Reivindicar a Hitler como gestor: el bulo histórico que vuelve a circular
Que alguien con altavoz en televisión se dedique a reivindicar a Adolf Hitler como un gran estadista no es una anécdota de barra de bar: es la punta de un iceberg ideológico con consecuencias económicas reales. Los defensores de aquel régimen suelen presentarlo como un administrador eficiente que sacó a Alemania de la crisis. Los datos dicen otra cosa: el milagro económico alemán de posguerra se construyó sobre las ruinas de una economía de guerra, saqueo y autarquía fallida.
Para quienes buscan un referente autoritario, el contraste con Otto von Bismarck resulta incómodo. El canciller de hierro unificó Alemania mediante tres guerras quirúrgicas, dedicó dos décadas a apuntalar el imperio con alianzas y, lo más relevante en clave económica, neutralizó al socialismo revolucionario con las primeras leyes sociales: seguro de enfermedad, accidentes y pensiones. No necesitó un genocidio para blindar su Estado.
La comparación habitual en estos círculos olvida que Hitler llegó al poder por la puerta de atrás, con un proyecto de autodestrucción nacional. Su economía priorizó el rearme hasta el colapso. Quienes hoy le reivindican como modelo ignoran que su legado real es la ruina, la división de Alemania y un trauma colectivo que tardó décadas en superarse.
Mientras esa falsa nostalgia siga encontrando huecos en programas de televisión y redes sociales, el coste no será solo moral: será el coste de repetir, con otros ropajes, los errores de una economía política basada en el chivo expiatorio. Y eso, tarde o temprano, vuelve a la factura.