Rascacielos de cristal: el 82% de los grandes edificios de Nueva York aún quema gas o gasoil
Un edificio de oficinas de veinte o más plantas consume casi
dos veces y media más electricidad por metro cuadrado que uno de seis plantas o menos. El gas, un 40% más. Y las emisiones totales de carbono, el doble. Son datos de un estudio del Energy Institute del University College de Londres, y contradicen de plano la imagen de torre tecnológica y sostenible que venden las promotoras. La pregunta que sobrevuela el asunto es incómoda: si la cruzada por la eficiencia energética va a caer sobre las viviendas de los ciudadanos, ¿qué pasa con esos monstruos de aluminio y vidrio propiedad de grandes corporaciones?
El Banco de América gastó 665 kWh/m² al año tras recibir premios por eficiente
El caso más citado es el de la Torre del Bank of America en Nueva York, terminada en 2010. Acumuló premios por su diseño innovador y eficiente. Cuando se midió el consumo real, gastaba
665 kWh por metro cuadrado al año, más que cualquier otro edificio de su categoría. La lección: los datos teóricos de proyecto no valen nada frente al contador. Hay quien matiza que el consumo bruto no equivale a ineficiencia, porque el inmueble cogeneraba su propia electricidad y usaba una cámara de hielo para compensar picos. Puede ser. Pero la factura energética sigue ahí.
¿Por qué los rascacielos siguen usando calefacción de vapor?
Porque el vapor sube solo. Según los informes manejados, el
72,9% de los grandes edificios de Nueva York tiene calderas de vapor alimentadas con gas natural o gasóleo, y otro 10% tira del servicio de vapor urbano de la compañía eléctrica. En total, el 81,9% de los sistemas de calefacción de esos edificios sigue quemando combustible fósil para calentar agua. Entre 2000 y 2010 se construyeron 28 inmuebles nuevos, más de 7,5 millones de pies cuadrados, que instalaron igualmente calefacción de vapor. La tradición pesa más que la termodinámica: bombear agua caliente a 200 metros de altura exige salas de bombeo cada veinte plantas; el vapor no necesita bomba.
El vidrio aísla menos que un muro con lana de roca
Ahí está el núcleo técnico del asunto. La lana de roca tiene una conductividad térmica de entre
0,033 y 0,040 W/m·K. El adobe, ese material que algunos reivindican como la solución olvidada, ronda los 0,22. El butiral de polivinilo que laminan los vidrios de seguridad anda por 0,2, y con espesores ridículos. Existen vidrios de baja emisividad, cámaras rellenas de argón, dobles pieles ventiladas que reducen la carga solar en verano. Todo cierto. Pero un muro bien aislado sigue ganando la comparación, y la fachada acristalada integral obliga a compensar con climatización lo que la envolvente no retiene. En verano, la fachada sur es un tostadero; en invierno, la norte no recibe ni un rayo de sol.
El consumo crece con la altura del edificio
Un estudio sobre 706 edificios de oficinas con al menos el 80% de su superficie destinada a ese uso encontró que el gasto energético por metro cuadrado aumenta linealmente al pasar de una a treinta plantas. Entre la treinta y la cuarenta, la pendiente se empina. A partir de ahí, se aplana. Traducción: la torre no es neutra energéticamente, es un sumidero proporcional a su altura. Y no solo por las ventanas. Los ascensores, la distribución de fluidos, la ventilación forzada en plantas selladas y la imposibilidad de abrir un hueco para que corra el aire suman.
¿Van a prohibir los rascacielos o solo obligar a aislarlos?
China ya los ha restringido por «edificios vanidosos», según se recuerda en la conversación. Arabia Saudí ha frenado proyectos que parecían inevitables. En Europa, la vía no es la prohibición sino la certificación: sin una calificación mínima, no se alquila ni se vende. La duda es si esa exigencia se aplicará con el mismo rasero a una torre corporativa que a un piso de barrio. La respuesta honesta es que nadie lo sabe todavía. Lo que sí se sabe es que el parque construido no se recubre de lana de roca de un día para otro, y que las bombas de calor en cubierta no dan para mover la diferencia térmica de cuarenta plantas.
Queda el dato que descoloca: mientras se discute cómo aislar viviendas particulares, el
81,9% de los grandes edificios de oficinas de Nueva York sigue calentándose con vapor producido por combustibles fósiles. La eficiencia energética, de momento, es una exigencia selectiva.