Por qué las orquestas de verbena se están apagando en España
¿Se imagina unas fiestas patronales sin orquesta? Manuel Alonso Pérez, Manolo, lleva 35 años en el gremio y no necesita muchas palabras para describir el futuro del sector: «Esto va a morir». Fue voz y director de la Orquesta Yakarta, una referencia de las verbenas madrileñas nacida en 1988 y desaparecida en 2010, después de 22 años de bolos. Retirado de los escenarios desde 2018, sigue ligado a la Orquesta Plenitud, heredera de aquella formación. Su diagnóstico es tan sencillo como terminal:
los mayores, el público que de verdad disfruta con el tango y el pasodoble, se están muriendo, y con ellos la música.
De Nairobi a tres músicos y un portátil
«Yo conozco España gracias a la música», resume este veterano que ha llevado su repertorio por Portugal, Francia, Suiza, Alemania y Marruecos. La anécdota que guarda como oro en paño es más exótica:
una visita que les llevó hasta Nairobi, en Kenia, donde, asegura, a los españoles los recibían con los brazos abiertos.
El problema no es de fronteras, es de volumen. Según su experiencia, las grandes formaciones del ramo —que no son muchas— alcanzan los
150 bolos entre mayo y octubre, la temporada alta de verbenas y ferias, mientras las agrupaciones modestas se quedan muy por debajo. Y ha cambiado lo que sube al escenario: con la base pregrabada, «con tres o cuatro músicos te apañas». Aunque sobre las tablas aparezcan diez o doce personas, calcula que como mucho el
90% del espectáculo es en directo. Todo lo demás lo sostiene un secuenciador.
Quién se queda el dinero de la verbena
Hay quien, desde dentro del gremio, lo cuenta sin paños calientes: los intermediarios y los representantes se llevan la parte gruesa, y el músico cobra poco y a veces tarde. De ahí una tesis que circula con insistencia: el mercado se ha convertido en una suerte de
oligopolio donde sobreviven cuatro o cinco orquestas grandes que acaparan casi todo, mientras el resto se desangra o desaparece. La misma fuente apunta que en Galicia se llegan a citar 71 formaciones, pero que de esas apenas
diez o doce de relumbrón se reparten el 90% del pastel de las fiestas populares.
Hay quien señala en la misma dirección: tras la pandemia se habría reducido un
30% o más el número de orquestas, lo que ha disparado las tarifas de las supervivientes y ha dejado a algunos ayuntamientos sin capacidad de contratar por precio o por falta de formación libre. La advertencia es que la nueva normativa del Estatuto del Artista complicará aún más la ecuación. La contrarréplica también existe: hay quien defiende que las orquestas que invierten y se renuevan funcionan como un tiro, y que al final son los alcaldes quienes deciden dónde va el dinero fresco de las arcas europeas.
Galicia va a más (o eso dicen)
Frente al relato del declive hay un fenómeno que lo incomoda. En Galicia las verbenas no solo no van a menos, sino que van a más, según se cuenta: hay seguidores que persiguen a las orquestas por varias plazas como si de una gira se tratase, y entre ellos abundan los jóvenes. Es la excepción que rompe la estadística, o el matiz que la desmiente. De hecho, una de las formaciones más grandes del país es citada como prueba de que el negocio sigue vivo: más bolos que nunca.
El pasodoble, el reguetón y la abuela que ya lo vivió
Manolo sostiene que si las orquestas tocasen solo temas actuales, las plazas se quedarían vacías, porque su público es de cuarenta y tantos para arriba. Otros lo ven desde el otro lado del espejo:
su abuela debió sentir lo mismo en los años setenta, cuando la gente dejó de escuchar la copla en las fiestas para oír esas orquestas que hoy se añoran. El gusto cambia, y siempre hubo alguien lamentándolo.
La nostalgia tiene, sin embargo, contraejemplos difíciles de rebatir. En unas fiestas de un pueblo de Soria, una orquesta empezaba a las seis de la tarde con pasodobles para los mayores, seguía a las nueve con Gabinete Caligari y cerraba a medianoche con Metallica, todo con la misma calidad. No es un formato muerto: es un formato exigente. Como recordaba otro forero, el líder de un conocido grupo asturiano de rock empezó tocando pasodobles en verbenas de pueblo.
Juan Carlos Calderón ya lo avisó
El compositor Juan Carlos Calderón, que trabajó con Serrat, Aute o Luis Miguel, firmó el
segundo puesto de «Eres tú» en Eurovisión 1973 y se despidió del certamen con «La fiesta terminó», interpretada por Paloma San Basilio. España quedó en un discreto
14º puesto y él se marchó convencido de que esto acabaría con todos los artistas cantando sobre coros pregrabados. Cincuenta años después, la profecía se pasea por las plazas con un portátil y un teclado.
El sector lleva años firmando su propio obituario, con lamentos incluidos. Mientras tanto, los programas de fiestas siguen anunciando orquestas que llevan más de una década sin existir. Alguien debería avisar a los ayuntamientos.