Por qué las calles están llenas a las 12 de un día de diario
¿De qué vive toda esa gente que está sentada en la terraza un martes a mediodía? La escena se repite en cualquier ciudad española, y no solo en las arterias turísticas: acera llena, bar completo y uno camino de la oficina preguntándose quién paga esas consumiciones. La respuesta corta es que no todos viven de lo mismo, y que la foto fija engaña más de lo que parece. La larga empieza por dos números: algo más de
21 millones de cotizantes a la Seguridad Social y unos
49 millones de habitantes.
¿Cuánta gente trabaja de verdad en España?
El censo de las últimas elecciones europeas superaba los
38 millones de votantes y los autónomos se cuentan por unos
3 millones sobre una población de 50. Con esas cifras sobre la mesa, la proporción entre quien sostiene el sistema y quien recibe de él deja de ser un chiste de bar. Hay quien sostiene que el 60% de los adultos cobra de alguna manera del Estado; hay quien lo baja al 51% sumando estudiantes y rentistas. Ninguna de las dos estimaciones procede de una estadística oficial y conviene tomarlas como lo que son: cuentas de servilleta lanzadas al aire. Para los foreros que defienden esa lectura, la población con
empleo remunerado es minoritaria en términos absolutos.
Otra lectura, menos catastrófica, apunta a que la pregunta relevante no es cuánta gente cobra, sino cuánta no busca. La actividad real, la economía sumergida y los oficios que no pasan por una oficina desdibujan cualquier diagnóstico rápido. De hecho, ahí está el primer error del enfoque:
deducir el oficio por el aspecto.
¿Por qué hay terrazas llenas un martes a las 12 del mediodía?
Primero, porque a las 12 no ha entrado todo el mundo a trabajar. Quien cubre el turno de tarde está todavía en la calle, y quien hace jornada partida tiene ahí su hueco. Segundo, porque una parte importante del mercado laboral español nunca pisó una oficina: operarios de mantenimiento, transportistas, comerciales, repartidores y autónomos con su furgoneta forman parte del paisaje y sí están trabajando.
Tercero, porque hay un ejército de pensionistas con la mañana libre. Un negocio hostelero cercano a un comercio puede llenarse de clientes de edad avanzada incluso en pleno agosto, y las cafeterías acumulan mesas ocupadas durante horas. Cuarto, porque el sector responde a esa demanda: no abre a las 12 por casualidad, abre porque factura.
Y quinto —aquí el consenso es incómodo— porque en España el doble turno escasea y muchos establecimientos estiran una sola plantilla a lo largo de catorce horas. Ese detalle, que suele pasarse por alto, explica mejor que ninguna teoría la sensación de que siempre hay alguien trabajando y siempre hay alguien tomando algo.
El turismo, la hostelería y las ciudades que ya no descansan
En las grandes áreas metropolitanas la densidad de personas ha dejado de tener horarios. Quien vivió medio siglo en el centro de Barcelona cuenta que antes bastaba con alejarse un poco del circuito turístico para encontrar tranquilidad; hoy está todo a reventar a cualquier hora, con bicicletas, patinetes, autobuses y visitantes sumados a la población local. Su solución fue mudarse a 40 kilómetros y bajar a la ciudad solo a trabajar. «He ganado una calidad de vida que ni soñaba», resume.
Ese traslado tiene efectos colaterales. Otras experiencias describen localidades de la periferia donde la llegada de nuevos residentes, muchos de ellos jubilados que venden su piso en la gran ciudad, satura los servicios sanitarios hasta el punto de dar citas con semanas de espera. La movilidad residencial reparte el problema, no lo resuelve.
Del café en vaso al rifirrafe de las siglas horarias
No todo el que llena la calle a mediodía está de paso. Hay quien lo cuenta sin rodeos: cobra una pensión de más de 52 años, vende productos de segunda mano por internet y mantiene otros pequeños negocios digitales. Su rutina consiste en desayunar entre las nueve y las doce, dar un paseo y volver a casa. No echa de menos la oficina.
Y no falta el costumbrismo: el café servido en vaso de cristal, torrefacto, ese que divide al personal entre la nostalgia y el ardor de estómago. La conversación deriva luego hacia la política, hacia el gasto público y hacia un rifirrafe memorable sobre si las 12 del mediodía son
am o
pm. Para unos, el mediodía exacto no es ni antes ni después, así que no admite sigla. Para otros, las 12 del mediodía son pm por convención y las 12 de la noche son am, doce horas antes del mediodía y doce después. Un clásico.
Con 21 millones de cotizantes sosteniendo a 49 millones de habitantes, la foto de la terraza llena admite muchas explicaciones y ninguna cómoda. Puede que el país no reme, o puede que solo reme en turnos que no coinciden con el paseo de nadie. Lo único seguro es que la próxima vez que pida permiso para hacer una gestión, la calle estará igual de llena. Y usted, igual de sorprendido.