¿Se vivía mejor en 2004? Los sueldos y el piso lo aclaran
¿Se vivía mejor hace veinte años? La duda suena a sobremesa, pero lleva tiempo circulando con dos respuestas incompatibles. Una parte sostiene que 2004 era poco menos que el tercer mundo: sin móviles, sin plataformas, con sueldos de miseria. Enfrente aparece un cálculo incómodo:
con cuatro años de sueldo neto en Madrid se compraba casa; hoy harían falta once. Las dos cosas no pueden ser ciertas a la vez.
¿Cuánto costaba un piso en 2004 comparado con hoy?
El precio de la vivienda es el terreno donde la nostalgia se vuelve aritmética. Los ejemplos que se manejan sitúan un piso de 90 metros cuadrados en Marbella, a principios de los 80, en
un millón de pesetas; uno de 120 metros, en 1985, en
tres millones. Con los salarios de la época, la relación entre sueldo y ladrillo era otra cosa, y se recuerda como algo que se cerraba sin hipoteca a treinta años.
Conviene añadir un matiz que casi nadie discute: el ciclo bueno de 2000 a 2007 lo fue porque estaba inflado por el propio ladrillo. La mejor época y la burbuja son la misma cosa vista desde dos ángulos. Eso explica que el final llegara tan rápido y que la resaca durara tanto.
¿Cuánto se cobraba en los años 80 y 90?
Los números que salen a la luz son elocuentes. En los 80,
cobrar 100.000 pesetas era ser un triunfador; en los 90, ningún trabajo corriente superaba las 130.000. Un puesto especializado rondaba algo más de 200.000 pesetas en 1992, y en provincias daba para alquiler, coche y algo de ahorro. Un camarero de verano detallaba
550.000 pesetas más 40.000 en propinas entre junio y septiembre, con dieciséis años.
Aquello se rompió en dos golpes: el cambio de la peseta al euro y, después, la crisis. El término
mileurista se acuñó en 2005, cuando el suelo del mercado pasó a ser el techo de unos años antes. Los salarios se quedaron clavados mientras todo lo demás subía.
Sobre el IPC hay otro pulso. Se sostiene que en tres años el índice oficial subió 15 puntos mientras la cesta de la compra se encarecía un 60%. La estadística dice una cosa; el ticket del supermercado, otra. Ahí no hay nostalgia que valga, solo cuentas que no cuadran.
¿Tener dos móviles te hace más rico que tu padre?
Este es el argumento que más circula para negar la nostalgia: hoy cualquier casa acumula televisiones, ordenadores, móviles y suscripciones, cosas impensables entonces. El contrapunto es demoledor. La tecnología no mide riqueza, se abarata sola, y llevar en el bolsillo la capacidad de cálculo de una agencia espacial no dice nada del poder adquisitivo de quien la lleva.
Los precios de la época lo confirman. Un ordenador doméstico de los 80 costaba entre 60.000 y 80.000 pesetas, un sueldo entero, y se compraba como inversión a años vista. En 2004, una tele de tubo de 28 pulgadas salía por 240 euros; una plana de 40, por 1.300 y con una imagen mediocre. Comparar ese catálogo con el actual es comparar dos mundos, pero no dos niveles de renta.
¿Era normal que los profesores pegaran en la EGB?
La cronología educativa genera su propio rifirrafe: la LOGSE es de 1990 y en el curso 94-95 ya estaba aplicada, mientras la EGB se apagaba por fases con años de convivencia entre ambos sistemas. Quien estudió en los 80 y primeros 90 describe
tirones de pelo, reglazos en la mano y castigos de cara a la pared. Lo llamativo no es que ocurriera, sino que entonces casi nadie lo consideraba denunciable.
¿Y en 2004? Ahí la mayoría coincide en que ya no. Pero los años exactos del corte se discuten, y esa discusión alimenta la sospecha de que alguien está recolocando el relato.
¿Había grupos de extrema derecha y palizas en la calle en 2004?
Existían grupúsculos ultras, con presencia marginal y muy ligada al fútbol, y enfrentamientos entre tribus urbanas que hoy suenan a arqueología. Se describe como algo residual, no como una plaga, aunque hay quien recuerda incidentes concretos. Las dos cosas son compatibles: había violencia, pero ni era masiva ni organizada.
El testimonio de quien militó en esos ambientes sitúa ya en 2007 la marginalidad del fenómeno. La pelea no es sobre si existía, sino sobre el tamaño que se le atribuye ahora.
¿Por qué se sostiene que Google está borrando el pasado?
La acusación se apoya en casos concretos: reseñas que desaparecen, fichas de reparto donde un actor emblemático cae a los últimos puestos pese a salir en el cartel. El referente literario es
1984, publicada en 1949, y la sensación de que reescribir el pasado es más barato que nunca. Conviene separar dos cosas: un algoritmo que ordena por criterios opacos no es lo mismo que un borrado deliberado, y de lo segundo no se aporta prueba.
Otra cosa es la percepción. Que buena parte de los internautas desconfíe de la herramienta con la que se informa ya es un hecho con consecuencias, haga lo que haga el buscador por dentro.
Queda el consuelo de siempre: si el pasado se puede reescribir, el presente también. La única cifra que no se deja editar es la del recibo a fin de mes. Esa sigue ahí, testaruda, recordando que la nostalgia es gratis y la vivienda no.