La hipoteca creciente que devora la nómina: de 390 a 922 euros
La cuota sale de la misma cuenta de siempre. El importe, no. Una familia que firmó su
hipoteca en 2006 ha visto cómo su recibo mensual pasaba de
390 euros a 922. La lista de ajustes que acompaña al dato es la de cualquier casa apretada: baja en las plataformas, fuera el Prime de Amazon, compra mirando ofertas, ropa más barata y adiós a las extraescolares de los niños. También a la persona que venía a limpiar dos días por semana.
El caso, difundido por medios como
20minutos, ha puesto bajo el foco un producto que casi nadie relee al firmar: la
hipoteca creciente. Arranca con una cuota baja y sube cada año. Con el euríbor en el
4%, la mezcla se vuelve asfixiante para quien no hizo números en su día.
¿Qué es una hipoteca creciente y por qué sube la cuota?
En una hipoteca de amortización francesa, la estándar, la proporción entre intereses y capital la fijan el tipo y el plazo. La creciente funciona igual en eso, pero con una vuelta de tuerca: el banco fija una cuota inicial más baja y la va elevando cada ejercicio, en torno a un
1,5% anual. Consecuencia inmediata: al principio se amortiza menos capital y la deuda tarda mucho más en bajar.
Suena asumible mientras el euríbor está quieto o cayendo. Deja de sonarlo cuando el índice se gira, porque entonces el recibo crece por dos caminos a la vez, la subida programada y la revisión del tipo. De ahí la etiqueta que le cuelgan los analistas menos amables:
bomba de tiempo.
El euríbor de ahora no es más alto que el de 2006
Aquí aparece el matiz que desmonta media bronca. Quien firmó en 2006 lo hizo con el euríbor en el
2,833% en enero y en el
3,921% en diciembre. Hoy ronda el 4%. El tipo actual está, prácticamente, donde estaba hace casi dos décadas.
De ahí una conclusión incómoda para el relato del damnificado: una hipoteca variable firmada en aquel ejercicio paga hoy algo parecido a lo que pagaba entonces, no mucho más, pese a los 17 años transcurridos. El golpe de verdad lo encajan quienes entraron después, en la ventana de dinero barato, y se encontraron con un recibo que solo había ido hacia abajo hasta que dejó de hacerlo.
La anomalía no es el 4%, es el 0%
Durante casi una década el precio del dinero se quedó en mínimos históricos. Se dio por normal lo que era una excepción. Los tipos de los años setenta, ochenta y noventa, con subidas fuertes y sostenidas, viven en la memoria de otra generación, no en la de quien firmó a partir de 2009.
El cálculo es despiadado. Quien fijó su hipoteca al
2,5% en 2019 no hizo una jugada brillante, hizo lo obvio. Y hubo un tramo en que se ofrecían fijas al
1,29% sin vinculación; quien dejó pasar esa ventana se encuentra ahora revisando al alza sin red.
Del caso extremo al titular: el filtro de los medios
Otra línea de crítica apunta al escaparate. Los casos que abren telediarios suelen ser los más extremos: la hipoteca creciente de 2006 o el que pidió el 100% del valor con cero euros de ahorro. Con eso ya hay portada. Después, casi de tapadillo, se cuelan ejemplos más normales donde la subida aprieta pero no descuadra la vida.
La sospecha de fondo es que el titular selecciona la cola de la distribución, no la media, y que la discusión pública acaba discutiendo sobre esa cola en lugar de sobre el diseño del producto y quién lo comercializó.
Amortizar, ahorrar o subrogar: las salidas que había
Con el diario del lunes, las alternativas eran tres: amortizar capital en los primeros años de vida del préstamo, ir guardando el excedente para atacar la deuda cuando llegara la subida, o cambiar de producto a tiempo. Ninguna es gratis, y la primera choca con la lógica de una cuota que apenas ha empezado a comerse el principal.
Sobre esto hay reproche mutuo. Por un lado, que 17 años dan para mucho y que hubo margen para quitarse deuda en vez de estirarla. Por otro, que un préstamo a 40 años con la cuota al límite no deja margen para heroicidades y que el producto se vendió sin explicar del todo su mecánica. En el terreno práctico, lo que más se repite es la subrogación a otra entidad o la novación a tipo fijo antes de que el índice se gire. Se relata incluso el caso de alguien a quien se advirtió con meses de antelación por mensajería y que lo dejó pasar.
Queda el dato que reordena la conversación. Una hipoteca de
120.000 euros a 30 años, firmada en 2003, se pagaba en el peor momento de 2006, con el euríbor disparado, por unos
700 euros. Años después, con el índice bajo cero, la misma cuota cayó a unos
404. Dos extremos, un solo préstamo. Ninguno de los dos se parece al 922 que ha hecho saltar las alarmas, y esa distancia es exactamente la que explica por qué el diagnóstico cambia según quién firma el contrato y cuándo lo firma.