Milei negocia 30.000 millones con Trump, según un mensaje del foro
La paradoja tiene número: 30.000 millones de dólares más. Eso es lo que, según un mensaje que abre este asunto, Javier Milei negocia con Donald Trump, y que elevaría el endeudamiento argentino por encima de los 50.000 millones en apenas 19 meses de gestión. Según ese mismo mensaje, el riesgo país supera los 1.500 puntos, el dólar cotiza por encima de la banda, en 1.515, y no hay ni un indicador positivo. La cifra, sin embargo, no es lo más llamativo. Lo llamativo es quién la firma: un presidente que en 2023 escribió que «un gobierno que endeuda jamás podrá ser liberal».
Qué dice el acuerdo con Estados Unidos
El encuentro se produjo en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de la ONU, y duró unos 20 minutos. El eje: un préstamo millonario del Tesoro estadounidense que permitiría a Argentina afrontar vencimientos de deuda en los próximos 15 meses y, a la vez, reforzar las reservas del Banco Central. El Gobierno adelantó que la fórmula combina swap, compra de dólares en el mercado y fortalecimiento de reservas.
El argumento oficial es que el respaldo de Trump y del FMI ayudará a descomprimir la crisis política y a rebajar las dudas de los mercados, que se agudizaron tras la derrota electoral del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires. La pregunta que sobrevuela el asunto es la de siempre: si el préstamo se destina a pagar vencimientos, ¿qué se financia realmente? Deuda para pagar deuda, resumía el planteamiento inicial.
El swap no es deuda nueva: la discusión técnica
Ahí está el matiz que separa a los que saben de los que opinan. Un swap de divisas no es, técnicamente, deuda nueva: es un intercambio de monedas entre bancos centrales con compromiso de reversión. Pero el compromiso existe, y hay que devolverlo. La respuesta más repetida en el análisis es simple: «¿hay que devolver ese dinero? Pues ya tienes tu respuesta». Las deudas variables también son deudas, da igual cómo se disfracen.
La otra objeción es de caja: si el objetivo es sostener el tipo de cambio, los dólares que entren se quemarán en el mercado. Y los que se quemen habrá que reponerlos después. El peso argentino, mientras tanto, sigue siendo lo que era: una moneda que no vale lo que dice el tipo de cambio oficial.
La contradicción liberal: deuda para no nacer
El mensaje más reproducido del asunto es un tuit del propio Milei: «La deuda pública es inmoral. Implica que la fiesta de gasto público sea financiado por generaciones que no sólo no han votado sino que no han nacido». El remate es la frase que hoy se cita contra él: «un gobierno que endeuda jamás podrá ser liberal».
La defensa de quienes respaldan al Gobierno es que el contexto no es el mismo. Argentina no está sancionada ni bloqueada por Washington, y el respaldo llega desde el Tesoro, no desde un fondo buitre. El préstamo, sostienen, es político antes que económico: se trata de contar con un aliado frente a la influencia china en Latinoamérica. Es la tesis que apunta el análisis de que el rescate es «extraordinario en naturaleza y cuantía».
El coste social y el calendario electoral
Aquí el asunto se parte en dos. Un bloque sostiene que el ajuste macro ya muestra resultados: crecimiento del PIB, caída de la inflación, superávit fiscal y empleo al alza. Otro responde que cuatro años no arreglan sesenta de desastre, y que la microeconomía deja «muchos cadáveres» con coste político. La conclusión más repetida: quien crea que se sale del ciclo de endeudamiento masivo sin coste político, social y económico, se engaña.
El detalle que descoloca es el calendario. El préstamo cubre 15 meses de vencimientos. Las elecciones, no. Y el Gobierno apuesta a que el respaldo externo descomprima antes de que el electorado pase factura.
La comparación que incomoda
España no está para dar lecciones. La deuda pública española ronda los dos billones de euros y solo en intereses se pagan alrededor de 40.000 millones al año. La comparación aparece una y otra vez: si el endeudamiento argentino preocupa, el europeo debería preocupar igual o más. La diferencia es de acreedor y de moneda, no de dirección.
¿Aguanta un país 19 meses de récord absoluto sin que el ajuste pase factura en las urnas? La respuesta, a la fecha de esta discusión, sigue abierta.