Un siglo malvendiendo el arte español a compradores extranjeros
Hay un fragmento de la Alhambra en Berlín. Y hubo tiendas en Toledo donde el cliente elegía la página de un libro de canto gregoriano y se la cortaban con la cuchilla. La paradoja incómoda es esta: la mayor sangría del patrimonio histórico español no la ejecutó un ejército invasor, sino administraciones propias con décadas por delante y compradores con divisas en el bolsillo.
Tres ciclos de venta, no uno
El relato más repetido sitúa el destrozo en la Guerra Civil y la quema de conventos. El registro documental apunta a algo más largo y mucho menos épico. Desde la desamortización de Mendizábal, los bienes eclesiásticos pasaron a manos privadas a precio de saldo y buena parte se revendió fuera de España. Después, la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera consolidaron un mercado de exportación estable, con la connivencia —se sostiene— de las autoridades eclesiásticas. En el franquismo el circuito seguía engrasado: el ladrón de arte conocido como Erik el Belga venía a contar que apenas necesitaba robar, porque las propias instituciones cerraban tratos por precios módicos.
Lo que ya no está y nadie reclama
Pinturas, esculturas, altares, relicarios, ábsides y pinturas murales enteras. La lista es interminable y se puede rastrear en los museos que hoy exhiben las piezas. Frente a esa tesis, otra corriente subraya lo incalculable de lo destruido a partir de 1936 y recuerda que el Frente Popular duró tan poco que apenas tuvo tiempo material. Una tercera línea de análisis avisa de un error de vocabulario: en el siglo XIX, izquierda y derecha no significaban lo que significan hoy, y las guerras carlistas se nutrieron de conservadores enfrentados precisamente por la desamortización.
¿Cuántas piezas españolas cuelgan hoy en museos extranjeros sin que nadie haya reclamado nada?