Huerta de Soto, el gurú anarcocapitalista de Milei que cobra del Estado
Hay una escena que resume el asunto: un catedrático de Economía Política en la Universidad Rey Juan Carlos, con un patrimonio neto que sus críticos cifran en 160 millones de euros y diez hijos, da clase en una universidad pública mientras defiende que el Estado es innecesario. Se llama Jesús Huerta de Soto, es la referencia intelectual que, según un mensaje del debate, el entorno de Javier Milei señala como inspirador del giro libertario del presidente argentino, y su figura ha desatado una discusión que va mucho más allá de lo académico. La paradoja no es menor: el hombre que teoriza sobre la abolición del Estado cobra de él. Y no precisamente poco, aunque el sueldo de catedrático sea calderilla comparado con su fortuna personal, según quienes defienden que esta es anterior a su carrera académica.
¿Quién es Huerta de Soto y por qué se le llama el gurú de Milei?
Huerta de Soto es catedrático de Economía Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y uno de los principales exponentes de la Escuela Austriaca de Economía en España. Su nombre saltó a la conversación pública cuando se le vinculó directamente con la formación ideológica de Javier Milei, presidente de
Argentina. Según el relato que circula en el debate, fue él quien le enseñó «todo» al mandatario argentino, una afirmación que algunos matizan y otros directamente ridiculizan. Lo cierto es que la etiqueta de «anarcocapitalista» que se le cuelga a Milei no es un invento de sus críticos: él mismo se ha reivindicado como tal en múltiples ocasiones, y la doctrina que lo sustenta tiene nombres y apellidos.
El anarcocapitalismo, para quien no haya pasado por la facultad de Económicas, propone que el Estado desaparezca por completo y que todos sus servicios —seguridad, justicia, infraestructuras— sean prestados por actores privados. Es una corriente que bebe de autores como Murray Rothbard y que en España tiene en Huerta de Soto a su principal embajador académico. Que un catedrático de una universidad pública defienda esto no es una contradicción menor, y ahí es donde el debate se calienta.
La paradoja del funcionario que quiere abolir el Estado
El argumento más repetido es el de la incoherencia: si el Estado es tan malo, ¿por qué aceptas su nómina? Huerta de Soto es funcionario, cobra de una universidad pública y, según los datos que manejan sus críticos, tiene un patrimonio personal que ronda los 160 millones de euros. La defensa que se hace de él es doble. Primero, que su fortuna es anterior a su carrera académica y proviene de negocios familiares, no del sueldo público. Segundo, que su vocación es enseñar y que podría ganar mucho más dedicándose a gestionar su patrimonio que dando clases.
«Tiene 10 HIJOS Y UN BENTLEY», se lee en uno de los mensajes que mejor resume la estupefacción. La cifra no es un dato menor: mantener diez hijos y un coche de alta gama requiere un patrimonio que un sueldo de catedrático no cubre ni de lejos. Quienes defienden al profesor sostienen que está regalando su tiempo a una fracción de lo que valdría en el mercado. Quienes lo critican ven en él un ejemplo más de esa figura que tanto abunda: el liberal que odia al Estado pero chupa de él.
Anarquista, anarcocapitalista o simplemente liberal: el lío de las etiquetas
La discusión sobre las etiquetas es, probablemente, la más enconada. Llamar «anarquista» a Milei o a Huerta de Soto provoca reacciones que van de la carcajada al insulto. «Si Milei es anarquista, yo soy de Burundi», resume uno de los mensajes. El argumento de fondo es que el anarquismo clásico, el de Bakunin y Kropotkin, es una doctrina de izquierdas que aspira a abolir toda forma de jerarquía, incluida la del mercado. El anarcocapitalismo, en cambio, aboga por la desaparición del Estado pero no por la abolición de la propiedad privada ni de las jerarquías económicas. De hecho, algunos ven en él una forma extrema de liberalismo que acabaría entregando el poder a las grandes corporaciones.
«Un anarcocapitalista se parece a un anarquista lo mismo que un socialista a un nacionalsocialista», sentencia otro mensaje. La comparación es exagerada, pero ilustra el grado de confusión terminológica que rodea al asunto. Lo que sí parece claro es que el término «anarquista» aplicado a Milei funciona más como provocación que como descripción rigurosa. Y que la confusión no es inocente: sirve para desacreditar al adversario político colgándole una etiqueta que suena a caos.
La conexión con Dios y el argumento teológico que nadie esperaba
Uno de los giros más curiosos del debate tiene que ver con la religión. Según se argumenta, la base filosófica de Huerta de Soto no es solo económica, sino también teológica: el Estado no puede sustituir a Dios. La idea, que enlaza con la crítica de Bakunin a la autoridad divina, sostiene que tanto Dios como el Estado funcionan como jefes supremos que dictan cómo vivir. Quitar a Dios para poner al Estado no resuelve el problema de la libertad, solo cambia de amo.
Es un argumento que desconcierta a propios y extraños. «¿O sea que para un anarquista Dios es insustituible?», pregunta con sorna uno de los mensajes. La paradoja es real: un anarcocapitalista que defiende la autoridad divina mientras rechaza la estatal. Para algunos, esto demuestra que el anarcocapitalismo no es anarquismo en absoluto, sino una forma de conservadurismo con lenguaje libertario. Para otros, simplemente refleja la influencia del pensamiento cristiano en la Escuela Austriaca, que no es poca.
El negocio de las aseguradoras y el modelo que nadie se cree
Hay una crítica que va más allá de la coherencia personal y entra en el modelo económico. Según un mensaje del debate, Huerta de Soto es propietario de una aseguradora, y el anarcocapitalismo propone precisamente que las aseguradoras sustituyan al Estado en la provisión de servicios. La sospecha es evidente: ¿defiende un modelo que le beneficia directamente? «La verdadera crítica no es que sea funcionario, sino que es dueño de una aseguradora y defiende un modelo en el que las aseguradoras reemplazan al Estado», señala ese mensaje.
El problema, según los escépticos, es que ese modelo es inviable en la práctica. Los Estados obligan por ley a tener seguros en multitud de circunstancias, lo que crea una simbiosis entre aseguradoras y regulación que contradice la supuesta libertad de mercado. En un escenario sin Estado, ¿quién garantizaría el cumplimiento de los contratos? ¿Quién protegería a los más débiles? Las respuestas que ofrece el anarcocapitalismo suenan, para muchos, a ciencia ficción.
Milei, Argentina y el experimento que nadie sabe cómo acabará
El caso de Milei añade una capa de complejidad. Un presidente que se reivindica anarcocapitalista y que, al mismo tiempo, gobierna un Estado que dice querer destruir. La contradicción es tan grande que algunos la ven como una estrategia: destruir el Estado desde dentro. Otros, como una simple impostura. «Milei trabaja para Israel», llega a decirse en el debate, mezclando el análisis económico con teorías conspirativas que no ayudan precisamente a aclarar nada.
Lo que sí parece indiscutible es que el experimento argentino está en marcha y que sus resultados, buenos o malos, tendrán consecuencias para el resto del mundo. Si funciona, el anarcocapitalismo dejará de ser una utopía de seminario para convertirse en una alternativa real. Si fracasa, sus críticos tendrán un argumento difícil de rebatir. Mientras tanto, la discusión sobre si Milei es anarquista, liberal o simplemente un provocador seguirá dando de comer a tertulianos y profesores.
Al final, la pregunta que queda flotando no es si Huerta de Soto es un hipócrita por cobrar del Estado mientras lo critica. Esa discusión es vieja y probablemente estéril. La pregunta interesante es por qué un modelo que propone abolir el Estado tiene tanto predicamento entre quienes, precisamente, viven de él. Y la respuesta, como casi siempre, tiene menos que ver con la ideología que con los incentivos.