Bosé, el wokismo y la libertad que se apaga en Europa
¿Se ha convertido Europa en una máquina de normas que ahoga la libertad individual mientras el comercio con otras potencias se rige por reglas distintas? Esa es la pregunta que sobrevuela la conversación abierta a raíz de las declaraciones de Miguel Bosé en El Hormiguero, donde el cantante —durante años señalado como «negacionista»— ha vuelto a poner sobre la mesa un malestar que muchos comparten: la sensación de que el wokismo ha colonizado la vida pública, que cada vez hay más trabas y menos margen para discrepar. La discusión no se queda en el plano cultural. Deriva hacia la economía, hacia la asfixia regulatoria y hacia un modelo europeo que impone normas internas mientras firma tratados de libre comercio con países que juegan con otras reglas.
De la IU de Anguita al «disidente» que incomoda
El perfil de Bosé genera tanto adhesión como recelo. Hay quien recuerda que en los ochenta era un símbolo de libertad para la izquierda, que vestía como quería y se movía con soltura en los ambientes culturales progresistas. Precisamente por eso, su viraje resulta incómodo: «ve, como vemos muchos, todo lo que se ha perdido por el camino», resume un participante que se define como antiguo votante de IU y hoy disidente. El ejemplo que pone es el de los enanos en el cine: de normalizar su trabajo a prohibir su presencia en una película por el bien del wokismo.
La sospecha, sin embargo, no desaparece. Varios mensajes advierten de que un personaje que durante años ocultó su homosexualidad y apoyó a Zapatero no se convierte en disidente de la noche a la mañana. «A ver si está ahí para que cualquier libre pensante sea catalogado como loco de sombrerito de aluminio», apunta uno. Otro lo compara con Sabina, Felipe González o Rosa Díez: gente que «tarde se ha medio arrepentido del monstruo que ayudaron a crear». La tesis de la disidencia controlada planea sobre todo el debate.
¿Sirvió Bosé para ridiculizar la disidencia o para darle voz?
Aquí el desacuerdo es frontal. Un bloque sostiene que Bosé fue utilizado por los medios como el «loco» útil, el personaje que permitía a los apóstoles de la ciencia decir «tú crees en Bosé y yo en la ciencia». «Muy buen servicio», ironiza un mensaje que considera que su papel fue precisamente el de desactivar cualquier crítica seria. Otro añade que apoyar a Bosé en 2025 es «de ser alguien que no se ha enterado de nada».
Frente a eso, la defensa es contundente: «Miguel Bosé no dijo ninguna mentira. No se puede renunciar a la verdad solo porque el enemigo quiera». Y un argumento que descoloca a los críticos: en España no hubo nadie más. «¿Tienes una lista a mano de personajes homologables en esa época?», se pregunta. La respuesta, admiten, es nadie. Ni un solo intelectual movió un dedo. El bando opuesto tenía a Belén Esteban. En ese páramo, Bosé fue lo único que hubo.
El wokismo como ideología hegemónica de las multinacionales
La conversación se eleva cuando se analiza de dónde sale el wokismo. «No es algo que sale de la nada, es la ideología hegemónica impuesta por las multinacionales occidentales para modelar una sociedad según sus intereses», sostiene un participante. La identidad sexual como bandera choca con otras identidades —raza, patria, religión, familia— que han quedado arrinconadas. «La forma con la que una persona se frote sus genitales debería ser algo tan irrelevante que no le importase ni siquiera a uno mismo», resume con crudeza otro mensaje.
El trasfondo económico es el que late en todo el debate: una Europa que multiplica normas internas mientras firma libre comercio con países que no las cumplen. La queja no es solo cultural. Es la percepción de que el ciudadano europeo carga con el coste de una regulación asfixiante mientras la competitividad se desangra. Y en ese marco, el caso Bosé es solo la punta del iceberg.
El yonki, el traidor y el arrepentido: los juicios paralelos
La discusión no ahorra descalificaciones. «Es un puto yonki, se le ve a la legua», dice un mensaje. «Va puesto de caballo con esos párpados caídos», añade otro. La salud del cantante se convierte en argumento ad hominem. También hay quien recuerda que es aficionado a los toros, herencia familiar, y que la muerte de su madre le dejó muy afectado. El retrato es el de un personaje incómodo, excesivo, al que nadie concede el beneficio de la duda.
Pero incluso entre los críticos asoma una pregunta incómoda: ¿y si simplemente ha cambiado? «La gente suele cambiar también, ¿sabes?», apunta un mensaje. La evolución ideológica de una generación que votó a IU o al PSOE y hoy se siente huérfana es un fenómeno que el debate refleja sin resolver. No es solo Bosé. Es un país entero buscando acomodo en un relato que ya no reconoce.
Al final, la pregunta no es si Bosé tiene razón. Es si alguien más la tiene. Y ahí, el silencio sigue siendo ensordecedor.