BASQUECRAFT: EL HOMBRE QUE SE PUSO UNA BOINA Y CONVIRTIÓ EL BOSQUE EN UN CAMPAMENTO DE VERANO PARA ADOLESCENTES
Cada vez que me aparece un vídeo de este hombre, tengo la misma sensación: estoy viendo contenido diseñado para un público muy joven que acaba de descubrir el mundo de la naturaleza.
Ahí está nuestro amigo, con su inseparable boina, con una solemnidad que no se corresponde con lo que está haciendo. Hoy va a enseñarnos a comer bellotas; mañana, a fabricar chicle con resina; pasado, a preparar una bebida con agujas de conífera. Todo ello narrado como si estuviera desvelando conocimientos poco conocidos.
Hermano, que estás haciendo una manualidad en el bosque. Baja un poco la música épica.
Lo de la boina merece un estudio aparte. No sé si se la pone para representar al vasco ancestral, al pastor filósofo o al último superviviente de una civilización desaparecida. Pero parece que, sin ella, no se atrevería a salir de casa.
La boina es su uniforme de trabajo, su marca personal y su principal herramienta de comunicación no verbal. Tú ves aparecer esa silueta con la chapela y ya sabes que en los próximos veinte minutos vas a aprender algo que probablemente no necesitabas saber, pero que te van a presentar como una revelación.
El Bear Grylls de la excursión escolar, el MacGyver de la merienda y el capitán de los scouts que nunca abandonó la adolescencia.
Y ojo, porque el formato tiene su mérito. Ha conseguido convertir las actividades de monte en un producto audiovisual reconocible. El problema es que, a veces, parece que todo está concebido para mantener entretenido al adolescente que quiere sentirse un explorador sin tener que abandonar el sofá.
¿Que quieres aprender supervivencia? Pues aquí tienes un señor con boina haciendo cosas con árboles.
¿Que quieres aprender historia? Aquí tienes un señor con boina hablando de cómo comían nuestros antepasados.
¿Que quieres aprender artesanía? Aquí tienes un señor con boina fabricando objetos que parecen sacados de un museo etnográfico.
¿Que quieres aprender finanzas personales? ¡SORPRESA! El señor de la boina te presenta una cuenta remunerada.
La versatilidad del personaje es extraordinaria. Empieza como un cazador-recolector del Paleolítico y termina como comercial de una fintech. Si mañana anuncia una colaboración con una marca de yogures, no me sorprendería que explicara cómo fermentaban la leche los neandertales antes de enseñarte el código promocional.
De la bellota al banco online sin quitarse la boina.
Y aquí es donde me surge la duda: ¿a qué público pretende dirigirse exactamente?
Porque sus vídeos tienen esa estructura de entretenimiento educativo para adolescentes: una actividad curiosa, una explicación histórica, un resultado final, planos bonitos del bosque y una narración pausada que te va guiando como si estuvieras en una visita escolar.
No digo que eso sea malo. Hay chavales que pueden aprender cosas interesantes con estos contenidos. Pero a veces el envoltorio parece más elaborado que la propia aventura.
Es como si un profesor de tecnología se hubiese escapado del instituto, se hubiera puesto una txapela y hubiera decidido que cada práctica de clase necesita un tráiler de Netflix.
«Hoy vamos a descubrir un alimento ancestral que podría cambiar tu forma de ver la naturaleza».
Y al final resulta que has pasado media hora viendo cómo alguien recoge bellotas, las pela, las procesa y las convierte en una torta que, según él mismo reconoce, queda algo seca y amarga.
¡La revolución gastronómica del milenio!
Tu abuela ya sabía que se podían aprovechar alimentos del campo, pero probablemente no necesitaba un equipo de grabación, una banda sonora y una miniatura para explicártelo.
Después llega el capítulo de la resina, donde el hombre fabrica chicle con un árbol. Y yo no puedo evitar imaginarme a un chaval de primero de la ESO mirando la pantalla con los ojos como platos.
«Papá, mira, el de la boina hace chicle con un árbol».
«Muy bien, descendiente. ¿Has terminado los deberes?».
«No, pero ahora sé que puedo masticar un bosque».
Es una especie de educación ambiental para niños grandes, con el añadido de que el protagonista tiene edad suficiente para abrir una cuenta de inversión y explicarte cuánto dinero podrías haber generado con tus ahorros.
La infancia de los chavales de hoy es extraña: antes querían una bicicleta; ahora quieren una navaja, una manta de lana, una mochila táctica y una cuenta remunerada porque se lo ha enseñado un señor con boina.
Y cuidado, que tampoco hace falta despreciar las técnicas tradicionales. La artesanía, la historia de la alimentación y el conocimiento de la naturaleza son temas perfectamente válidos. El problema no es el contenido en sí, sino esa presentación de cada pequeña actividad como si estuviéramos presenciando un acontecimiento histórico.
El hombre no prepara una receta: recupera el legado de nuestros ancestros. No hace una manualidad: rescata una técnica olvidada. No sale al monte: emprende un viaje iniciático.
Todo tiene que parecer trascendental.
Me lo imagino preparando un bocadillo:
«Durante miles de años, el ser humano ha buscado una forma eficiente de transportar nutrientes en un envoltorio comestible».
Y corta a un plano de la boina mientras suena un tambor.
«Hoy vamos a descubrir el bocadillo».
¡Cuidado, National Geographic, que te ha ansioso competencia!
Pero lo que más gracia me hace es la distancia entre esa estética de superviviente ancestral y la realidad del creador de contenido moderno. El hombre vive en una época en la que puede comprar cámaras, editar vídeos, recibir productos de patrocinadores, vender mercancía y promocionar servicios financieros. Después se pone la boina y recrea técnicas del pasado para una audiencia que probablemente está viendo el vídeo desde una habitación con calefacción y conexión de fibra óptica.
Es el primitivismo de alta definición.
El Paleolítico con enlaces de afiliado.
La autosuficiencia con tienda online.
El cazador-recolector que, cuando termina de recolectar bellotas, tiene que volver a casa para editar el vídeo y comprobar las estadísticas de audiencia.
Y no hay nada malo en ganarse la vida creando contenido. Al contrario: si consigue hacerlo, perfecto por él. Pero resulta cómico cuando la imagen que vende es la del hombre conectado con las raíces más profundas de la humanidad, mientras el funcionamiento de su negocio depende de las herramientas más modernas del capitalismo digital.
El bosque es ancestral; el patrocinador, no tanto.
Y luego está su forma de hablar.
En los debates que he encontrado sobre el canal hay espectadores que lo consideran demasiado pausado, poco carismático o excesivamente ensayado, mientras otros valoran precisamente la tranquilidad con la que explica las cosas.
Yo entiendo ambas percepciones. Su estilo es reconocible, pero a mí a veces me produce la impresión de estar escuchando una exposición escolar perfectamente memorizada. Todo está tan medido, tan ordenado y tan envuelto en ese tono de documental didáctico que echo de menos algo de espontaneidad.
Parece que la boina lleva incorporado un teleprompter.
Lo ves frente a un árbol y da la sensación de que ha preparado tres páginas de guion antes de atreverse a tocar una rama.
«Esta especie vegetal ha desempeñado un papel importante en la vida de las comunidades humanas».
Traducción: este árbol lleva aquí toda la vida y ahora vamos a hacer algo con él para YouTube.
No sé si es así en su vida privada, ni tengo manera de saberlo. Estoy hablando de la impresión que transmite en pantalla. Pero hay momentos en los que parece más preocupado por construir una escena que por transmitir la emoción de estar haciendo algo de verdad.
Y eso puede explicar por qué a algunos espectadores les resulta tan plano. No todo el mundo quiere un documental solemne cada vez que alguien enciende un fuego o talla un trozo de madera.
A veces uno quiere ver a una persona desenvolverse con naturalidad, equivocarse, improvisar y contar lo que está haciendo sin que parezca que está examinándose para obtener el título de guardián oficial de las tradiciones ancestrales.
La boina aporta personalidad; el problema es cuando parece que la personalidad termina en la boina.
También me hace gracia el contraste entre los títulos de algunos vídeos y lo que acaba ocurriendo. Todo tiene que sonar misterioso, peligroso, ancestral o revolucionario. Una técnica olvidada, un alimento sorprendente, una herramienta que nadie conoce, una aventura en un bosque terrorífico.
Y luego te encuentras con una actividad bastante tranquila, realizada sin grandes sobresaltos, con el protagonista explicando las cosas a su ritmo.
Es como anunciar una expedición al centro de la Tierra y terminar enseñando el sótano de casa.
No digo que todos sus vídeos sean iguales ni que carezcan de valor. Tiene contenidos que pueden resultar interesantes para quien disfrute del bushcraft, la historia y las técnicas tradicionales. Pero entiendo perfectamente que alguien entre buscando supervivencia práctica y termine pensando que está viendo una colección de manualidades para un campamento juvenil.
La pregunta es si el canal está enseñando habilidades útiles o si, en ocasiones, está utilizando las habilidades como excusa para construir un espectáculo de curiosidades.
Porque no es exactamente lo mismo aprender a desenvolverse en el monte que ver a alguien fabricar un objeto curioso mientras te explica sus antecedentes históricos.
Ambas cosas pueden entretener, pero conviene no confundirlas.
Y cuando el contenido salta de la supervivencia a la historia, de la historia a la gastronomía y de la gastronomía a las finanzas personales, uno empieza a preguntarse si la verdadera habilidad del protagonista consiste en sobrevivir en la naturaleza o en encontrar una nueva categoría de vídeo que pueda encajar dentro del canal.
La boina se adapta a todo. Hoy es superviviente; mañana, historiador; pasado, cocinero prehistórico. Si hace falta, se convierte en asesor financiero.
Solo falta que saque un vídeo titulado «He vivido una semana como un romano y esto es lo que he aprendido sobre las hipotecas».
Con el patrocinador apareciendo cuando descubra que el impluvium necesita impermeabilización.
En definitiva, Basquecraft es el equivalente audiovisual de ese compañero de clase que hacía una exposición de Ciencias Naturales con una cartulina, seis fotografías y una seriedad absolutamente desproporcionada.
Podía estar explicando cómo germina una lenteja y parecía que estaba defendiendo su tesis doctoral ante la Academia de Ciencias.
La diferencia es que ahora hay una cámara, cientos de miles de espectadores y una boina vasca que se ha convertido en el logotipo viviente del proyecto.
Y ahí está el mérito: ha construido una marca reconocible. Pero una marca reconocible no significa necesariamente que todos los vídeos tengan una profundidad extraordinaria ni que el envoltorio solemne convierta cada actividad en una lección magistral.
A mí, personalmente, me transmite la impresión de que parte de su contenido está pensado para un público bastante joven, fascinado por la idea de la aventura, las herramientas, las técnicas ancestrales y la posibilidad de hacer cosas con las propias manos. Un público que disfruta viendo cómo alguien transforma una materia prima en un objeto curioso.
Perfecto. Hay mercado para eso.
Pero que no nos vendan cada bellota como el descubrimiento del fuego.
Y que alguien le diga al muchacho que la boina no es un título académico, que el mostacho no acredita experiencia en supervivencia y que una música épica no convierte una manualidad en una expedición al Amazonas.
Basquecraft: el canal donde un hombre con boina puede pasar veinte minutos explicándote cómo masticar un árbol y después recomendarte dónde guardar los ahorros para comprarte una casa.
El único superviviente capaz de abandonar el Paleolítico, entrar directamente en una aplicación bancaria y regresar al bosque sin despeinarse.
Aunque, visto lo visto, lo que más necesita sobrevivir no es el hombre primitivo.
Es la paciencia del espectador.