El profesor que dice que Dostoievski no es literatura y vive del Quijote
Para unos es un erudito capaz de diseccionar el canon con una lucidez incómoda. Para otros, un personaje que ha convertido la provocación en modelo de negocio. La figura del divulgador Jesús G. Maestro —y de su creciente comunidad de seguidores— ha reabierto una pregunta que el sector cultural preferiría no responder: ¿dónde termina la autoridad intelectual y empieza el marketing? El detonante es la tesis que se le atribuye, repetida en vídeos de más de una hora, de que obras como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El hobbit, El señor de los anillos o 2666 no serían literatura. No mala literatura: directamente, no literatura.
¿Por qué se acusa a Jesús G. Maestro de vender humo?
El reproche de fondo no es estético, sino económico. A un autor que no ha publicado, según sus críticos, ni una novela propia se le atribuye vivir del aura ajena: interpretando, prologando, anotando y editando el Quijote, texto con cuatro siglos de rodaje. Quienes lo defienden recuerdan que ese trabajo editorial se cobra como cualquier otro, y que una edición crítica exige un esfuerzo que pocos lectores perciben. Quienes lo atacan sostienen que retocar un clásico no es crear nada, sino rentabilizar el prestigio de otro.
El paralelismo con el coach de fitness que originó la etiqueta
La comparación que da título al malestar es explícita: el mismo patrón de los gurús de bienestar que prometen riqueza a cambio de madrugar, hacer ejercicio y comprar sus cursos, trasladado ahora al terreno de las letras. Quien defiende esa lectura describe a un público que busca en una figura única la brújula que no tiene. La réplica no tarda: buena parte del desprecio, argumentan, es envidia mal disimulada hacia quien se ha hecho famoso. Y añaden que nadie reúne una comunidad por imposición, sino porque otros quieren escucharla.
La línea que separa al profesor del vendedor de cursos no la marca el número de seguidores, sino algo más difícil de medir: si el alumno sale sabiendo más o dependiendo más. Mientras unos celebran que un divulgador arrastre hacia la lectura a quien jamás abrió un clásico, otros ven la enésima versión del mismo negocio: autoridad prestada, fe ciega y una suscripción de por medio. ¿Cuánto de erudición hay en la polémica y cuánto de pelea por la atención?