Los diez puntos de Milei en Davos, diseccionados aula por aula
En un aula universitaria, frente a la cámara y sin pizarra de por medio, un catedrático de economía desmenuza en seis minutos el discurso que Javier Milei pronunció en el Foro de Davos. La primera parte sirve para enumerar las tesis del presidente argentino; el resto, para soltar «hechos a punta pala». La sesión, grabada y difundida, se ha convertido en un documento de referencia del ideario liberal en español y en el origen de una discusión que no se ha detenido:
más de 100 millones de muertos atribuidos al socialismo, una ciencia económica que a su juicio debería llamarse española y no austríaca, y un repaso sin piedad a Adam Smith.
Los diez puntos con los que Milei resumió su credo en Davos
El desglose empieza por lo esencial. La humanidad ha vivido
200 años de prosperidad sin límites, y esa prosperidad sería resultado de la libertad individual, el respeto a la propiedad privada y el sistema capitalista. Sobre esa base se encadenan las tesis: el socialismo empobrece y ha arruinado todos los lugares donde se ha aplicado; además de inmoral, se ha llevado por delante a más de 100 millones de personas.
Argentina funciona como ejemplo recurrente. Tras adoptar una constitución liberal se convirtió en uno de los países más ricos del mundo; después, con políticas socialistas, se arruinó. La conclusión es que
Occidente está en peligro por haber traicionado los principios de mercado sobre los que se construyó su prosperidad. Milei redefine entonces el socialismo como
estatismo, es decir, todo sistema de agresión institucional al ejercicio de la libertad humana, y sostiene que, ante el éxito del capitalismo, busca nuevas víctimas para la batalla cultural: feminismo, igualitarismo y ecología, entre otras.
La lista de sospechosos se amplía sin complejos: comunistas, fascistas, socialdemócratas y demócratas cristianos quedarían infectados de estatismo. El conferenciante añade a los neoliberales americanos y al Partido Republicano. El discurso se cierra con un canto a la libertad y a la función empresarial.
Adam Smith como «tibio» y el monopolio de IBM como prueba
A partir de ahí, la sesión cambia de marcha. Adam Smith queda retratado como un
tibio socialdemócrata nefasto para la ciencia económica: abandonó la teoría subjetiva del valor, adoptó una teoría objetiva que luego serviría de fundamento al marxismo y concibió el mercado como una búsqueda de equilibrio estático. Si eso es un defensor del liberalismo, viene a decir, que baje Dios y lo vea.
El resto de sentencias cae en cascada.
Juan Domingo Perón aparece como principal responsable de la ruina argentina por haber aplicado allí el modelo estatista de Mussolini. Los monopolios no son necesariamente malos: lo relevante es si el vendedor único se ha quedado solo satisfaciendo mejor al mercado o si lo ha hecho con un privilegio estatal, y si no, que le pregunten a IBM. Los enemigos de la libertad se comportan, según esta lectura, como comadrejas que se comen el huevo por dentro dejando la cáscara intacta: la democracia se corrompe en democracia popular, la justicia en justicia social, el Estado de derecho en Estado social.
Hay, en su versión, dos conceptos de libertad: el correcto, ausencia de coacción, y el prostituido, el derecho a hacer lo que uno quiera, que legitimaría usar el poder coactivo del Estado para traer el paraíso. Y una imposibilidad de fondo: organizar la economía desde arriba fracasa siempre porque ningún órgano director puede procesar la información que generan
8.000 millones de seres humanos; la tecnología no lo resuelve, multiplica el volumen.
La factura que ya paga Argentina
El auditorio de esa lección es económico, pero el pulso es argentino. Los precios de los supermercados del país se han acercado a los de España con la
inflación interanual más alta del mundo. A dos meses de la asunción, la queja recurrente es que todo cuesta el doble, y el gobierno ha anunciado subidas de la luz de entre el
65% y el 150% para abril, además de encarecer la garrafa de gas. En paralelo, la devaluación del peso superó el 50% frente al dólar, lo que para unos es la constatación de un ajuste inevitable y para otros el origen directo del golpe al bolsillo.
¿Cuánto expolia el Estado: el 58% o el 65-70%?
Uno de los pasajes que más tinta ha hecho correr es fiscal. La cifra que se atribuye al análisis de la sesión es que el Estado incauta el
58% de la renta real (siete doceavos). Frente a ella, otra corriente eleva el expolio al
65-70%, y recuerda que el chiringuito de compra de votos lo pagan los trabajadores, a los que se les extrae en impuestos todo lo que ganan hasta julio. La discrepancia, más que numérica, es de calibre: si el punto de partida ya es más alto, cualquier discurso sobre recortes queda descolocado.
La contra: la URSS, el índice Gini y un capitalismo que solo concentra
No todo el mundo firma. Frente al relato liberal se levanta una tesis incómoda: el capitalismo ya no produciría riqueza, solo la concentraría, porque los capitales dejaron de emprender a principios de los noventa para pasarse a la especulación, más rentable y segura. La prosperidad, en esta lectura, vendría del avance tecnológico y no de ninguna política económica concreta.
La comparación con el bloque soviético tampoco es pacífica. Se recuerda que la democracia liberal tardó más de doscientos años en estabilizarse y generó millones de muertos en el intento, y se defiende que la autocracia zarista hizo demasiado poco y demasiado tarde. La réplica es contundente: cuando se celebró la revolución de octubre ya no gobernaba el zar y habían tenido lugar unas elecciones libres en un proceso constituyente. Otros apuntan al
índice Gini como termómetro engañoso, capaz de dibujar un reparto más igualitario en Venezuela, Cuba o Corea del Norte que en España.
La discusión deriva hacia preguntas mayores: si la economía puede crecer indefinidamente, si la libertad se puede comprar o vender y qué ocurriría si las máquinas se volvieran también liberales. Nadie cierra el círculo.
El punto de fricción que no se resuelve
Queda una grieta que recorre todo el asunto. Una parte sostiene que lo que ha sacado a la gente de la pobreza es la libertad, no las medidas, y que el mercado es una serie de necesidades subjetivas imposibles de planificar. Otra responde que una economía perfectamente liberal es como el comunismo: una utopía moderna que nunca se ha dado. Entre ambas, un dato que descoloca: el mismo análisis que atribuye al Estado el robo del 58% de la renta admite, en boca de otros, que la cifra real es aún peor. Si el diagnóstico ya es incompleto, la receta se discute sola.