El BCE aplaza la desinflación y el ahorro paga la factura, según el debate
El Banco Central Europeo ha dejado de fingir. Las actas de su última reunión de política monetaria reconocen que recuperar la estabilidad de precios antes de 2025 «deprimiría la actividad económica a un nivel innecesario», en palabras del propio documento. Traducido al idioma del supermercado: el objetivo del 2% se queda sin fecha, el crédito se encarece y, según sostienen varios participantes, quien tiene dinero guardado asume el coste de un ajuste que nadie ha repartido. La institución espera que 2024 sea el año de la desinflación, con los precios ralentizándose hasta el 3%. Sigue siendo un punto por encima del mandato.
¿Qué dicen las actas del BCE sobre la inflación?
El banco central mantiene el mandato del 2% pero admite que no lo perseguirá a cualquier precio. Según las actas, forzar la vuelta a la estabilidad de precios antes de 2025 tendría un coste de actividad que la institución considera innecesario, y algunos miembros del consejo alertaron de que el impacto del endurecimiento ya aplicado sobre el PIB todavía está por llegar y se materializará a lo largo del próximo año.
Ahí está la contradicción que sostiene toda la discusión. Si los tipos altos no atacan la causa del problema —el coste de la energía, las materias primas y la producción agrícola—, entonces, para quienes defienden esta tesis, el endurecimiento monetario solo funciona por la vía del empobrecimiento: encarece el crédito, frena el consumo y deja que el ajuste lo hagan los balances de las familias. La factura no se reparte. Se traslada.
Por qué el ahorrador sale perdiendo con los tipos altos
Los bancos no remuneran el pasivo. Las subidas del precio oficial del dinero se trasladan al crédito en semanas y a los depósitos, cuando se trasladan, con cuentagotas y siempre por debajo. Con la comida y el carburante disparados, el resultado, para esta línea de opinión, es una pérdida neta de poder adquisitivo que ninguna cuenta remunerada compensa.
Hay quien sostiene, en cambio, que el perjudicado real no es el ahorrador sino el que vive al día y no tiene colchón. El argumento tiene su lógica: sin
ahorro previo, la inflación se come el salario entero cada mes. Pero ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y el efecto sobre quien acumulaba efectivo esperando el momento es el mismo: menos euros comprando lo mismo.
El zumo que pasó de 0,75 a 0,98 euros
La anécdota es de oficina y sirve de termómetro. Varias cajas de zumo embotellado se cobraron a 0,75 euros la unidad en un pedido de septiembre de 2022. En el pedido siguiente, mismo producto y mismo proveedor, la unidad salía a 0,98 euros, según relata un participante del debate. El precio de la comida, además, viaja pegado al del carburante: la producción agraria depende del gasóleo, así que la cesta sube aunque no haya restricciones de oferta ni malas cosechas.
De ahí sale el cálculo completo que conviene mirar con lápiz y papel: cuánto ha subido cada partida del gasto corriente de una casa media en dos años, y cuánto de ese aumento es reversible. La respuesta corta es que casi nada lo es.
El sueldo de Lagarde y el gasto comprometido hasta 2025
En paralelo al ajuste monetario, la información que acompaña al análisis sitúa la retribución de la presidenta del BCE por encima de los 425.000 euros en 2022, según un cálculo que circula en el debate. Y recuerda que entre 2022 y 2025 se destinarán 20.000 millones a políticas de igualdad de género, en una cifra que también aportan los participantes. Son dos cifras que no se discuten por su cuantía aislada, sino por el contraste: la institución que pide contención a los hogares no predica con el mismo ejemplo en su propia casa.
La crítica al gasto público se extiende, con tono grueso en algunos tramos, hacia estructuras administrativas y vehículos oficiales que siguen financiándose mientras se anuncia prudencia. Es una corriente de opinión, no un dato contable. Pero explica por qué el mensaje del banco central cae tan mal.
Quién gana y quién pierde cuando la inflación licúa la deuda
La inflación reduce el valor real de las deudas cuando los salarios crecen y la economía acompaña, que es el escenario en el que muchas familias compraron vivienda en los años setenta y primeros ochenta. Sin esa subida salarial de fondo, la licuación se hace a costa del acreedor y del ahorrador.
Aquí se abre la grieta principal: quien debe a tipo fijo sale ganando con los precios altos, y quien prestó o guardó, perdiendo. Europa lleva dos años moviéndose en esa tesitura, con el crecimiento justo y la inflación pegajosa.
En ese contexto, el debate sobre si el BCE actúa tarde o simplemente actúa mal pierde fuelle frente a una evidencia más simple: el ajuste ya está decidido y ya tiene destinatario.
Con este cuadro, la previsión más razonable es una inflación por encima del objetivo durante varios trimestres, crédito caro y depósitos que seguirán pagando poco. La alternativa —que la recesión se adelante y arrastre los precios consigo— dejaría a los ahorradores con la última palabra. Nadie firma cuál de los dos escenarios llega antes.