. «Míticas wrestlemanias y royal rumbles en Telecinco en los años 90», recuerda una de las voces del debate. Para muchos, fue el primer ídolo de la infancia, antes de que llegaran los superhéroes de dibujos animados o los personajes de videojuegos.
Hay quien sostiene que su fama fue un producto de la maquinaria cultural estadounidense, un ídolo fabricado para exportar. «Fue un referente en su época aunque claro ejemplo de la influencia cultural USA», apunta otro análisis. La crítica no es menor: Hogan encarnaba el ideal del héroe americano, con bandera, músculo y discurso patriotero, un paquete que se vendió igual de bien en Madrid que en Ohio.
El precio físico de una vida en el ring
La muerte de Hogan reabrió el debate sobre las condiciones en las que trabajan los luchadores profesionales. No es un deporte de contacto al uso: es un espectáculo guionizado donde los golpes se fingen, pero el desgaste físico es real. «Llevaba metiéndose mierda pal cuerpo lustros antes del confitamiento», señala una de las intervenciones. Los esteroides, los analgésicos y el alcohol han sido compañeros habituales de muchos de estos profesionales.
El documental «The Resurrection of Jake the Snake» retrata esa realidad sin maquillaje. En él se ve a Jake Roberts, otro mito de la WWF, viviendo en una caravana, alcoholizado y con la condición física destrozada. La anécdota que dejó Roberts en ese documental es reveladora: cuando tienes a 40.000 personas coreando tu nombre, el resto del mundo deja de importar. Esa adicción a la adrenalina y al reconocimiento explica por qué muchos no saben parar a tiempo.
Vacunas, esteroides y el relato de la muerte súbita
Como ocurre con casi cualquier muerte de una figura pública, la conspiración encontró su hueco. Una parte del debate sostiene que la vacuna contra la COVID-19 pudo estar detrás del paro cardíaco. «Otro que tenía la pauta completa», resume una de las intervenciones. Otras voces responden con el argumento contrario: si el fallecido no estaba vacunado, entonces la vacuna no puede ser la causa. La polémica se alimenta de la falta de información oficial detallada sobre las circunstancias médicas.
El problema de ese relato es que ignora el historial médico de Hogan. Los esteroides anabólicos, consumidos durante décadas, tienen efectos secundarios documentados sobre el sistema cardiovascular. «Los esteroides han hecho su trabajo y le han reventado la patata», apunta un análisis que se centra en la evidencia física. La discusión sobre la vacuna se convierte así en una cortina de humo que tapa el verdadero factor de riesgo: una vida entera de química para mantener un cuerpo de dos metros y 130 kilos.
La maldición de los luchadores de los 90
La lista de luchadores de la WWF de los primeros 90 fallecidos es escalofriante. «Puedes buscar videos de obituarios de luchadores y todos acaban en suicidio, sobredosis o ataque cardíaco, pero no uno ni dos, a patadas», señala una de las voces más documentadas del debate. La mortalidad en esa generación es un patrón, no una casualidad. El cuerpo humano no está diseñado para soportar ese nivel de castigo físico y químico durante décadas.
Quedan pocos vivos de esa época. Jake the Snake Roberts y Tugboat, conocido en España como Marinero Tarugo, son algunos de los supervivientes. La muerte de Hogan cierra un capítulo más de una generación que se extingue. «Entre él y el otro día Ozzy a más de uno se le ha muerto media adolescencia», resume una intervención que conecta la pérdida del luchador con la del músico.
Un ídolo con claroscuros
Hogan no fue una figura unánime. Tuvo sus defensores y sus detractores. «Nunca fui del Hulk, lo metieron con calzador, aún así mis dieses, el tipo se pasó el juego», reconoce uno de los mensajes. La crítica se refiere a su papel en la industria: un personaje impuesto por la maquinaria de la WWE, más producto que deportista. Pero incluso sus críticos reconocen que su impacto fue enorme.
En el plano personal, quienes lo trataron lo describen como alguien cercano. Una de las intervenciones relata un encuentro en un festival de cine en 1991, cuando Hogan protagonizó «Suburban Commando». La compañía aérea le había perdido la maleta y el luchador iba con ropa comprada allí, chandals y demás. «Parecía simpático y buena persona», recuerda. La imagen del gigante del ring vestido con ropa de mercadillo es un contrapunto humano a la figura del superhéroe invencible.
¿Qué queda del wrestling en la cultura popular?
La muerte de Hogan plantea una pregunta incómoda: ¿qué queda de aquel fenómeno? El wrestling sigue existiendo, pero ya no ocupa el espacio central que tuvo en los 90. Para muchos, fue un entretenimiento de una época concreta, ligado a la televisión generalista y a una infancia sin internet. «Siempre que viene por España me acerco a verla. Sabiendo lo que es, es un entretenimiento como cualquier otro», explica alguien que sigue yendo a los espectáculos en directo.
La conversación derivó también hacia la nostalgia de otros ídolos. «Mis ídolos eran inmateriales: DBZ, Spiderman», apunta una voz que marca distancia con el culto al músculo. La comparación no es baladí: Hogan representaba un tipo de héroe físico, tangible, que se podía imitar en el patio del colegio. Los ídolos actuales son digitales, inalcanzables de otra manera. Aquel modelo de fama, construido sobre el cuerpo y la presencia, se ha vuelto casi arcaico.
¿Cuántos luchadores de aquella generación tendrán que morir antes de que alguien se pregunte si el precio que pagaron valió la pena?