Rafa Nadal: el pelo como termómetro de la decadencia
De tarzán musculoso, melenas y bronceado con 18 años a oficinista calvo de los años 70. La evolución capilar de Rafa Nadal es la metáfora perfecta de cómo el tiempo no perdona ni a los elegidos. Los intentos de revertirlo han sido tan fallidos como patéticos: el cuero cabelludo se ha vuelto un barbecho de la Sagra donde ni las malas hierbas crecen. Los injertos no agarran, la medicación que evitaba la caída era incompatible con el dopaje deportivo, y el resultado es una cortinilla más lamentable que la de Anasagasti.
La batalla perdida contra la genética
Nadal ha gastado fortunas en clínicas capilares, pero la naturaleza es tozuda. La ironía es que un hombre que personificaba la fortaleza mental y la superación física se aferre a un puñado de pelos como si de un trofeo se tratara. Mientras, las redes sociales lo convierten en meme: comparaciones con Gollum, con el dueño de un foro de internet, o con un yonqui recién salido de la burra. La pregunta que flota es: ¿por qué no se rapa de una vez?
Hay quien defiende que rapársela es admitir la derrota, que la aceptación de la calvicie sin tapujos es la verdadera fortaleza mental. Otros, menos indultantes, sostienen que su aspecto actual es tan ridículo que cualquier solución, incluido el rasurado, sería más digna. El propio Nadal, en una entrevista, dijo que se movía por lo que decían los médicos —esos a los que hay que hacer caso a ciegas—, lo que explica su empecinamiento.
El coste de no querer ver la realidad
La imagen de Nadal se ha depreciado a marchas forzadas. Ya no es el joven que conquistaba Roland Garros con el pelo al viento, sino un tipo que aparenta 50 años cuando tiene 38. Los paralelismos con la economía son evidentes: aferrarse a activos en declive solo retrasa la quiebra. En este caso, la quiebra es estética, pero igual de dolorosa para quienes basaron su identidad en una apariencia que ya no existe.
La pregunta que nadie responde es: ¿hasta cuándo seguirá Nadal manteniendo esa melena trasnochada? Porque, como dice el refrán, el que no se rapa es porque no quiere ver la realidad. O porque, simplemente, el espejo le sigue devolviendo la imagen del campeón que fue.
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