Monja de clausura a los 30 años

Monja de clausura en el coro de un monasterio italiano, imagen que ilustra la caída de vocaciones religiosas en Europa
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Ana María tiene poco más de 30 años y acaba de decir «sí, para siempre». No a un marido ni a un contrato indefinido, sino a la clausura. Esta joven italiana ha profesado como monja clarisa mientras en su país decenas de monasterios echan el cierre por falta de vocaciones.

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Ana María, monja de clausura a los 30 años: "Tras el final de una relación segarro me puse a reflexionar"​

Esta joven italiana forma parte de las monjas clarisas con solo 30 años mientras muchos conventos italianos tienen que cerrar por falta de vocación religiosa

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A veces le tiemblan las manos. No es miedo, es conciencia. Ana María tiene poco más de 30 años y acaba de decir «sí, para siempre». No a un marido, ni a un trabajo, sino a la vida en un monasterio. Una promesa sin fecha de caducidad, hecha en la época de los contratos por proyectos.

Se ha convertido en monja de clausura mientras a su alrededor las comunidades religiosas femeninas desaparecen una tras otra. En Milán, los conventos se vacían, las monjas hacen las maletas. La suya es una voz a contracorriente. "Las dudas están ahí, pero precisamente por eso me quedo", dice, "porque no creo en certezas blindadas". A los 17 años, tenía otros planes. Un novio, el sueño de casarse joven, de tener una casa llena de niños. "Siempre he tenido una idea muy fuerte de comunidad. De una familia grande y abierta. Pero la relación terminó al cabo de cuatro años y con ella todas las certezas", dice.

Pérdida, dolor, una mochila y el Camino de Santiago. Caminaba, lloraba, pensaba y hacía amigos, sobre todo dos chicas y un fraile. "Todas las noches celebrábamos la Eucaristía. Sentía que no estaba sola", cuenta. Es ahí donde se abre la primera grieta. De las buenas, que dejan pasar la luz. De vuelta a Milán, se licenció en la Universidad Statale, trabajó en la Fundación Don Gnocchi y se dedicó al voluntariado en la cárcel de Bollate.

Tiene algunas anécdotas, pero no muy importantes. "Salía, intentaba volver a enamorarme. Pero siempre faltaba algo. Como un nudo que no se desataba", recuerda. De vez en cuando desaparecía unos días: el monasterio de Santa Chiara, en Gorla, o el de las Clarisas Capuchinas, en Brescia. "Buscaba un espacio donde poder escuchar lo que el ruido tapaba. Un día me dije: deja de pensar demasiado. Déjate amar", asevera. Un año después, cuando entró en el monasterio, Ana Maria dejó así de buscar respuestas con la cabeza.

Mientras tanto, afuera, las cifras hablan por sí solas. Las tres últimas monjas del Sagrado Corazón se han despedido de los feligreses de la iglesia del Santo Rostro en Isola. La congregación está cerrando. "Con tres, no se puede formar una comunidad", suspira la Hermana Angela. Las Clarisas de Gorla han pasado de ser 30 a 15, y las Hijas de San Pablo de Via Paolo Uccello son seis, una cuarta parte de lo que eran antes. Las Misioneras del Pime, en la Villa Triste de Via Masaccio, también han comenzado a alquilar habitaciones a estudiantes. En 2014, en Milán, había 159 comunidades religiosas femeninas activas en educación y asistencia; hoy hay 117, señala la Hermana Antonia Franzini de Usmi. Están cerrando debido a la falta de vocaciones y a que las hermanas han alcanzado el límite de edad.

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Y, sin embargo, Ana María está allí. Acaba de profesar. "No soy un ángel ni soy mejor que nadie. Pero he encontrado un lugar donde me siento plena", dice. Despertando al amanecer, rezando, leyendo, pintando, hablando con los visitantes que necesitan ayuda sin prisas... Ha elegido la meditación y el monasterio, no una misión social. Experimenta alegrías y tristezas en un microcosmos donde "la vida encierra un vacío, un silencio, un espacio para la reflexión". Las relaciones con las nueve Clarisas Capuchinas son, por necesidad, muy estrechas. Algunas son mayores, de hasta 89 años, y dice que le enseñan el valor de la lentitud. ¿Le falta algo? ¿Un marido, descendientes, la vida al aire libre? Sonríe, sin negarlo: "Toda elección implica sacrificios. Pero si estás construyendo algo profundo, las dudas son una oportunidad para fortalecer la confianza y la fe, no para escapar. A veces, para comprender que la vida no se agota en las cosas, hay que quedarse donde se está".

 
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No tengo ni idea si es el pastilla ilegal místico, una especie de placebo de este o algo que les echen en la comida, pero la expresión facial de este tipo de monjitas me transmite una serenidad y una plenitud vital envidiables.

Es que viven muchísimo mejor que nosotros. Seamos realistas: 0 estrés, meditando y rezando todo el dia (aun hace que el poco estrés que pudieran tener desaparezca, claridad y serenidad mental lo llaman), un propósito claro, un horario establecido que te proporciona una sensación de estar centrada.

Y el broche final, formar parte de una comunidad que tiene unos ligamentos muy fuertes a base de horas, dias, semanas y años de estar junto a tus compañeras compartiendo rituales, rezos y un objetivo comun.

Así cualquiera puede sentirse fantabuloso.
Yo misma me lo he cuestionado alguna vez y por razones obvias de lo que soy lo he desechado.

Ahora imagina vivir en una ciudad con estrés y carencia de comunidad como Barcelona.

Ya verias que esa serenidad mística de esa mujer se esfumaria en cuestión de un dia sino horas.

Es como los monjes budistas que se creen mejor que los occidentales. Cualquiera puede ser un experto meditador si no vive en una ciudad colmena como la mayoría de nosotros.
 
Es que viven muchísimo mejor que nosotros. Seamos realistas: 0 estrés, meditando y rezando todo el dia (aun hace que el poco estrés que pudieran tener desaparezca, claridad y serenidad mental lo llaman), un propósito claro, un horario establecido que te proporciona una sensación de estar centrada.

Y el broche final, formar parte de una comunidad que tiene unos ligamentos muy fuertes a base de horas, dias, semanas y años de estar junto a tus compañeras compartiendo rituales, rezos y un objetivo comun.

Así cualquiera puede sentirse fantabuloso.
Yo misma me lo he cuestionado alguna vez y por razones obvias de lo que soy lo he desechado.

Ahora imagina vivir en una ciudad con estrés y carencia de comunidad como Barcelona.

Ya verias que esa serenidad mística de esa mujer se esfumaria en cuestión de un dia sino horas.

Es como los monjes budistas que se creen mejor que los occidentales. Cualquiera puede ser un experto meditador si no vive en una ciudad colmena como la mayoría de nosotros.
Este hilo se ha convertido en un succionador de voluntades para tener vidas monásticas.

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Me alegro mucho por ella, pero no os confundais. La vida de clausura no es un camino de rosas. Está muy bien tener un espacio de silencio y reflexión y el tiempo lleno y bien estructurado. Pero eso mola una semana, un mes, un año. A todo te acostumbras, pero si no hay un verdadero trabajo espiritual (y aún habiendolo), el anhelo del mundo, la necesidad de escapar de la rutina y la sensación de soledad tiene que ser brutal.
 

​

Resumen​


una persona permanentemente enfadada no necesariamente tiene la ira como emoción primaria. En algunos casos la ira funciona como una defensa frente a sentimientos más desagradables: miedo, vergüenza, impotencia o inferioridad.

Si una persona tiene una autoestima muy dependiente de la comparación con los demás, puede vivir permanentemente en una especie de competición.

El éxito ajeno deja de ser simplemente el éxito ajeno y se convierte en una amenaza para su propio valor.

Eso puede producir un cóctel bastante desagradable:

inseguridad → comparación → sensación de inferioridad → envidia → resentimiento → ira.

Y entonces parece que ansiedad, envidia e ira son tres características independientes, cuando en realidad pueden estar conectadas por un mismo mecanismo.
Dos personas pueden recibir exactamente la misma crítica:

  • una la procesa como información;
  • otra la vive como una amenaza;
  • otra se siente humillada;
  • otra se enfada;
  • otra se angustia;
  • otra ni siquiera le presta atención.
La diferencia está parcialmente en cómo viene "configurado" su temperamento, pero en humanos interviene además la interpretación consciente de lo que sucede.

alta reactividad emocional + ansiedad elevada + tendencia a la irritabilidad + comparación social/envidia.

En términos de psicología de la personalidad, podría corresponder parcialmente a un neuroticismo elevado (mayor tendencia a experimentar ansiedad, preocupación, frustración y emociones negativas).

Un perro puede mostrar desde muy pronto un determinado temperamento: uno puede ser extremadamente reactivo, territorial y vigilante, mientras otro es sociable, tranquilo y adaptable.

En humanos ocurre algo parecido. Dos niños criados en la misma familia pueden ser radicalmente diferentes: uno extremadamente sensible y preocupado y otro despreocupado y resistente al estrés.

La diferencia es que en los humanos tenemos además una enorme capacidad de aprendizaje, interpretación y autocontrol.

Un perro territorial puede reaccionar ante otro perro porque percibe una amenaza. Una persona puede sentir exactamente el mismo impulso de amenaza, pero además puede pensar:

(mensaje citado en revisión)
Ahí aparecen pensamientos, interpretaciones, recuerdos, creencias y aprendizaje social que complican muchísimo el asunto.


El artículo presenta las ideas de Peter Jones, historiador especializado en la Edad Media, a partir de su libro Autoayuda medieval. La tesis central es que muchos de los problemas psicológicos que consideramos propios del mundo moderno ya eran reconocidos hace siglos, aunque se describieran con un lenguaje religioso.

cuando Jones habla de los "siete pecados", su idea interesante no es que unas personas sean "buenas" y otras "malas", sino que cada persona puede tener determinados impulsos especialmente fuertes y que la cuestión es qué hace con ellos.

Jones llegó a estudiar este tema después de sufrir un episodio de profunda tristeza y aislamiento mientras trabajaba en Siberia. Al investigar cómo se afrontaban estados similares en la Edad Media, descubrió una auténtica tradición de introspección y reflexión sobre la mente humana.

Los siete pecados capitales desempeñaban un papel fundamental. Más que simples prohibiciones religiosas, funcionaban como una especie de mapa psicológico: permitían identificar y clasificar impulsos como la ira, la envidia, la gula, la lujuria o la pereza. Jones propone entenderlos hoy como impulsos humanos, no necesariamente como "pecados".

El artículo también establece paralelismos entre algunas prácticas medievales y las actuales:

  • La confesión podía cumplir ciertas funciones parecidas a las de una terapia: hablar en privado con alguien, expresar lo que preocupa y buscar orientación.
  • La oración puede compararse, salvando las distancias, con prácticas actuales como la meditación, el yoga o incluso determinadas formas de reflexión personal.
  • El ayuno tiene un equivalente moderno en determinadas prácticas de control de la alimentación asociadas al bienestar.
  • La búsqueda de un sacerdote comprensivo recuerda, según Jones, a buscar un terapeuta con el que uno encaje.
La conclusión de Jones es bastante actual: no podemos eliminar por completo nuestros impulsos negativos. Ni el ayuno elimina la gula ni la meditación hace desaparecer los pensamientos sensual o la ira. La clave estaría en reconocer esos impulsos, no castigarnos por tenerlos y aprender a reconducirlos.

Finalmente, Jones cree que algunos de los "pecados" predominantes en la sociedad actual son la soberbia, la envidia y la ira. La soberbia se manifiesta en la obsesión por ser autosuficientes y no necesitar a nadie, mientras que las redes sociales potencian la envidia y, especialmente, la ira y la necesidad de tener siempre razón.

En una frase​

El artículo sostiene que la Edad Media no fue tan ajena a nuestros problemas mentales como pensamos: hace mil años ya se reflexionaba profundamente sobre la ansiedad, la depresión, el aislamiento, la ira y nuestros impulsos, y algunas de las respuestas propuestas —aceptarnos, hablar con otros y aprender a gestionar esos impulsos— siguen siendo sorprendentemente actuales.
 

Ana María, monja de clausura a los 30 años: "Tras el final de una relación segarro me puse a reflexionar"​

Esta joven italiana forma parte de las monjas clarisas con solo 30 años mientras muchos conventos italianos tienen que cerrar por falta de vocación religiosa

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A veces le tiemblan las manos. No es miedo, es conciencia. Ana María tiene poco más de 30 años y acaba de decir «sí, para siempre». No a un marido, ni a un trabajo, sino a la vida en un monasterio. Una promesa sin fecha de caducidad, hecha en la época de los contratos por proyectos.

Se ha convertido en monja de clausura mientras a su alrededor las comunidades religiosas femeninas desaparecen una tras otra. En Milán, los conventos se vacían, las monjas hacen las maletas. La suya es una voz a contracorriente. "Las dudas están ahí, pero precisamente por eso me quedo", dice, "porque no creo en certezas blindadas". A los 17 años, tenía otros planes. Un novio, el sueño de casarse joven, de tener una casa llena de niños. "Siempre he tenido una idea muy fuerte de comunidad. De una familia grande y abierta. Pero la relación terminó al cabo de cuatro años y con ella todas las certezas", dice.

Pérdida, dolor, una mochila y el Camino de Santiago. Caminaba, lloraba, pensaba y hacía amigos, sobre todo dos chicas y un fraile. "Todas las noches celebrábamos la Eucaristía. Sentía que no estaba sola", cuenta. Es ahí donde se abre la primera grieta. De las buenas, que dejan pasar la luz. De vuelta a Milán, se licenció en la Universidad Statale, trabajó en la Fundación Don Gnocchi y se dedicó al voluntariado en la cárcel de Bollate.

Tiene algunas anécdotas, pero no muy importantes. "Salía, intentaba volver a enamorarme. Pero siempre faltaba algo. Como un nudo que no se desataba", recuerda. De vez en cuando desaparecía unos días: el monasterio de Santa Chiara, en Gorla, o el de las Clarisas Capuchinas, en Brescia. "Buscaba un espacio donde poder escuchar lo que el ruido tapaba. Un día me dije: deja de pensar demasiado. Déjate amar", asevera. Un año después, cuando entró en el monasterio, Ana Maria dejó así de buscar respuestas con la cabeza.

Mientras tanto, afuera, las cifras hablan por sí solas. Las tres últimas monjas del Sagrado Corazón se han despedido de los feligreses de la iglesia del Santo Rostro en Isola. La congregación está cerrando. "Con tres, no se puede formar una comunidad", suspira la Hermana Angela. Las Clarisas de Gorla han pasado de ser 30 a 15, y las Hijas de San Pablo de Via Paolo Uccello son seis, una cuarta parte de lo que eran antes. Las Misioneras del Pime, en la Villa Triste de Via Masaccio, también han comenzado a alquilar habitaciones a estudiantes. En 2014, en Milán, había 159 comunidades religiosas femeninas activas en educación y asistencia; hoy hay 117, señala la Hermana Antonia Franzini de Usmi. Están cerrando debido a la falta de vocaciones y a que las hermanas han alcanzado el límite de edad.

Más en El Mundo
Y, sin embargo, Ana María está allí. Acaba de profesar. "No soy un ángel ni soy mejor que nadie. Pero he encontrado un lugar donde me siento plena", dice. Despertando al amanecer, rezando, leyendo, pintando, hablando con los visitantes que necesitan ayuda sin prisas... Ha elegido la meditación y el monasterio, no una misión social. Experimenta alegrías y tristezas en un microcosmos donde "la vida encierra un vacío, un silencio, un espacio para la reflexión". Las relaciones con las nueve Clarisas Capuchinas son, por necesidad, muy estrechas. Algunas son mayores, de hasta 89 años, y dice que le enseñan el valor de la lentitud. ¿Le falta algo? ¿Un marido, descendientes, la vida al aire libre? Sonríe, sin negarlo: "Toda elección implica sacrificios. Pero si estás construyendo algo profundo, las dudas son una oportunidad para fortalecer la confianza y la fe, no para escapar. A veces, para comprender que la vida no se agota en las cosas, hay que quedarse donde se está".

Mucha clausura pero bien que le gusta que la entrevisten. 😀
 

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Es que viven muchísimo mejor que nosotros. Seamos realistas: 0 estrés, meditando y rezando todo el dia (aun hace que el poco estrés que pudieran tener desaparezca, claridad y serenidad mental lo llaman), un propósito claro, un horario establecido que te proporciona una sensación de estar centrada.

Y el broche final, formar parte de una comunidad que tiene unos ligamentos muy fuertes a base de horas, dias, semanas y años de estar junto a tus compañeras compartiendo rituales, rezos y un objetivo comun.

Así cualquiera puede sentirse fantabuloso.
Yo misma me lo he cuestionado alguna vez y por razones obvias de lo que soy lo he desechado.

Ahora imagina vivir en una ciudad con estrés y carencia de comunidad como Barcelona.

Ya verias que esa serenidad mística de esa mujer se esfumaria en cuestión de un dia sino horas.

Es como los monjes budistas que se creen mejor que los occidentales. Cualquiera puede ser un experto meditador si no vive en una ciudad colmena como la mayoría de nosotros.

El tiempo de huir de las ciudades ya ha empezado ... desde hace tiempo.

Quienes no lo hagan, se arrepentirán ... y mucho.
 
O sea, que con 17 tuvo una relación que duró 4 años. A los 21 se rindió? Tiró la toalla de la vida y a los 30 la arrojó definitivamente a un contenedor.

"el sueño de casarse joven, de tener una casa llena de niños"

Claro, claro. Y a los 21 dice que se acabó. Y a los 30 dejó esos sueños porque se veía mayor o qué? Quería casarse y tener niños con menos de 20 ?
 
O sea, que con 17 tuvo una relación que duró 4 años. A los 21 se rindió? Tiró la toalla de la vida y a los 30 la arrojó definitivamente a un contenedor.

"el sueño de casarse joven, de tener una casa llena de niños"

Claro, claro. Y a los 21 dice que se acabó. Y a los 30 dejó esos sueños porque se veía mayor o qué? Quería casarse y tener niños con menos de 20 ?


Explica eso @burbubot
 

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