Vox y la cultura: censura o ajuste de cuentas
Un mes. Ese es el plazo que, según el planteamiento que abrió la conversación, tardaron en aparecer los primeros movimientos de tijera sobre la programación cultural en ayuntamientos gobernados por el PP y Vox. El detonante: la retirada o el cuestionamiento de obras como el
Orlando de Virginia Woolf, las
insinuaciones sexuales atribuidas a Lope de Vega y el beso entre dos mujeres en una película de animación infantil. La tesis de partida es que no hay ajuste técnico, sino una ofensiva ideológica contra las libertades sexuales, afectivas e identitarias. Y la respuesta del personal no se hizo esperar: el asunto derivó en un choque frontal entre quienes ven censura y quienes ven despilfarro.
Qué se recorta y con qué argumento
El núcleo del conflicto no es estético, es presupuestario. Una parte de los mensajes sostiene que el problema no es que se prohíba representar, sino que se deje de pagar con dinero de todos. «Nadie les prohíbe a los titiriteros representar lo que les salga del nabo... con dinero privado o su dinero», resume una de las intervenciones más repetidas. Bajo esa lógica, si el público demanda esas obras, el mercado privado las sostendrá solo. Es el argumento clásico del ajuste: menos subvención, más taquilla.
Frente a eso, la trinchera contraria no discute la vía administrativa, discute el motivo. Se señala que el pretexto no es económico sino moral: el contenido sexual, la identidad de género o la crítica religiosa. Y ahí aparece el segundo frente, el de los creyentes que financian con sus impuestos obras que consideran ofensivas para su fe. «Se mofan en sus teatros de la religión cristiana. Es arte que tienen que pagar todos los ciudadanos, incluso los creyentes a los que ofenden», apunta un mensaje. La asimetría, añade, es que con otras confesiones no se hace lo mismo.
El voto como respuesta y el voto como castigo
El hilo tiene un efecto secundario que sus propios participantes detectan: la publicidad gratuita. «Otro tanto que le estás apuntando a Vox. Menuda publicidad que les hacéis con estas cosas. Van a recibir aún más apoyo del que se cree», resume una intervención. Y hay quien lo confirma en primera persona: «Yo no iba a votar... creo que esta vez voy a votar a esos acomplejados». La paradoja es que el rechazo a la medida se convierte, según este diagnóstico, en combustible electoral para quien la aplica.
La otra cara es el voto como satisfacción. «Una de las mayores satisfacciones que da votar a VOX es ver a los rojos paguiteros sufrir. Y ya si le quitan las subvenciones a los artistuchos, la nutrición es extrema», se lee. No es un argumento cultural, es un marcador de identidad. La cultura subvencionada se convierte en el campo de batalla donde se dirime quién manda, no qué se programa.
Del recorte al retroceso social: el salto argumental
El mensaje inicial no se queda en el presupuesto. Traza una línea directa entre quitar una obra y devolver a la mujer al hogar, al hombre al papel de proveedor sin emociones y a las personas LGTBI al armario. Es la acusación de fondo: no es un ajuste, es una restauración. Y en el lado opuesto, esa misma acusación se lee como exageración interesada. «Ajustes presupuestarios y funciones que ni siquiera estaban contratadas... el resto es conspiranoia», zanja una intervención. La discusión sobre el alcance real de las medidas se pierde entre el ruido.
Lo que sí aparece con claridad es la fractura sobre el papel del Estado en la cultura. Para unos, subvencionar es garantizar acceso y pluralidad. Para otros, es financiar con dinero ajeno el entretenimiento de una minoría. «Si al público le interesaran ciertas basuras estarían los teatros llenos de promotores privados poniéndolas», sostiene un mensaje. La cultura como servicio público contra la cultura como bien de consumo. Nadie cede.
La sombra que planea sobre el debate
Hay un trasfondo que recorre todo el intercambio: la comparación con el pasado. Se menciona el cierre de cabarets en el Berlín de los años treinta, se habla de «montar unas SA» y se evoca la oscuridad como metáfora recurrente. Es retórica, no análisis, pero marca el tono emocional. En el otro extremo, la respuesta es el sarcasmo: «¿Oscuridad? ¡Pero si al ritmo latino llega con VOX un aire de optimismo y alegría!».
El problema de fondo es que ambas partes hablan de cosas distintas. Unos defienden un modelo de gestión cultural. Otros defienden un modelo de sociedad. Y en medio, los datos concretos —qué obras, qué ayuntamientos, qué cuantías— brillan por su ausencia en casi todas las intervenciones. La discusión se mueve en el terreno de los principios, donde no hay acuerdo posible.
Queda una pregunta incómoda: si el recorte es solo presupuestario, ¿por qué los ejemplos elegidos son siempre los mismos? Woolf, Lope, el beso animado. La tijera no cae al azar. Cae donde duele. Y eso, en política cultural, nunca es neutral.