Milei promete bajar impuestos y cerrar el Banco Central
En Córdoba, el presidente argentino Javier Milei ha anunciado una reducción significativa de
impuestos que comenzará por el impuesto país, una medida que, según sus propias palabras, impactará en las arcas del Estado pero que antepone el cumplimiento de los compromisos con los argentinos. La promesa llega en un contexto de ajuste fiscal que sus defensores califican como el más grande jamás hecho y que, sostienen, ya está domando la inflación y bajando los precios. El anuncio incluye además el cierre del Banco Central, una medida que para sus partidarios convertiría a Argentina en un experimento económico sin precedentes.
La noticia ha caído como una bomba en los círculos económicos. Los superávits, dice Milei, se devolverán a los argentinos vía reducción de impuestos, una fórmula que sus seguidores consideran la única salida posible tras décadas de déficit crónico y emisión monetaria. El ministro de Economía y el propio Milei son descritos como «rockstars» por quienes ven en sus políticas un giro copernicano. El objetivo declarado: que cada argentino pueda ser el arquitecto de su destino.
El ajuste que divide a los economistas
El núcleo del debate está en si el ajuste es sostenible sin un coste social insoportable. Hay quien sostiene que Milei ha quitado las manos corruptas del Estado de los dineros de la población y que su plan es simplemente una vuelta al origen, a lo que da libertad a las personas. Desde esta óptica, la intromisión del Estado en todos los sitios, especialmente donde hay comunistas, es tan nociva que Milei parece un extraterrestre cuando solo está aislando la corrupción del Estado.
En contra pesa el argumento de que la situación inicial era tan aberrante que cada vez que se abre un cajón aparecen capas de mierda. Un ejemplo recurrente: un argentino que pagaba 3-5€ de luz al mes con un consumo disparatado, porque era casi gratis, ahora alucina con lo que realmente cuesta. Ese camino es jodidísimo, porque no se puede salir del agujero sin dejar que los precios sean libres, pero tampoco se puede dejar que lo sean al 100% de un día para otro porque la gente no puede absorberlo.
El cálculo más optimista asume que la inflación se ha dividido por cuatro o cinco en menos de seis meses, cuando estaba en plena subida y aún no había llegado el efecto de multiplicar la masa monetaria que temerariamente hizo el gobierno anterior. El escenario pesimista parte de que, si en un año no hay cambios tangibles en el bolsillo, la gente se cansará y el apoyo popular se desmoronará.
¿Por qué se insiste tanto en cerrar el Banco Central?
Porque para esta corriente de pensamiento el banco central es el mecanismo de robo más sofisticado jamás creado. Sirve para, a voluntad de sus amos, inyectar dinero en el sistema haciendo que los ahorros de la gente se disipen. Si hubiese una cantidad de dinero fija, se podría vivir perfectamente por los siglos de los siglos, con una ligera deflación a medida que la humanidad fuese más productiva. La inflación, sostienen, solo aparece cuando alguien nos está robando o cuando hay guerras o catástrofes.
Esta idea conecta con una crítica más amplia: la gran estafa del BCE y la UE ha sido que en sus pocas décadas de historia ha mantenido los tipos muy por debajo de la inflación, algo que jamás sucedió siquiera con el Banco de España. De aquellos polvos, estos lodos: es imposible tener una vida digna con un sueldo normal. Un banco central no es ni capitalista ni socialista, es la cueva de Alí Babá a lo grande, la cleptocracia hecha institución.
El experimento argentino, si funciona, tendría un efecto dominó. España necesita que Milei triunfe, se argumenta, porque eso puede acabar con la izquierda en toda Hispanoamérica. Y si Milei consigue hacer con Argentina lo que se propone, el PSOE y el PP están acabados, porque puede demostrar empíricamente que el socialismo es atraso, involución, y que el peso del Estado solo sirve para enriquecer a unos cuatro bobos que no tendrían donde caerse muertos de otra manera.
El interés por la economía como éxito inesperado
Más allá del showman, el gran éxito de Milei es que la gente se interese por la economía. En un país donde se asumía que la inflación era culpa de los malvados tenderos codiciosos y que lo natural es que el gobierno diera pagas a todos y subvencionara todo, Milei empezó a hablar de Mises y de Hayek, y a la gente le empezó a interesar. Hoy ya nadie se cree que la inflación sea culpa del tendero.
El otro día en Luna Park la gente coreó a Huerta de Soto, un tío que en España no conoce ni el 0,1% de la población. Lo hizo a través de los chavales jóvenes, que desataron una pequeña fiebre por Mises, Friedman o Hayek. Esos chavales fueron los que les dieron la coña a sus padres, a sus tíos, a sus abuelos. No son minoría los que escuchan sus discursos.
El paralelismo con España es inevitable. Aquí, una buena parte de la población instigada por los políticos empezó a tirar piedras a los supermercados cuando vino la inflación. Hay declaraciones de ministros acusando a los supers de ser unos egoístas insolidarios. El problema es que incluso en España coló, o al menos los suyos hicieron como que se lo creían. Cuando coges ese camino de mentira y demagogia, la experiencia demuestra que si las cosas vienen mal dadas, aprietan el acelerador hasta el final sin importar lo que pase.
Los riesgos de un camino sin retorno
El próximo año será crucial. Si empieza a crecer la economía y empiezan, aunque sea poco, a remontar el empleo, los sueldos, las pensiones, ese camino es fácil y sobre todo a la gente le da esperanza. Si ahora que están en el pozo se estanca, y dentro de un año no ha habido cambios, la gente se empezará a cansar. El apoyo popular es imprescindible.
Milei tiene poco de experimento, dicen sus defensores. Simplemente ha quitado las manos corruptas del Estado de los dineros de la población y trata de disminuir el peso del Estado. Vuelta al origen y a lo que da libertad a las personas. Los rojos españoles ya deberían estar estupefactos y sudando vergüenza. Han tirado su vida detrás de las mentiras de gente como Sánchez, Zapatero y otros sociolistos de máximo nivel.
Lo mejor de la filosofía Milei, concluyen, es que no hay espacio para los rojos ni aun estando derrotados. La pregunta que queda en el aire es si el ajuste más grande jamás hecho en Argentina logrará devolver la prosperidad antes de que la paciencia social se agote. Con estos mimbres, el cesto puede salir bien o puede incendiarse. Nadie lo sabe todavía.