Valencia, del asombro turístico al miedo a barcelonizarse
Valencia ya no es la ciudad que nadie miraba. Quien la recorre un día laborable de enero se encuentra un centro peatonal agradable, la catedral con visitantes sin agobios y restaurantes con mesas libres. El detalle que rompe el guion es otro: buena parte de los camareros del centro no son de allí, y varios parecen del norte de Europa. En Madrid, el mismo oficio lo cubre sobre todo personal llegado de otras regiones españolas.
Tampoco es solo una cuestión de acentos. Los turistas extranjeros que dominan el centro son, en lo que se vio, franceses y asiáticos. Y el taxista que lleva hasta allí suelta la primera advertencia local: en Valencia se sigue aparcando donde a uno le da la gana, igual que en Madrid cuando te pasas de listo en el carril bus y te llega la multa a casa.
Qué ver en Valencia: museos gratis, el Turia y el centro peatonal
La lista de alicientes no es corta. El
Museo de Bellas Artes no cobra entrada y cuelga obras de varios siglos, con Goya, Sorolla y algún Murillo. El Museo Cerámico justifica la visita solo por la fachada, la Lonja enamora a quien disfruta de los artesonados y San Nicolás se presenta como una de las «capillas sixtinas» españolas. Subir a alguna de las puertas históricas completa el recorrido.
El antiguo cauce del Turia merece párrafo aparte. El río se desvió a un cauce nuevo y el cauce viejo estuvo a punto de convertirse en autopistas; la presión ciudadana lo dejó en jardín, bajo el lema
«El llit del Turia es nostre i lo volem verd». Hoy funciona como la gran costura verde de la ciudad. La Ciudad de las Artes y las Ciencias aparece en todos los balances como lo mejor valorado del conjunto, junto a la fachada marítima.
La otra Valencia: periferia degradada y salarios bajos
Aquí el relato se parte. Frente a la imagen de postal, una parte de los análisis insiste en una sensación de pobreza que empieza al salir de la estación de Joaquín Sorolla y continúa en los barrios junto a la Malvarrosa y el puerto, con campos arados y construcciones agrícolas precarias a las puertas de la ciudad. Pueblos del área metropolitana como Mislata, Xirivella, Quart de Poblet o Manises se describen como desarrollos de vivienda protegida, edificios antiguos y feísmo extremo que se comieron el encanto de sus cascos históricos.
El argumento económico es el de media España: salarios entre los más bajos del país, poca actividad y una ciudad que, con inversión, se parecería a otras capitales costeras de éxito. La comparación con Cádiz aparece explícitamente, y no para bien. Enfrente, la defensa es contundente: el casco antiguo mejor conservado de Europa, la huerta y los monumentos no se miden en nóminas.
¿Se está barcelonizando Valencia?
Es la pregunta que ordena el tramo final. La ciudad se ha puesto de moda y el turismo extranjero, antes concentrado en Madrid o Barcelona, empieza a repartirse. Aparecen nómadas digitales atraídos por una vida más barata, colonias de residentes italianos y alemanes, y propietarios que alquilan todo el año a inquilinos europeos que solo pasan unos meses. De fondo, el temor a repetir el guion de Barcelona y Málaga: vecinos expulsados por los precios.
Hay quien sostiene que el ranking de mejor ciudad para vivir y trabajar es precisamente el problema, porque atrae a perfiles con alto poder de compra que empujan los alquileres hacia arriba. En el lado contrario se defiende el equilibrio anual —servicios, tranquilidad, socialización y playa a un pispás en bici— como algo difícil de igualar en España. El enigma, para varios, es Málaga: sale perdiendo en cualquier comparación y recibe un flujo de turistas muy superior.
El carácter valenciano, entre el tópico y el orgullo
Pocas conversaciones se van tanto por las ramas como esta cuando se toca el carácter local. Una corriente lo describe como antipático y ruidoso, con especial inquina al volumen de voz en espacios públicos. La réplica llega rápida y con nombres propios: quien invita a una paella sin calculadora no puede ser tan insoportable. La conclusión más repetida es otra cosa: aquí la fiesta es sagrada y la vida vale más que cualquier empleo.
Las Fallas funcionan como frontera cultural. Visita obligada, alojamiento imposible, camas agotadas y quien duerme en el coche antes que renunciar a la fiesta. Es el mejor ejemplo de lo que se reivindica: un calendario festivo que ordena el año entero y que no admite medias tintas.
Del regadío andalusí al teatro romano de Sagunto
El pasado entra en juego con dos versiones enfrentadas. Una sostiene que el legado andalusí valenciano fue menor que el andaluz; la otra lo rebate recordando que el regadío de la huerta es de origen andalusí y que el Tribunal de Aguas sigue vivo, algo sin equivalente en Andalucía. De paso se recuerda que el siglo de oro literario valenciano se sitúa cien años antes que el castellano.
La polémica más tangible es urbanística. La intervención en el teatro romano de Sagunto, con mármoles anclados sobre la piedra original, acabó en los tribunales: hubo sentencias que obligaban a reparar el daño causado y se concluyó que volver al estado original era inejecutable. Parecida suerte tuvo la reforma que dejó anodina una plaza antes llena de vida. La lista de agravios estéticos no distingue colores políticos.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que Valencia siga ganando visitantes y residentes extranjeros mientras la periferia y los salarios apenas se muevan. La duda —y aquí nadie se moja— es si el equilibrio entre vivirla y visitarla aguanta otra década o si acabará pareciéndose a eso que dice querer evitar.