Por qué el antisemitismo europeo se documenta antes de Hitler
Las expulsiones de comunidades judías de Inglaterra, Francia, España y Portugal se produjeron siglos antes de que estallara la Primera Guerra Mundial. Ese es el primer dato incómodo de un asunto que se reabre cada cierto tiempo: la hostilidad hacia los judíos en Europa no la inventó el nacionalsocialismo alemán ni nació con el siglo XX. La pregunta útil no es si existía —los registros están ahí— sino por qué se reactivó con esa intensidad en los años treinta y qué peso tuvieron las explicaciones económicas frente a las religiosas y las nacionalistas.
Las expulsiones que preceden al nazismo en siglos
Inglaterra, Francia, España y Portugal expulsaron a sus comunidades judías mucho antes de que Hitler escribiera una sola línea. En el caso español, hay quien sostiene en el hilo que la expulsión de 1492 respondió a la creación de un «estado dentro del estado», una fórmula que, según ese mismo participante, reaparece en la Europa central de entreguerras y en el debate público actual de Estados Unidos.
El antisemitismo alemán tiene raíces propias y muy anteriores. La tesis que sitúa su versión moderna en Lutero —y no en el partido nazi— se apoya, según un participante, en un linaje largo: Lutero, Nietzsche, Bismarck, Fichte. Hitler lo admitía a su manera, según el relato que se cita en el hilo: en
Mi lucha relata que, siendo joven socialdemócrata en Viena, defendía a los judíos frente a los antisemitas de entonces y que un episodio concreto, que detalla, le hizo jurar que dedicaría su vida a combatirlos. El caldo de cultivo existía ya antes de 1914.
Usura, deuda y rencor económico: el argumento más repetido
La explicación más repetida es económica. La prohibición cristiana del préstamo con interés empujó a las comunidades judías hacia la usura y los oficios liberales, lo que las convirtió en acreedoras de una población empobrecida. El resentimiento del deudor, sostiene esta lectura, se aviva antes que cualquier doctrina. Se añade el factor de la segregación, que un forero esgrime: vivir de espaldas a los vecinos, sin arar la tierra ni criar ganado, sin mezclarse.
Los testimonios del documental
Shoah se citan como prueba de ese clima, con campesinos que describen la relación con los prestamistas de su pueblo. La comparación con la Guerra Civil española —el rencor de los jornaleros hacia quienes no trabajaban— apunta en la misma dirección. Ninguna de estas lecturas explica, sin embargo, una hostilidad continental: describen el odio de aldea, no una política de exterminio.
La tesis del dominio mundial: qué se atribuye y qué se puede probar
Aquí el análisis se rompe. En
Mi lucha Hitler sostiene que la lucha judía persigue «la conquista económica del mundo» y también «la supeditación política de este». Goebbels lo desarrolló por escrito: en una entrada del
20 de julio de 1941 definió la
chutzpah como un descaro ilimitado, propio de los judíos, y presentó el bolchevismo como su máxima expresión. En otra, del
7 de junio de 1942, describía una supuesta inversión de todos los valores: el héroe convertido en idiota, la víctima en culpable.
La objeción de fondo es aritmética y está en la propia fuente. Si la población judía mundial rondaba los
15 millones de personas, ¿cómo se sostiene un dominio global sin territorio, sin ejército y sin aparato estatal? La respuesta que ofrece esa propaganda es la infiltración, un mecanismo que no admite prueba en contra y que por eso funciona como teoría conspirativa. No hay evidencia documental de tal coordinación; lo que hay son textos que la afirman.
El caso austriaco: prohibir sin que nadie lo mandara
El contraejemplo más citado es el fascismo austriaco. Enemigo declarado del nacionalsocialismo alemán —llegó a prohibirlo—, vetó en
1936 la participación judía en el cine sin que Berlín tuviera nada que ver. Sus dos líderes acabaron mal: el primero asesinado por nazis, el segundo internado en un campo de concentración alemán durante toda la guerra. Si el antisemitismo fuera una orden emitida desde un único centro, el caso austriaco no encaja.
Lo mismo ocurre con el legionarismo rumano. Su líder, Codreanu, daba clases de antisemitismo en Alemania cuando el partido nazi era todavía un grupo marginal. En 1928 el nacionalsocialismo tenía
12 escaños; en 1933,
288. La causa y el efecto van en el orden contrario al que suele contarse.
Cómo la conversación derivó a la NKVD, la vacuna y el oro
Como suele pasar, el asunto se desvió. Aparecieron los servicios secretos soviéticos —la disolución de la NKVD en
1953, el cierre de los gulags y la carrera del militar Viktor Kulikov, ascendido a mariscal de la URSS en 1977—, la supuesta continuidad entre NKVD y KGB y el papel del oro y la plata como refugio frente al dinero fiduciario. También el debate sobre las campañas de vacunación obligatoria, donde se preguntaba abiertamente qué se persigue con un dispositivo de ese tipo.
Ninguno de esos ramales aporta pruebas al asunto central. Sirven, eso sí, para comprobar cómo un tema histórico se convierte en caja de resonancia de cualquier agravio presente.
Al final queda una pregunta sin respuesta cómoda: si el prejuicio antisemita europeo era tan antiguo, tan disperso y tan poco dependiente de una orden central, ¿por qué prendió con esa virulencia precisamente entonces, y hasta dónde llegaba el cálculo económico frente al prejuicio religioso?