Eurovisión y el televoto: la sospecha de compra de votos
En las semifinales de Eurovisión, dos candidaturas que pasaban desapercibidas para la crítica superaron los 150 puntos del televoto, mientras otras propuestas mejor valoradas se quedaron fuera. La reacción no se hizo esperar: en redes sociales se acusó al festival de estar secuestrado por intereses políticos y de permitir que se compre el voto popular. La Unión Europea de Radiodifusión (UER) no ha salido a desmentir ni a confirmar nada. El malestar no es nuevo, pero esta vez el cabreo ha venido con nombre y apellidos: Israel y Ucrania.
El origen del enfado: dos países que nadie esperaba
El detonante fue el recuento de puntos.
Israel y Ucrania superaron los 150 puntos del televoto en las semifinales, una cifra que, según los críticos, no se corresponde con la calidad musical de sus propuestas. La queja se extendió rápido: «No es normal que candidaturas que pasan desapercibidas consigan superar los 150 puntos, haciendo que otras buenas candidaturas se queden en la nada», resumía un mensaje muy compartido. La sospecha de manipulación no tardó en aparecer: «No puede ser que se pueda comprar el televoto de una manera tan descarada», se leía en otro tuit. La UER guarda silencio.
¿Quién vota y por qué? La teoría del voto organizado
Más allá de la indignación, el asunto tiene una lectura política. Hay quien sostiene que el televoto se ha convertido en una herramienta de castigo o de apoyo a causas ajenas a la música. «Los mismos que dicen que se politiza el festival se gastan 21€ en dar todos sus televotos a Israel sin conocer la canción para que se fastidie Sánchez», denunciaba un mensaje. La acusación es bidireccional: también se señala a los que votan a Ucrania por solidaridad tras la invasión rusa. En medio, los que creen que el problema no es el voto, sino la organización: «Eurovisión definitivamente ha sido secuestrado por intereses políticos», se lamentaba otro.
El precedente de Australia y el fantasma del tongo
La polémica no es nueva. Australia participó durante varios años y, cuando dejó de hacerlo, siguió votando. «Varios años ha ido Australia, y ahora no va pero vota. Menuda puta estafa controlada por los ñarigudos», escribió alguien. La sombra del tongo planea sobre cada edición. «El tongo es más que evidente, siempre lo ha sido, como el del voto por correo», comparaba otro. La diferencia es que ahora el debate ya no se queda en el patio de butacas: salta a las redes y se mezcla con la política nacional.
La propuesta de quitar el televoto: ¿solución o parche?
La idea de eliminar el televoto ha ganado enteros entre los críticos. «Si no ganan los míos es un problema a resolver», ironizaba un mensaje, resumiendo la sensación de que el sistema solo se cuestiona cuando el resultado no gusta. La propuesta no es nueva: ya se ha planteado en otras ediciones, pero nunca ha prosperado. La UER defiende que el televoto es la voz del público y que suprimirlo sería un golpe a la esencia del festival. Los críticos replican que, si no se puede garantizar su limpieza, mejor quitarlo.
El trasfondo: Eurovisión como espejo de la política europea
El debate sobre el televoto es, en realidad, un debate sobre Europa. «Eurovisión está controlada al 100% por el Lobby LGTBI. La capital mundial del Lobby LGTBI está en Tel-Aviv desde hace décadas», afirmaba un mensaje, mezclando conspiraciones varias. La discusión deriva hacia el conflicto en Gaza, la política española y los apoyos internacionales. «El pueblo elegido está encantado con Pedro Sánchez, porque es un fiel ejecutor de su agenda anti europea y anti española», sostenía otro. En medio, los que piden volver a la música: «Por mi se pueden ir a tomar por culo los de Israel, los de Palestina y los que han creado ese Eurovisión actual».
Al final, la pregunta no es si el televoto se puede manipular, sino si alguien está dispuesto a admitirlo. Mientras la UER no se pronuncie, la sombra del tongo seguirá planeando sobre cada edición. Y los que piden quitarlo, quizá sin saberlo, están pidiendo que el festival deje de ser lo que fue: un concurso de canciones con intereses políticos de fondo. O al revés.