El Instituto Confucio ofrece materiales gratuitos y profesores nativos, según el testimonio de un estudiante de chino. La polémica sobre su influencia política no invalida ese servicio concreto.
La publicación de un usuario en X —Andy Boreham, periodista neozelandés afincado en Shanghái— ha reavivado la conversación sobre el Instituto Confucio con un recuerdo personal: durante su aprendizaje del chino, él y sus compañeros apreciaban al Instituto porque les daba libros de texto gratis, evitándoles comprarlos en la universidad. En su ciudad, añade, había voluntarios nativos chinos que ayudaban con el estudio.
Libros gratis y voluntarios nativos
El valor que describe es concreto: material didáctico sin coste y hablantes nativos disponibles para practicar. Para un estudiante de chino, esos dos elementos reducen una barrera económica y otra de acceso a la pronunciación real. El Instituto Confucio, red de centros de enseñanza de lengua y cultura chinas, opera con ese modelo en universidades de todo el mundo.
La publicación no entra en la disputa política. Se limita a un recuerdo de aula. Pero ese recuerdo choca con la etiqueta de «woke» que a veces se cuelga al instituto en según qué foros.
La etiqueta política y el aula
El término «woke» se ha convertido en un comodín para descalificar iniciativas culturales o educativas. Aplicado al Instituto Confucio, mezcla dos planos: el servicio lingüístico que recibe el estudiante y la política cultural del país que lo financia. El testimonio de Boreham recuerda que el primero existe y es tangible.
Qué se juega el estudiante
Quien aprende chino y depende de libros caros o de profesores sin práctica nativa nota la diferencia. El Instituto Confucio cubre ese hueco en muchos campus. Discutir su papel político es legítimo; negar el servicio que presta a quien estudia, menos.