Los 90 no fueron la cúspide: eran otra frontera moral
Cada generación guarda un rincón para la nostalgia y otro para el espanto. El mito de los 90 se ha instalado con fuerza: la última década sin pantallas, con libertad en la calle y con la sensación de que el mundo aún se sostenía solo. La letra pequeña de aquel tiempo cuenta otra cosa. Las revistas que pasaban de mano en mano por los institutos, los debates que ya entonces se tildaban de modernidades peligrosas y el runrún de que Occidente se desmoronaba existían mucho antes de que llegara internet. En 1990 ya había quien firmaba el acta de defunción.
La fecha del declive no es 1990
El diagnóstico no empieza en la década dorada. Hay tesis que retrasan el supuesto punto de no retorno hasta 1913, «antes del suicidio europeo», y otras que señalan el arco 1650-1750 como la cumbre real: el último tramo tranquilo antes de que la industrialización lo arrasara todo. Bajo ese prisma, los 90 no son el comienzo de la caída, sino un eslabón más de una cadena larguísima que se remonta a los años 20 del siglo pasado.
La paradoja, según se mire, es incómoda: si todo tiempo pasado fue mejor, entonces ninguno lo fue. Cada época se ha creído el final de algo.
Más dinero hasta 2007, más reproche después
El relato noventero se apoya en una intuición económica: hasta 2007 había más pasta circulando, menos sobrerregulación y un clima social menos propenso al juicio público. La otra cara —la que la nostalgia recorta con tijera— incluye desigualdad, precariedad y una violencia cotidiana que nadie echa de menos. Lo sugiere el propio material: quien sostiene que la única diferencia real entre el cambio de milenio y ahora es el tono del reproche moral, no las costumbres, deja la puerta abierta a una lectura menos amable.
Con semejante material, la pregunta no es qué década fue mejor, sino por qué necesitamos creer que alguna lo fue.