Málaga: 19,37% de paro, sueldos de 18.000 € y pisos un 8% más caros
¿Cómo se sostiene una provincia con 160.800 desempleados y, a la vez, un mercado inmobiliario que expulsa a sus propios vecinos? Málaga cerró el último ejercicio con una tasa de paro del
19,37%, seis puntos y medio por encima de la media nacional, y con 29.500 desempleados más en el último registro hasta un total de 160.800 personas. Al mismo tiempo, comprar un piso en la capital costaba de media
2.346 euros por metro cuadrado, un 8% más que un año antes. El sueldo bruto medio anual, según la Agencia Tributaria, se quedaba en
18.000 euros. Súmese y réstese: la cuenta no sale.
El paro que no cede aunque la construcción no pare
En el conjunto del año el desempleo bajó en 3.900 personas. Suena bien hasta que se mira el detalle: el último registro volvió a sumar 29.500 parados y la tasa se coloca casi en el doble de la que, según un participante en el debate, registra Madrid, en torno al 10%. La diferencia no es de matiz. Quien defiende ese contraste apunta que la capital española concentra sedes de grandes empresas, administración central y empleos de alta remuneración que nunca llegaron a la Costa del Sol. Sin esa estructura, cada nuevo ciclo turístico deja el mismo saldo: ocupación estacional y sueldos bajos.
La tasa apenas se mueve porque la población activa crece más rápido que los puestos de trabajo que se generan. Y eso, con el ladrillo por las nubes, es la peor combinación posible. Málaga no arrastra un problema de empleo: arrastra un problema de empleo barato.
2.346 euros el metro cuadrado: la vivienda que expulsa a la clase media
El precio medio en Málaga capital escaló un 8% en un solo año. El argumento inmobiliario es siempre el mismo: cuanto más cara es la vivienda, más hay que pedir por el alquiler para rentabilizarla, y no todo el mundo puede pagarlo. El resultado es una ciudad cada vez menos accesible para quien vive de una nómina media. Adquirir un inmueble es cada vez más difícil para esa clase media que, sobre el papel, debería ser la base del mercado.
La comparación con otras plazas del arco mediterráneo no ayuda a digerirlo. Con un mercado laboral más débil, hay quien sostiene en el debate que Málaga ha llegado a situar sus precios por encima de los de Valencia. Hay quien califica directamente el fenómeno de
usura y quien responde que es simple oferta y demanda sobre un suelo escaso. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
18.000 euros brutos contra un alquiler al alza
El sueldo medio declarado en Málaga, 18.000 euros brutos al año, equivale a 1.500 euros al mes en doce pagas. Con ese punto de partida, un alquiler por encima de los 600 o 700 euros se lleva cerca de la mitad de la nómina. Cuando la vivienda se come ese porcentaje, desaparece el ahorro, desaparece el consumo y desaparece cualquier posibilidad de emprender.
El efecto se nota antes en los más jóvenes. Sin capacidad de ahorro y con los precios de compra vedados, la salida natural es compartir piso, retrasar la emancipación o emigrar. La vivienda deja de ser un gasto y se convierte en el factor que decide dónde vive, trabaja y tiene hijos cada generación.
Por qué Málaga gana más población que ninguna otra provincia
Aquí está una de las claves del desaguisado. Según los datos que se citan en el debate, Málaga es la provincia que más habitantes atrae del país:
+21.850 en 2022, después de sumar 20.652 en 2021 y 8.169 en 2020. En el último lustro acumula un saldo de casi 87.000 residentes nuevos. Si a ese ritmo de llegada no le corresponde un aumento proporcional de vivienda nueva, el precio hace lo único que puede hacer: subir.
Y la demanda no llega solo de dentro. En el hilo se sostiene que media Europa del norte ha puesto el foco en la Costa del Sol: jubilados que buscan sol, profesionales que teletrabajan y compradores que adquieren para invertir. La presión es doble, sobre la compra y sobre el alquiler. Los vecinos compiten por el mismo parque de vivienda con capital extranjero y con nómadas digitales, y no siempre salen bien parados.
¿Es Málaga un hub tecnológico de verdad?
El relato oficial sostiene que la capital se ha convertido en un polo tecnológico del sur de Europa. El detalle que se repite cada vez que sale el asunto es que la gran insignia de esa transformación es un
centro de conferencias de Google, no un centro de desarrollo con plantilla propia. La diferencia importa, y mucho.
La crítica sostiene que las empresas que se instalan llegan con sus técnicos contratados fuera y que aquí demandan, sobre todo, personal de limpieza, reparto, mantenimiento y seguridad privada. Es decir, los puestos subalternos del ecosistema. Otra lectura, más optimista, defiende que las tecnológicas acaban formando a los recién titulados de la zona y evitan que emigren. Cuál de las dos se imponga depende de que el sustrato aguante más allá del ciclo.
Turismo, servicios y un modelo con los pies de barro
El modelo malagueño se apoya en el turismo de masas y en los servicios que lo rodean. Es una base que funciona mientras el visitante sigue llegando y que se resquebraja en cuanto aparece un problema global: crisis, cierres, caída del consumo. La construcción, la única pata tangible del entramado, tiene un precedente reciente que nadie quiere repetir. En el hilo se sostiene que quien compra hoy para invertir lo hace apostando a que la ciudad será la nueva Miami europea. La apuesta puede salir; también puede quedarse en eso, en apuesta.
Málaga presume de ser locomotora del sur. Mientras tanto, 160.800 personas buscan trabajo en una provincia donde el metro cuadrado sube cada año. Todo un universo paralelo.