Me llamaron orate por comer árboles, pero se equivocaron

Ilustración editorial de un hombre con boina junto a un árbol y bellotas sobre una piedra caliente, simbolizando la supervive
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

¿Cuánto trabajo hace falta para conseguir un pan peor que el del supermercado? La respuesta, según el fenómeno que estos días circula por las redes, es de cinco días. Un creador de contenido conocido como Baskecraft se ha hecho con una audiencia de 700.000 seguidores enseñando a aprovechar los recursos del bosque: pelar bellotas, hervir resina, fermentar agujas de conífera y cocer tortas sobre una piedra caliente.

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Ya salió en el foro porque quería comprar una casa de pastores por un precio muy bajo y convertirla en un chalet en mitad del bosque. Pero no. No sé qué hace ahora.
 
BASQUECRAFT: EL HOMBRE QUE SE PUSO UNA BOINA Y CONVIRTIÓ EL BOSQUE EN UN CAMPAMENTO DE VERANO PARA ADOLESCENTES

Cada vez que me aparece un vídeo de este hombre, tengo la misma sensación: estoy viendo contenido diseñado para un público muy joven que acaba de descubrir el mundo de la naturaleza.

Ahí está nuestro amigo, con su inseparable boina, con una solemnidad que no se corresponde con lo que está haciendo. Hoy va a enseñarnos a comer bellotas; mañana, a fabricar chicle con resina; pasado, a preparar una bebida con agujas de conífera. Todo ello narrado como si estuviera desvelando conocimientos poco conocidos.

Hermano, que estás haciendo una manualidad en el bosque. Baja un poco la música épica.

Lo de la boina merece un estudio aparte. No sé si se la pone para representar al vasco ancestral, al pastor filósofo o al último superviviente de una civilización desaparecida. Pero parece que, sin ella, no se atrevería a salir de casa.

La boina es su uniforme de trabajo, su marca personal y su principal herramienta de comunicación no verbal. Tú ves aparecer esa silueta con la chapela y ya sabes que en los próximos veinte minutos vas a aprender algo que probablemente no necesitabas saber, pero que te van a presentar como una revelación.

El Bear Grylls de la excursión escolar, el MacGyver de la merienda y el capitán de los scouts que nunca abandonó la adolescencia.

Y ojo, porque el formato tiene su mérito. Ha conseguido convertir las actividades de monte en un producto audiovisual reconocible. El problema es que, a veces, parece que todo está concebido para mantener entretenido al adolescente que quiere sentirse un explorador sin tener que abandonar el sofá.

¿Que quieres aprender supervivencia? Pues aquí tienes un señor con boina haciendo cosas con árboles.

¿Que quieres aprender historia? Aquí tienes un señor con boina hablando de cómo comían nuestros antepasados.

¿Que quieres aprender artesanía? Aquí tienes un señor con boina fabricando objetos que parecen sacados de un museo etnográfico.

¿Que quieres aprender finanzas personales? ¡SORPRESA! El señor de la boina te presenta una cuenta remunerada.

La versatilidad del personaje es extraordinaria. Empieza como un cazador-recolector del Paleolítico y termina como comercial de una fintech. Si mañana anuncia una colaboración con una marca de yogures, no me sorprendería que explicara cómo fermentaban la leche los neandertales antes de enseñarte el código promocional.

De la bellota al banco online sin quitarse la boina.

Y aquí es donde me surge la duda: ¿a qué público pretende dirigirse exactamente?

Porque sus vídeos tienen esa estructura de entretenimiento educativo para adolescentes: una actividad curiosa, una explicación histórica, un resultado final, planos bonitos del bosque y una narración pausada que te va guiando como si estuvieras en una visita escolar.

No digo que eso sea malo. Hay chavales que pueden aprender cosas interesantes con estos contenidos. Pero a veces el envoltorio parece más elaborado que la propia aventura.

Es como si un profesor de tecnología se hubiese escapado del instituto, se hubiera puesto una txapela y hubiera decidido que cada práctica de clase necesita un tráiler de Netflix.

«Hoy vamos a descubrir un alimento ancestral que podría cambiar tu forma de ver la naturaleza».

Y al final resulta que has pasado media hora viendo cómo alguien recoge bellotas, las pela, las procesa y las convierte en una torta que, según él mismo reconoce, queda algo seca y amarga.

¡La revolución gastronómica del milenio!

Tu abuela ya sabía que se podían aprovechar alimentos del campo, pero probablemente no necesitaba un equipo de grabación, una banda sonora y una miniatura para explicártelo.

Después llega el capítulo de la resina, donde el hombre fabrica chicle con un árbol. Y yo no puedo evitar imaginarme a un chaval de primero de la ESO mirando la pantalla con los ojos como platos.

«Papá, mira, el de la boina hace chicle con un árbol».

«Muy bien, descendiente. ¿Has terminado los deberes?».

«No, pero ahora sé que puedo masticar un bosque».

Es una especie de educación ambiental para niños grandes, con el añadido de que el protagonista tiene edad suficiente para abrir una cuenta de inversión y explicarte cuánto dinero podrías haber generado con tus ahorros.

La infancia de los chavales de hoy es extraña: antes querían una bicicleta; ahora quieren una navaja, una manta de lana, una mochila táctica y una cuenta remunerada porque se lo ha enseñado un señor con boina.

Y cuidado, que tampoco hace falta despreciar las técnicas tradicionales. La artesanía, la historia de la alimentación y el conocimiento de la naturaleza son temas perfectamente válidos. El problema no es el contenido en sí, sino esa presentación de cada pequeña actividad como si estuviéramos presenciando un acontecimiento histórico.

El hombre no prepara una receta: recupera el legado de nuestros ancestros. No hace una manualidad: rescata una técnica olvidada. No sale al monte: emprende un viaje iniciático.

Todo tiene que parecer trascendental.

Me lo imagino preparando un bocadillo:

«Durante miles de años, el ser humano ha buscado una forma eficiente de transportar nutrientes en un envoltorio comestible».

Y corta a un plano de la boina mientras suena un tambor.

«Hoy vamos a descubrir el bocadillo».

¡Cuidado, National Geographic, que te ha ansioso competencia!

Pero lo que más gracia me hace es la distancia entre esa estética de superviviente ancestral y la realidad del creador de contenido moderno. El hombre vive en una época en la que puede comprar cámaras, editar vídeos, recibir productos de patrocinadores, vender mercancía y promocionar servicios financieros. Después se pone la boina y recrea técnicas del pasado para una audiencia que probablemente está viendo el vídeo desde una habitación con calefacción y conexión de fibra óptica.

Es el primitivismo de alta definición.

El Paleolítico con enlaces de afiliado.

La autosuficiencia con tienda online.

El cazador-recolector que, cuando termina de recolectar bellotas, tiene que volver a casa para editar el vídeo y comprobar las estadísticas de audiencia.

Y no hay nada malo en ganarse la vida creando contenido. Al contrario: si consigue hacerlo, perfecto por él. Pero resulta cómico cuando la imagen que vende es la del hombre conectado con las raíces más profundas de la humanidad, mientras el funcionamiento de su negocio depende de las herramientas más modernas del capitalismo digital.

El bosque es ancestral; el patrocinador, no tanto.

Y luego está su forma de hablar.

En los debates que he encontrado sobre el canal hay espectadores que lo consideran demasiado pausado, poco carismático o excesivamente ensayado, mientras otros valoran precisamente la tranquilidad con la que explica las cosas.

Yo entiendo ambas percepciones. Su estilo es reconocible, pero a mí a veces me produce la impresión de estar escuchando una exposición escolar perfectamente memorizada. Todo está tan medido, tan ordenado y tan envuelto en ese tono de documental didáctico que echo de menos algo de espontaneidad.

Parece que la boina lleva incorporado un teleprompter.

Lo ves frente a un árbol y da la sensación de que ha preparado tres páginas de guion antes de atreverse a tocar una rama.

«Esta especie vegetal ha desempeñado un papel importante en la vida de las comunidades humanas».

Traducción: este árbol lleva aquí toda la vida y ahora vamos a hacer algo con él para YouTube.

No sé si es así en su vida privada, ni tengo manera de saberlo. Estoy hablando de la impresión que transmite en pantalla. Pero hay momentos en los que parece más preocupado por construir una escena que por transmitir la emoción de estar haciendo algo de verdad.

Y eso puede explicar por qué a algunos espectadores les resulta tan plano. No todo el mundo quiere un documental solemne cada vez que alguien enciende un fuego o talla un trozo de madera.

A veces uno quiere ver a una persona desenvolverse con naturalidad, equivocarse, improvisar y contar lo que está haciendo sin que parezca que está examinándose para obtener el título de guardián oficial de las tradiciones ancestrales.

La boina aporta personalidad; el problema es cuando parece que la personalidad termina en la boina.

También me hace gracia el contraste entre los títulos de algunos vídeos y lo que acaba ocurriendo. Todo tiene que sonar misterioso, peligroso, ancestral o revolucionario. Una técnica olvidada, un alimento sorprendente, una herramienta que nadie conoce, una aventura en un bosque terrorífico.

Y luego te encuentras con una actividad bastante tranquila, realizada sin grandes sobresaltos, con el protagonista explicando las cosas a su ritmo.

Es como anunciar una expedición al centro de la Tierra y terminar enseñando el sótano de casa.

No digo que todos sus vídeos sean iguales ni que carezcan de valor. Tiene contenidos que pueden resultar interesantes para quien disfrute del bushcraft, la historia y las técnicas tradicionales. Pero entiendo perfectamente que alguien entre buscando supervivencia práctica y termine pensando que está viendo una colección de manualidades para un campamento juvenil.

La pregunta es si el canal está enseñando habilidades útiles o si, en ocasiones, está utilizando las habilidades como excusa para construir un espectáculo de curiosidades.

Porque no es exactamente lo mismo aprender a desenvolverse en el monte que ver a alguien fabricar un objeto curioso mientras te explica sus antecedentes históricos.

Ambas cosas pueden entretener, pero conviene no confundirlas.

Y cuando el contenido salta de la supervivencia a la historia, de la historia a la gastronomía y de la gastronomía a las finanzas personales, uno empieza a preguntarse si la verdadera habilidad del protagonista consiste en sobrevivir en la naturaleza o en encontrar una nueva categoría de vídeo que pueda encajar dentro del canal.

La boina se adapta a todo. Hoy es superviviente; mañana, historiador; pasado, cocinero prehistórico. Si hace falta, se convierte en asesor financiero.

Solo falta que saque un vídeo titulado «He vivido una semana como un romano y esto es lo que he aprendido sobre las hipotecas».

Con el patrocinador apareciendo cuando descubra que el impluvium necesita impermeabilización.

En definitiva, Basquecraft es el equivalente audiovisual de ese compañero de clase que hacía una exposición de Ciencias Naturales con una cartulina, seis fotografías y una seriedad absolutamente desproporcionada.

Podía estar explicando cómo germina una lenteja y parecía que estaba defendiendo su tesis doctoral ante la Academia de Ciencias.

La diferencia es que ahora hay una cámara, cientos de miles de espectadores y una boina vasca que se ha convertido en el logotipo viviente del proyecto.

Y ahí está el mérito: ha construido una marca reconocible. Pero una marca reconocible no significa necesariamente que todos los vídeos tengan una profundidad extraordinaria ni que el envoltorio solemne convierta cada actividad en una lección magistral.

A mí, personalmente, me transmite la impresión de que parte de su contenido está pensado para un público bastante joven, fascinado por la idea de la aventura, las herramientas, las técnicas ancestrales y la posibilidad de hacer cosas con las propias manos. Un público que disfruta viendo cómo alguien transforma una materia prima en un objeto curioso.

Perfecto. Hay mercado para eso.

Pero que no nos vendan cada bellota como el descubrimiento del fuego.

Y que alguien le diga al muchacho que la boina no es un título académico, que el mostacho no acredita experiencia en supervivencia y que una música épica no convierte una manualidad en una expedición al Amazonas.

Basquecraft: el canal donde un hombre con boina puede pasar veinte minutos explicándote cómo masticar un árbol y después recomendarte dónde guardar los ahorros para comprarte una casa.

El único superviviente capaz de abandonar el Paleolítico, entrar directamente en una aplicación bancaria y regresar al bosque sin despeinarse.

Aunque, visto lo visto, lo que más necesita sobrevivir no es el hombre primitivo.

Es la paciencia del espectador.
 
Las boinas(y las mantitas) te las vende él mismo en su tienda online.

Por supuesto fabricadas en el País vasco francés y con lana merino de oveja autóctona del Pirineo con RH negativo, nada de ovejas de Nueva Zelanda...
 
BASQUECRAFT: 700.000 SEGUIDORES, UNA SARTÉN Y EL MISTERIO DEL ALGORITMO DE YOUTUBE

Lo de Basquecraft merece un estudio sociológico, económico y, si me apuras, una investigación del Instituto Nacional de Estadística. 700.000 seguidores y resulta que su vídeo más popular va de sartenes. SARTENES. Después de toda la historia de la humanidad, de las guerras, los imperios, la llegada del hombre a la Luna y el desarrollo de la inteligencia artificial, resulta que el gran acontecimiento audiovisual de este canal consiste en explicarnos dónde freír un cigot sin destruir el planeta.

YouTube está haciendo auténticos estragos en las expectativas laborales de esta generación. Antes los chavales querían ser futbolistas, astronautas o estrellas del rock. Ahora ven a un tipo hablando de una sartén y piensan: «¿Para qué voy a estudiar una carrera, aprender un oficio o trabajar ocho horas al día si puedo ponerme delante de una cámara, pedirle cuatro guiones a ChatGPT y terminar con 700.000 seguidores?».

Y lo peor es que, desde el punto de vista económico, quizá no les falte razón. Es estadísticamente más atractivo pegarle patadas a un balón, que convertirse en influencer o acertar con el algoritmo que pasarse cinco años estudiando una carrera para acabar cobrando una miseria. El problema es que estamos confundiendo la lotería con un modelo de negocio reproducible.

Porque una cosa es tener talento y otra muy distinta que YouTube decida convertirte en el próximo fenómeno de masas. Hay canales con mejores explicaciones, más conocimientos, más trabajo de investigación y contenidos infinitamente más interesantes que no consiguen despegar. Mientras tanto, aparece un vídeo sobre sartenes y se monta una romería digital de cientos de miles de espectadores.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Se ha suscrito medio País Vasco en bloque?

¿Hay alguna subvención autonómica para promocionar canales con denominación de origen? ¿Repartieron una sartén antiadherente con cada empadronamiento? ¿Existe una ordenanza municipal que obliga a los vecinos a darle al botón de suscripción cuando alguien pronuncia tres palabras en euskera?

Estoy empezando a sospechar que tiene un primo trabajando de moderador en YouTube, enchufado por algún ayuntamiento, que se pasa las mañanas colocando sus vídeos en la portada. Pero es que, cuando ves las diferencias de audiencia entre canales que producen contenidos de calidad, te entran ganas de llamar a Iker Jiménez para que investigue el expediente X del algoritmo.

Y llegamos al vídeo de las sartenes, que es una pequeña obra maestra de la civilización moderna.

El hombre empieza explicándonos que se acaba de mudar a un piso y que necesita comprar sartenes. Hasta aquí, una historia apasionante. Julio César cruzó el Rubicón con menos suspense del que se genera aquí antes de decidir dónde freír dos cigot.

Tiene tres requisitos fundamentales: que las sartenes sean de calidad, que no contaminen el organismo ni el medio ambiente y que sean versátiles porque no tiene espacio suficiente para acumular utensilios. Es decir, el drama de un ciudadano que se ha mudado y descubre que los armarios de la cocina no son infinitos.

Pero cuidado, porque esto no es una simple compra doméstica. Estamos ante una batalla épica por el futuro de la humanidad.

Primero aparece el teflón, que es prácticamente el villano de una película de Marvel. Después llega la cerámica, que tampoco termina de convencerle. El aluminio queda relegado al purgatorio de los materiales y el cobre resulta demasiado caro para justificar su existencia.

A estas alturas, uno espera que aparezca la ONU, que se reúna el Consejo de Seguridad y que Greta Thunberg se pronuncie sobre la situación de los cigot fritos en Europa.

Entonces llega la solución: el hierro fundido, el acero inoxidable y el acero al carbono. Tres mosqueteros de la cocina que prometen acompañarnos durante generaciones si los tratamos con el cariño adecuado.

Y aquí es donde el asunto se pone interesante.

Porque la sartén de hierro fundido pesa un quintal, hay que cuidarla para que no se oxide y requiere sus rituales de mantenimiento. La de acero inoxidable necesita que controles la temperatura para que no se pegue la comida. Y la de acero al carbono también requiere cuidados, secado y una película de aceite para evitar que termine convertida en una pieza arqueológica.

Vamos, que el hombre se muda a un piso para vivir y termina adoptando tres criaturas metálicas que necesitan atención, mantenimiento y una rutina de cuidados más estricta que la de algunos animales domésticos.

No has comprado una sartén, amigo. Has adquirido una responsabilidad vitalicia.

Me imagino al pobre hombre dentro de treinta años, levantándose a las seis de la mañana para comprobar que la sartén de acero al carbono sigue seca, que la de hierro fundido no ha cogido humedad y que la de acero inoxidable ha alcanzado la temperatura correcta.

—Cariño, ¿has visto la sartén de hierro?

—Está en el salón, haciendo la polimerización de la grasa.

—Perfecto. Hoy tenemos invitados y hay que sacar la de acero inoxidable. No quiero que se pegue el pescado y tengamos que desglasar el fondo con vino.

Eso sí, la compra tiene su mérito. El vídeo termina convirtiendo la adquisición de una sartén en una decisión que requiere conocimientos de química, metalurgia, medio ambiente, nutrición y gestión patrimonial.

Y mientras tanto, en algún lugar de España, un señor está friendo un cigot en una sartén del supermercado de hace quince años sin haberse leído un solo estudio científico y sin haber convocado una conferencia de prensa para anunciarlo.

Pero el verdadero detalle que me hace gracia es el desenlace comercial. Después de explicarnos qué materiales son mejores, cuáles son peores, cuáles duran más y cuáles pueden acabar contaminando el planeta, llega el momento de dejarnos los enlaces de las sartenes en la descripción.

¡Hombre, por fin! Ya hemos llegado al desenlace.

Después de la disertación sobre los microplásticos, el teflón, la oxidación, la conductividad térmica y la polimerización de las grasas, el espectador está preparado para descubrir los enlaces de compra.

No digo que haya nada malo en recomendar productos. Si alguien prueba algo, lo conoce y quiere compartirlo, perfecto. Pero el contraste entre el tono casi apocalíptico de algunas explicaciones y el desenlace comercial tiene su gracia.

Empiezas pensando que vas a salvar el planeta y terminas con una lista de la compra.

Eso sí, hay que reconocerle una cosa: sabe convertir una actividad cotidiana en contenido. Y esa habilidad tiene valor en YouTube. Mucha gente sabe cocinar; bastante menos gente consigue que cientos de miles de personas se sienten a escuchar una explicación sobre el recipiente en el que van a freír la cena.

El problema es que el número de seguidores se ha convertido en el equivalente digital de una medalla al mérito.

Si tienes 700.000 seguidores, automáticamente parece que eres un genio, un experto o un referente. Si tienes 800, aunque sepas más que el otro, eres prácticamente invisible.

Y así se crea una generación que mira las estadísticas de YouTube como si fueran una oposición. Ya no se trata de aprender un oficio y hacerse bueno en él. Se trata de encontrar un nicho, fabricar contenido, conseguir visitas y monetizar la atención de los demás.

El algoritmo se convierte en el nuevo jefe, la inteligencia artificial en el becario que escribe los guiones y el espectador en el producto que se intenta captar.

Lo verdaderamente cómico es que el éxito de Basquecraft con las sartenes probablemente provoque que otros creadores se lancen a imitarlo. Mañana tendremos a veinte canales explicando por qué las cucharas de madera son una conspiración de la industria alimentaria, otros quince investigando los peligros de los tenedores y alguno vendiendo un curso titulado «Aprende a elegir una sartén y alcanza la libertad financiera».

Y ahí sí que me quito el sombrero.

Porque si consigues que la gente pague por aprender a freír un cigot, el que necesita una sartén antiadherente eres tú para que no se te pegue el dinero a las manos.

En definitiva, no tengo nada en contra de Basquecraft ni de que le vaya bien. Si entretiene, informa y consigue vivir de sus vídeos, enhorabuena. Pero su caso ilustra perfectamente lo imprevisible que es YouTube y lo poco que las cifras de audiencia garantizan por sí solas la superioridad de un creador sobre los demás.

Hay gente que se deja la piel elaborando contenido excelente y no consigue una décima parte de las visitas. Otros encuentran una fórmula que funciona y se convierten en estrellas.

Y luego estamos los espectadores, intentando comprender cómo hemos llegado a una civilización en la que un vídeo sobre sartenes puede convertirse en el gran éxito de un canal.

La humanidad ha conquistado el espacio, descifrado el genoma humano y desarrollado inteligencias artificiales capaces de resolver problemas complejos. Y nosotros estamos aquí, contemplando una sartén de hierro fundido de sesenta años mientras alguien nos explica que, si la cuidamos bien, durará toda la vida.

El futuro ya está aquí: unos fabrican cohetes, otros desarrollan inteligencia artificial y Basquecraft nos enseña a freír un cigot. Y, por lo que parece, el algoritmo ya ha decidido cuál de las tres actividades le resulta más interesante a la humanidad.
 

El vídeo de las sartenes es la enésima prueba de que el algoritmo premia el curiosismo doméstico y castiga el trabajo serio. 700.000 seguidores y el más visto es un tío mudándose y eligiendo hierro fundido. Ahí tienes el retrato de la época.

Lo del teflón y los PFAS es un tema de verdad, no una tontería. Pero él lo envuelve en tono apocalíptico tres cuartos de hora y lo cierra con enlaces de afiliado. Perfecto para el consumo rápido y la compra impulsiva.

Y lo de "no contaminar el organismo ni el medio ambiente" como drama existencial por freír dos cigot: la mayoría sigue con la sartén del supermercado de siempre y no se ha perecid nadie. Que sí, que el hierro fundido dura generaciones, pero requiere más mantenimiento que un cortacésped viejo.

El patrón se repite: curiosidad + drama + enlace. No es periodismo, es una tienda con música de fondo. Que le va de perlas, oye, pero no nos vendan revolución cada vez que alguien limpia una sartén con sal gruesa.
 
Ya conocía este canal. Vi un video que comparaba hachas de diferentes calidades y las probaba con un aizkolari.

No me molestó el video, me parecía curioso. No me suscribí ni mucho menos. No me extraña que haga este tipo de videos.

Diga lo que diga, si tiene 700k suscriptores, no es ningún principiante. Este se saca, echando por lo bajo, 4000 euros mensuales por el canal, y lo que le den los patrocinadores.

Coger un nicho de mercado y ser el más visto en ese nicho tiene mérito.
 
Estoy explorando el canal de BasqueKraft y cada vez entiendo menos YouTube. Este hombre parece Groucho Marx en el camarote de los hermanos Marx, pero con boina, aire de intelectual vasco y una capacidad extraordinaria para convertir una sartén o un mosquito en material de interés nacional.

La boina merece un capítulo aparte. No sé si se la pone para protegerse del sol, para transmitir sabiduría ancestral o porque el algoritmo exige un determinado porcentaje de apariencia de señor que te arregla una borda en los Pirineos. Lo que está claro es que, con esa boina calada y su expresión de estar a punto de descubrir una conspiración internacional contra los pucheros, podría protagonizar una nueva versión de Sopa de ganso: «La república independiente de la sartén y el mosquito».

Pero lo verdaderamente interesante es la evolución del canal.

Su segundo vídeo más visto trata sobre los mosquitos. ¡Los mosquitos! El siguiente paso será un documental de tres horas sobre una mosca que se posa en la ventana, con análisis geopolítico de sus rutas migratorias y una reflexión final sobre la decadencia de Occidente.

Me imagino el proceso creativo:

—¿De qué hacemos el próximo vídeo?
—De algo que interese a millones de personas.
—¿Inteligencia artificial? ¿Geopolítica? ¿Economía?
—No. De mosquitos.
—¿Y funcionará?
—Pues parece que sí. Ponte la boina.

Y ahí tienes al hombre, convertido en una especie de Groucho Marx de la divulgación doméstica, explicando asuntos cotidianos mientras el contador de visitas hace cosas que muchos creadores con muchísimo trabajo detrás no consiguen ni soñando.

Porque ese es el asunto que me llama la atención: resulta curioso que un canal pueda acumular semejantes cifras con vídeos sobre sartenes y mosquitos mientras otros creadores se dejan la piel durante años para conseguir una audiencia modesta.

No digo que sus vídeos sean malos. De hecho, el contenido práctico puede funcionar muy bien y hay gente que busca precisamente información sobre utensilios de cocina, materiales o problemas cotidianos. Pero una cosa es que un vídeo tenga éxito y otra que la trayectoria de un canal parezca impulsada por un motor a reacción invisible.

¿Es talento? ¿Es la elección de temas que interesan a muchísima gente? ¿Es una buena estrategia de títulos y miniaturas? ¿Es que YouTube le ha encontrado un público enorme y se ha dedicado a recomendarlo? Pueden ser varias cosas a la vez.

Me pregunto si YouTube le está favoreciendo deliberadamente. Para comprobarlo necesitaríamos conocer sus fuentes de tráfico, las impresiones, la retención y la evolución real de las visualizaciones. Pero el resultado sí invita a preguntarse cómo funciona el reparto de la atención en esta plataforma.

Y ejemplos de creadores que han conseguido una difusión extraordinaria gracias a la combinación de viralidad, recomendaciones y un formato que encaja perfectamente con YouTube hay unos cuantos.

Casos como Cryptospain, Jordy Wild o La gata de Schrödinger son ejemplos de canales que han crecido mucho. No sé si este canal tiene algún contacto privilegiado o simplemente ha acertado, pero el resultado llama la atención.

Son casos diferentes, pero ilustran una realidad: en YouTube no siempre gana quien más sabe, quien más trabaja o quien produce el contenido más valioso. También importa muchísimo acertar con el tema, el envoltorio y el público al que el sistema de recomendaciones puede ofrecerle el vídeo.

Y aquí es donde entra nuestro amigo de la boina.

Porque uno entra en BasqueKraft esperando encontrar un canal de nicho, con una audiencia relativamente limitada, y se encuentra con cifras que hacen pensar que cada hogar del planeta tiene un representante oficial encargado de estudiar sus sartenes.

Primero, el gran misterio de los revestimientos antiadherentes. Después, los mosquitos. Mañana, quién sabe: cómo elegir una escoba sin destruir el ecosistema, qué cuchara de madera utilizar para sobrevivir al colapso de la civilización o por qué una cacerola de hierro fundido es el último bastión de la resistencia europea.

Y mientras tanto, la boina permanece inmóvil, como un monumento nacional a la divulgación de objetos cotidianos.

Lo más curioso es que el canal puede ir evolucionando y ampliando sus temas, pero el personaje visual ya parece tener su propia marca registrada. No necesita presentarse: aparece la boina y uno sabe que se aproxima una explicación sobre algún objeto que lleva décadas en la cocina de nuestras abuelas.

Eso sí, hay que reconocerle algo: si ha conseguido que cientos de miles de personas presten atención a las sartenes, ha demostrado que sabe captar el interés del público. Hay gente que intenta hacerse famosa enseñando abdominales, otros se dedican a montar broncas y nuestro hombre parece haber encontrado su particular mina de oro entre los utensilios de cocina y los insectos.

La pregunta no es si hablar de mosquitos puede generar millones de visitas. Evidentemente, puede. La pregunta es por qué algunos creadores encuentran petróleo con una cucharilla mientras otros llevan diez años excavando con una retroexcavadora y no han encontrado ni agua.

Quizá sea cuestión de talento, de oportunidad, de saber empaquetar el contenido o de haber encontrado el momento adecuado. Quizá el algoritmo haya identificado una audiencia especialmente receptiva. Lo interesante sería ver los datos y comprobarlo, en lugar de inventarnos una conspiración.

Pero, mientras tanto, yo seguiré observando esta fascinante transformación de YouTube: una plataforma donde puedes pasar de hablar de sartenes a convertirte en una autoridad mundial sobre mosquitos, todo ello sin que la boina pierda un ápice de protagonismo.

Groucho Marx tenía sus puros, sus frases y su bigote. BasqueKraft tiene sus sartenes, sus mosquitos y su boina.

Y, visto lo visto, el próximo gran gurú tecnológico quizá no necesite saber programar, inventar nada ni descubrir una nueva fuente de energía. Le bastará con ponerse una boina, enfocar una sartén y esperar a que el algoritmo tenga hambre
 
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